El Sáhara de nunca acabar: un año convulso… y sin soluciones

2005 fue un año convulso en el Sáhara Occidental. Enquistado el problema de la descolonización que pide la ONU, la población saharaui se echó a las calles para exigir, con medios pacíficos, mejores medios de vida. La batalla urbana incluso cogió por sorpresa al Frente Polisario, que lucha por la independencia de la antigua colonia que Marruecos tiene ocupada desde 1975.

Hay pocos pueblos en el mundo con tan mala suerte como el saharaui. Último resquicio de la presencia española en África, excepción hecha de Ceuta y Melilla, las ciudades de la antigua colonia se vieron agitadas a finales de mayo, cuando centenares de saharauis olvidaron el miedo para salir a las calles de El Aaiún y protestar por el incumplimiento marroquí de dotar de mayor autonomía a un territorio que, incluso comparado con el nivel de vida en Marruecos, ocupa uno de los lugares más bajos en la escala de desarrollo de África. La respuesta marroquí, ordenada desde Rabat por el plenipotenciario rey Mohamed VI, no ahorró represión, agresiones físicas y saqueos a casas independentistas, así como un veto a la presencia de prensa y observadores internacionales.A finales de 2005, una veintena de activistas saharauis permanecían detenidos en la llamada cárcel negra de El Aaiún, uno de los más siniestros centros de represión que no dista mucho de los penales del horror que gestionó el anterior rey, Hassan II (1929-1999). Cárceles como la de Tazmamart, en la que el escritor tangerino Tahar Ben Jelloun localizó Sufrían por la luz para describir el naufragio del ser humano ante la sombra de la muerte (“Por la noche me avergoncé por haber sido feliz gracias al entierro de un compañero. ¿Carecía acaso de piedad? ¿Era monstruoso hasta el punto de aprovechar la muerte de uno de nosotros? La verdad era ahí amarga y brutal. Si la muerte de mi vecino me permite ver el sol, aunque sea sólo unos instantes, ¿tengo que desear su desaparición?”).

En la cárcel negra purgan penas que suman cuatro años de prisión los líderes saharauis Ali Salem Tamek, Brahim Noumria, Hmad Hammad y Mohamed El Moutaoikil, que ni siquiera con protestas pacíficas se libraron de la acción judicial en un país -lo certifican Amnistía Internacional y Human Rights Watch- en el que la plena independencia judicial es una especie en extinción. Prueba reciente es Aminetu Haidar, la Pasionaria saharaui, que en enero de 2006 fue liberada tras cumplir de siete meses de cárcel por participar en las revueltas pacíficas de primavera. Haidar, de 39 años y madre de dos hijos, fue apaleada por la policía marroquí, que incluso impidió que fuera atendida en el hospital Bel Mehdi de El Aaiún, donde fue detenida. “Ya es hora de terminar con las violaciones marroquíes de los derechos del pueblo saharaui, el derecho inalienable a la autodeterminación y la independencia”, repitió Haidar tras ser liberada.

Marruecos toma la iniciativa

Pero más allá de los conflictos urbanos en El Aaiún, que incluyeron un encierro en petición de auxilio de Hmad Hammad en la Casa de España, el problema del Sáhara sigue jugándose en el tablero internacional. Mientras el Gobierno español carece de peso político para relanzar el proceso de paz, el secretario general de Naciones Unidas nombró al diplomático holandés Peter Van Walsum nuevo enviado especial de la Misión de la ONU para el Referéndum (Minurso), cuyo mandato expira a finales de mayo de 2006. Marruecos intenta retomar la iniciativa (en gran parte, para contrarrestar una campaña del Polisario que ha logrado el reconocimiento de Sudáfrica y Uruguay a la República Árabe Saharaui Democrática, así como la retirada de Noruega de la petrolera norteamericana Kerr-McGee de las prospecciones impulsadas por Rabat en aguas próximas a Canarias) con el anuncio de una nueva propuesta de autonomía que el Polisario se ha adelantado a rechazar sin ambages. Es el penúltimo paso de un régimen anclado en el pasado y, lo que es peor, con una concepción anacrónica de lo que es el servicio público y rehén de la oligarquía conservadora marroquí conocida como majzen.

¿Y Canarias? Pues como la imagen patética del Yaiza que ilustra esta página. Con un Gobierno nacionalista anclado en la ortodoxia inútil de la corrección política (pese a auspiciar inversiones privadas regionales en un territorio por descolonizar) porque, he aquí la clave, es Marruecos el que tiene la solución al drama de las pateras con inmigrantes que tocan a las puertas del Archipiélago, frontera sur de la próspera Unión Europea.

Cansancio en Tinduf

En los campos de refugiados de Tinduf (Argelia), donde a duras penas sobreviven 170.000 saharauis, el panorama no es más halagüeño que en el Sáhara. Con una dirección política hereditaria desde los tiempos de guerra contra Marruecos y Mauritania, el régimen de Mohamed Abdelaziz sigue sumergido en una retórica política propia de los años sesenta. Una concepción maniquea que poco ayuda a su pueblo, más pendiente de buscar sustento que del oscuro devenir político del conflicto. Buena prueba de este ambiente de rabia y olvido se pudo comprobar en marzo, durante el II Festival de Cine del Sáhara, cuando el discurso incendiario de Abdelaziz (otra vez, amenazas de volver a una lucha armada que en el actual contexto internacional es poco menos que imposible) no ocultó el descontento social de un pueblo que, como puede, intenta hallar una puerta abierta para salir del infierno del limbo de los tiempos.

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