El laberinto de CC enreda a todos los partidos políticos

El año 2004 vivió hechos suficientes para ser recordado en el ámbito político de las Islas. La crisis, ya perenne, de Coalición Canaria fue sin duda uno de los ingredientes principales. Y aunque el PSC-PSOE salió reforzado de los comicios del 14-M y el PP perdió el poder, uno y otro terminan siempre hablando de CC, de su laberinto que todo lo enreda.

Hay una constante que, a lo largo de los últimos años, se hace habitual en el diálogo entre el periodista y el responsable político: de manera inequívoca, Coalición Canaria (CC) sale en la conversación. En ese sentido, la formación gobernante en el Archipiélago ha alcanzado cierta dimensión totémica, alimentada además por sus principales adversarios: oiga usted, si quiere hablar de política (sobre todo mal), hable usted de CC o quédese callado. 2004 no fue un año diferente al respecto, más bien el ejercicio conoció un agravamiento de los síntomas, en la medida que el partido gobernante se encerró definitivamente en una crisis cuyos efectos reales no se conocerán hasta la primeravera de 2007, con la próxima cita electoral a escala autonómica, insular y local.

Pero, claro, al final también el resto de organizaciones, desde el PSOE al PP, pasando por el variopinto número de opciones antisisteama que florecen aquí y allá a lomos del descrédito de los grandes, terminan por dedicar a CC más de la mitad de su tiempo. Sirva como ejemplo el debate sobre candidaturas, que en este mandato ha arrancado antes que nunca, quizá porque en tiempos de penurias (argumentales, sobre todo) toca mirar por fuerza al pasado o al futuro. Pero, es cierto, los nacionalistas canarios vieron florecer en 2004 la peor crisis de su existencia. Diríase que el proyecto de CC está en crisis desde su mismo nacimiento, por cuestiones tan variadas como el origen de sus componentes. Pero nunca como hasta la fecha la refriega interna terminó en inequívoca ruptura.

Hasta ahora, siempre aparecía un último quiebro con el que desafiar al destino. Esta vez no. Román Rodríguez, un ex presidente canario que se lo creyó, sembró las bases para su salida, acompañado por una generosa tropa localizada en Gran Canaria y Lanzarote, dos islas donde la primera fuerza política de las Islas deberá comenzar casi de cero; en la isla redonda, con una minoría desgastada y fichajes más o menos rutilantes; en la de los volcanes, absorbiendo a buena parte de ese PIL huérfano por el encarcelamiento de su líder indiscutible, Dimas Martín. En todo caso, la ruptura en las filas de CC es imparable, y de la mano, otra vez, de quien en su día fuera investido como presidente del Gobierno.

Algo raro pasa cuando de la máxima responsabilidad ejecutiva se pasa al purgatorio de los deshererados en política; le ocurrió a Lorenzo Olarte, primero, y a Román Rodríguez, después, en ambos casos por méritos propios. La comparecencia del médico de La Aldea en las elecciones generales del 14 de marzo, al frente de la candidatura nacionalista al Congreso de los Diputados por Las Palmas, no fue sino la última cataplasma con la que calmar el dolor que aqueja a CC, que en la provincia oriental solamente camina hacia atrás. Y fueron precisamente los comicios estatales los que variaron de modo radical el panorama político en el Archipiélago.

La emotividad máxima bajo la cual se produjo la renovación de las Cortes Generales marca desde entonces la agenda en toda España, y también en el Archipiélago. Por un lado, el triunfo de Rodríguez Zapatero, aunque fuera en las extrañas condiciones derivadas de un brutal atentado terrorista como el del 11-M en Madrid, revitalizó de inmediato el estado de ánimo y el margen de maniobra del Partido Socialista Canario-PSOE, sometido a unos cuantos años (demasiados) de congelación electoral.

Pero desde entonces, con ZP en La Moncloa, Juan Fernando López Aguilar en el Ministerio de Justicia, José Segura reforzado en su papel de nuevo delegado del Gobierno y Juan Carlos Alemán erigido en interlocutor de la Administración central para asuntos del Archipiélago, las cosas han variado bastante. También ha sido así para los nacionalistas, que salvaron el grupo parlamentario en Madrid por los pelos (con Román, el origen de la discordia, dentro) y afrontan desde entonces una ecuación complicada: cómo seguir gobernando en Canarias con el PP mientras se va tejiendo, desde la mutua desconfianza, una alianza estable con el PSOE. Para Coalición Canaria, dirigida por un hombre tan frío como Paulino Rivero, dar con el ritmo adecuado en el cambio de socio es cuestión fundamental.

El relanzamiento del PSOE

El PSOE canario, por su parte, ha visto relanzadas de golpe sus opciones de éxito en la próxima cita electoral, que no será ya hasta 2007. Para confirmar tales augurios tendrá que resolver varias incógnitas, en forma de candidatos: a la propia presidencia del Ejecutivo (2004 dejó algunas dudas sobre la voluntad del aspirante natural, el propio Juan Carlos Alemán) y a las principales corporaciones, pues el balance de la cita anterior resultó desalentador. Algunos movimientos se han producido ya, los más importantes en la isla de Tenerife a raíz del Congreso Insular que entregó el liderazgo a José Miguel Rodríguez Fraga, en detrimento de su contendiente y predecesor, Santiago Pérez.

Fue el duelo entre paradojas: el aparato se decantó por el aspirante mientras el secretario en ejercicio adoptaba el papel de outsider. Fue en todo caso una pugna entre diferentes estilos de hacer política, pero con más virtudes que defectos en ambos casos: inclusivo y moderado, ganador nato, en el caso de Rodríguez Fraga; brillante y agresivo, ejerciente del todo o nada, es el estilo de Pérez García. No es novedad, en todo caso, que el socialismo tinerfeño afronte esta nueva etapa con el objetivo de derrotar, por fin, a una ATI-CC atribulada por los problemas externos (y alguno interno en forma de desencuentro de sus principales dirigentes: el citado Rivero, Miguel Zerolo, Adán Martín y Ricardo Melchior, sumidos en un extraño todos contra todos); sí lo es que lo haga con la fuerza del municipalismo como tropa de choque, a la espera de encontrar en Santa Cruz, la capital, el oxígeno que ha faltado hasta ahora.

El insularismo del PP

El análisis del Partido Popular (PP) tiene características muy singulares y cierra el año 2004 como perdedor político, más por acontecimientos externos -la ya conocida derrota electoral a nivel nacional del 14 de marzo- que por su propia estrategia, que en realidad no se aparta un milímetro de la pregonada desde hace años por su indiscutible líder, José Manuel Soria. Pero al presidente del Cabildo de Gran Canaria se le acumularon los problemas en el ejercicio pasado. La derrota de Mariano Rajoy lo dejó sin capacidad de maniobra en el Gobierno central, a la espera de seguir en el Ejecutivo canario en estado precario o abandonar todo poder autonómico hasta más ver, quizá hasta dentro de demasiado tiempo.

Por otro lado, los problemas de CC en Gran Canaria han supuesto una incomodidad añadida, pues el socio político en las Islas está partido en dos mitades: una le hace el amor y la otra la guerra, con más entusiasmo en este caso, pues ya se sabe cómo son los amores de conveniencia y cuánta gasolina se esconde en los depósitos del odio. Limitado a este papel secundario en el tablero regional, José Manuel Soria, que siempre ha gastado pose de primer actor, se ha refugiado en otra religión de alquiler, el insularismo (grancanario, en su caso, como es obvio), ese fetiche que aparece siempre en épocas turbulentas. Que Dios nos coja confesados.

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