¿Quién mira hacia sí mismo?: la catarsis sigue sin tomar forma

Dice una sentencia de historia infantil que la belleza está en el interior. También afirma un político tinerfeño, socarrón e ingenioso, que en esta isla ha triunfado la tesis según la cual “está prohibido hablar mal de los muertos… y bien de los vivos”. Tenerife es ciertamente una isla hermosa y pujante, pero de un tiempo a esta parte utiliza sus energías de un modo extraño.

Tenerife se mueve, pero al final acaba en el mismo sitio y corre el riesgo de perder algunos trenes. El del proyecto compartido es uno de los que ya parece haber partido. No hay acuerdo sobre el momento de la salida, sobre el instante en que se quebró todo. A efectos prácticos da igual. 2005 no fue precisamente el año en que la Isla recobró el sosiego y puso sus relojes en hora. La incapacidad para mirar al interior y sacar conclusiones se encargó de ello. ¿Y ahora qué? Pues ahora, nada de nada. La catarsis la reclaman diversos interlocutores sociales, políticos y económicos de la Isla más poblada, diversa y próspera del Archipiélago. Pero solamente se ponen de acuerdo en el diagnóstico. Dar el primer paso es otra cosa.

Uno de los mejores exponentes lo puso Pedro Luis Cobiella, un destacado empresario portuense premiado en Navidad con el Teide de Oro de Radio Club Tenerife. Ante un auditorio prestigioso, con el todo Tenerife pendiente de sus palabras, Cobiella evocó su juventud para recordar que el camino estuvo plagado de decisiones difíciles, objeto de gran controversia en su momento. A la hora de hablar de las infraestructuras, recordó el aeropuerto sureño, la autopista, los ejes que configuraron el desarrollo de una nueva industria, el turismo; también ellos podían haber sido abandonados a su suerte. Entonces Tenerife era otra cosa. Una isla sostenible y pobre. Ahora resulta menos sostenible, pero como resultado de su propio éxito. Tampoco ha logrado erradicar la pobreza, cabría añadir -lo recordó el otro premiado, el obispo en representación de Cáritas-, tras la década prodigiosa de la economía terciaria. Cobiella habló de catarsis, pero se quedó en ello. Acertó plenamente en el diagnóstico, pero no indagó en el procedimiento. Es la tarea pendiente para 2006.

Una isla quebrada

Hay un maniqueísmo triunfante según el cual la Isla está quebrada entre dos modelos para el inmediato porvenir. El primer camino bebe en la experiencia reciente para asegurar que el progreso, en forma de infraestructuras, no es posible detenerlo so pena de herir de muerte los propios cimientos del éxito económico. Esta posición anida en los cenáculos del poder económico insular, con solvente respaldo político y menor visibilidad social, pese a la indiscutible potencia mediática que respalda sus puntos de vista. El binomio turismo-construcción está detrás del éxito económico tinerfeño en el cambio de siglo, ciertamente. Ha disparado la actividad económica, aunque poco diversificada; ha creado empleo y a su vez tirado del consumo interior, en un escenario de bonanza exterior. Al mismo tiempo, ha incrementado la población de la Isla por el inevitable imán que supone la economía de servicios. De la presión sobre el territorio ni hablamos. Se ha convertido en un problema real y ha acelerado un interrogante: puede que sea recomendable, acaso hasta necesario, dejar de crecer. Parar y, al mismo tiempo, conservar los argumentos del éxito reciente. Complicado, ¿no?

Pues en esas está Tenerife. En cómo pasar de la cantidad a la calidad sin pagar peaje por ello y hacerlo además en tiempos que desde fuera también amenazan tormenta; más concretamente, chubascos en el precio del petróleo y nubes gruesas procedentes de Bruselas, que siempre regaló fondos europeos para engrasar las cuentas públicas. En esa disyuntiva la Isla no encuentra modelos de compromiso social. Hablábamos antes de los líderes empresariales, estandartes de la apuesta por la supervivencia del modelo económico -a qué cambiar, si ha ido tan bien- y exigentes con las administraciones públicas. Pero hay otras visiones, aun originadas en proyecciones teóricas muy similares. Éstas, desde perspectivas heterogéneas pero sin duda atrevidas, optan por echar el freno, conectan bien con la calle e identifican iconos de referencia: básicamente, las grandes infraestructuras en proyecto. Al final unos y otros se refuerzan mutuamente y hay que aclarar de una vez si lo hacen en beneficio de la sociedad. ¿Es esto un debate? No. ¿Se acuerdan de la afirmación del principio? De los vivos no se habla bien bajo ningún concepto. Todo lo contrario, es la caricaturización, y no el doliente fútbol, el deporte de moda en Tenerife.

Política e intereses creados

Detrás de todo ello está, dicen, la política. También los intereses creados, ese intangible en cuya nómina se incluye a los medios de comunicación. Ocurre sin embargo que el mismo mal afecta a todos; se llama ensimismamiento y aqueja con crudeza variable a sociedades poco capaces de entender y respetar el rol de sus conciudadanos. El bienestar económico propicia el agravamiento de los síntomas, ciertamente. La realidad se ve de un modo a bordo de un todo terreno de lujo, claro que sí. También desde el despacho y el coche oficial, cómo no. Y también desde la seguridad del empleo público, docente o de otra índole, cuando se da la espalda a la ecuación elemental según la cual el sistema de bienestar precisa de prosperidad económica y viceversa. Ahí algunos interlocutores del ecologismo militante, con diversos grados de radicalización, tienen un debate interno tan interesante como cualquiera, porque hay otras paradojas en el hiperventilado ambiente isleño: menos desarrollo sí, claro, pero también más presupuestos públicos.

Al final, hay algo en lo que todos nos ponemos de acuerdo, y ya era hora. La política es culpable. Caso cerrado. ¿Podemos hacer algo al respecto? No, es cosa de otros. Que los porcentajes de participación electoral, y de interacción sociopolítica entre comicios, sigan su imparable curva descendente. En Tenerife hay un partido político tan dominante que es definido como un régimen y otros cuyo esfuerzo por derribarlo se queda en palabras mucho menos ruidosas que su propio conflicto interno, en un caso, y que su complicidad como bandera de conveniencia, en el otro. Coalición Canaria gobierna, y lo hace mal según diagnóstico de consultas ciudadanas oficiales y apócrifas. El PSOE, ahora en el poder en Madrid, ejecuta una oposición de media jornada. El PP se deja llevar y conserva mínimas áreas de influencia por ello. No parece sin duda el escenario propio para el surgimiento de la alternativa. Lo otro es el extrarradio antisistema, especializado en el deporte de moda. Construir (palabra maldita) un proyecto es cosa de otros.

No fue, pues, 2005 el año en que la ansiada catarsis tomó forma. Quizá alguien la creyó ver en la tormenta tropical que azotó Canarias, y Tenerife con particular virulencia, el lunes 28 de noviembre. Allí quedaron de manifiesto algunas contradicciones, pero se pasó por alto la cuestión fundamental, qué hace cada cual con sus responsabilidades. En foros públicos y conversaciones de salón se ha escuchado lo ya sabido, el desprestigio del otro y el silencio sobre la reflexión interior. Y Tenerife sigue esperando a sacar lo mejor de sí mismo, de dentro, para iluminar un proyecto creíble. Al final, decía el sabio Keynes, todos muertos. Y entonces podremos hablar bien del prójimo, aunque sea desde el purgatorio.

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