Cómo ganar perdiendo (y cómo perder ganando)

Las urnas ponen, y los partidos y las alianzas electorales disponen. Cuando el 27 de mayo se celebraron las elecciones para elegir el Parlamento que a su vez tendría que designar al presidente del Gobierno de Canarias, los resultados dieron una victoria clara al Partido Socialista Canario, que obtuvo 26 escaños de la Cámara, frente a los 19 de Coalición Canaria y los 15 del Partido Popular. Una victoria sin discusión de los socialistas, pero no suficiente.

El Parlamento tiene 60 diputados y en él se puede discutir de casi todo, salvo de que para lograr la mayoría hacen falta 31 votos, no 26. Durante meses, en la campaña electoral más bronca que se recuerda en el Archipiélago, el candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno, Juan Fernando López Aguilar, alertó a los canarios de que PP y CC pactarían de nuevo si tenían la más mínima oportunidad y desarrolló frente a ambos partidos un agresivo mensaje, en el que sobre todo primaron las acusaciones relacionadas con la corrupción y las practicas clientelares de los sucesivos gobiernos entre ambos partidos desde 1996.

El mensaje aparentemente caló, dada la holgada victoria socialista, pero también su otro pronóstico sobre lo inevitable de la alianza entre nacionalistas y populares, que estuvo clara casi desde el primer día tras las elecciones, aunque los protagonistas se empeñaran en decir todo lo contrario durante semanas, en un largo proceso de negociación que muchos calificaron como “un paripé”. La noche electoral, en pleno momento de decepción por unos resultados que ni los más pesimistas esperaban, Paulino Rivero anunció que dejaría que fuera el candidato del partido más votado quien tomara la iniciativa para formar gobierno. En parecida posición se puso el líder del PP, José Manuel Soria.

Pero desde el mismo 28 de mayo, en CC se reconocía extraoficialmente que no iban a permitir que gobernara, y además con su apoyo, quien durante meses se dedicó a insultarles. Un sector nacionalista, no obstante, siempre estuvo más propicio a pactar con los socialistas, aunque la mayoría se posicionó desde el principio en contra de un acuerdo que, además, dejaría a Paulino Rivero, elegido candidato tras un difícil proceso interno, en una difícil situación, pues aliarse con López Aguilar suponía renunciar a la Presidencia del Gobierno, algo inédito en su partido.

En todo caso, el guión se siguió a rajatabla durante varias semanas. Tras una semana de contactos previos, López Aguilar y Rivero se reunieron y crearon una comisión negociadora para definir los términos de un posible pacto. Desde el primer día fue CC quien puso las condiciones: no a un gobierno socialista en solitario; exigencia de que el PSOE a nivel federal avale una serie de compromisos para Canarias; y obligación de que Juan Fernando López Aguilar ofrezca disculpas por sus ataques de años. El líder nacionalista, en todo caso, insistía el 4 de junio en que el acuerdo no era imposible.

Las comisiones se reunieron en varias ocasiones, durante un par de semanas se siguió dejando ver que podía haber un acercamiento, pero cuando llegó el momento de definir el reparto del Gobierno, CC dejó claro que no iban a apoyar a Juan Fernando López Aguilar. Y al día siguiente se anunciaba la ruptura de los contactos, justificándola en la falta de garantías de los socialistas sobre el cumplimiento de compromisos como el Estatuto. A partir de ahí, todo empezó a ir tan rápido como han sido siempre las negociaciones entre nacionalistas y conservadores para formar gobierno, que en alguna ocasión no han superado los cuatro días.

Rivero y Soria en su primera reunión se repartieron el poder: para el primero la Presidencia, para el segundo la Vicepresidencia del Gobierno, algo nunca alcanzado hasta ahora por el PP, que además en las negociaciones siguientes logró conservar las tres consejerías que tradicionalmente tenía en los gobiernos con CC, incluida una tan poderosa como la de Economía y Hacienda, que también se guardó para sí Soria. El pacto logró lo imposible y -en cuestión ya no de días, sino horas- ambas formaciones lograron también un acuerdo en Madrid sobre la reforma del Estatuto de Autonomía de Canarias, en el que CC se desligaba de muchos de los artículos pactados en Canarias con los socialistas y eran considerados claves en el nuevo texto. El PP, por su parte, daba un doble salto mortal, aceptando numerosas materias que durante meses había tachado de inconstitucionales en un Estatuto contra el que votó en dos ocasiones y que llegó a tachar de “nacionalsocialista” en el Congreso.

Antes de que se firmara oficialmente el pacto, el 4 de julio, López Aguilar volvió a hacer otro pronóstico: que sería un acuerdo basado en la confrontación con el Gobierno central. El líder socialista lo bautizó como “un pacto de perdedores”, título que muchos siguen utilizando y dejó claro que él era el ganador de los comicios a pesar de una alianza postelectoral cuya legitimidad llegó a cuestionar, de forma más o menos indirecta. El acuerdo se suscribió contra viento y marea bajo el padrinazgo del mismo presidente del PP, Mariano Rajoy, y recogía de hecho como bases del pacto “la confianza mutua” y “la exigencia a Madrid”.

Rivero fue elegido por el Parlamento canario como presidente el 11 de julio, tras la investidura más bronca que se recuerda, en la que hubo de todo, hasta elementos surrealistas, como el envío a Madrid de la notificación de la elección del presidente antes de que votara la Cámara. En ese denso debate se puso en escena el ambiente de crispación que desde entonces se ha instalado en la vida política canaria, donde toda posibilidad de acuerdo parece haber desaparecido. La oposición, bajo el liderazgo de López Aguilar, ha abandonado el antiguo estilo socialista más amable y no da tregua al Gobierno, mientras que éste, apoyado por CC y PP, estableció desde el principio un discurso de exigencia al Estado que ha provocado un distanciamiento nunca visto en las relaciones Canarias-Madrid, y seguramente también en las relaciones con los ciudadanos, que asisten con asombro, pero cada vez con más desapego, a esta continua riña.

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