El municipalismo canario: vivir de espaldas al pueblo

El hoy de los municipios, ¿es para reír o para llorar? A lo segundo nos remitimos, pues nunca en este tiempo de democracia el pueblo ha estado tan de espaldas a sus dirigentes y a los índices de participación. Y no me refiero solo en el esencial aspecto de la votación.

Dejados atrás los franquistas tiempos del dedazo, alcalde elegido por tiempo indefinido por el poncio de turno, los gobernadores civiles de muchos yugos y pocas flechas (de futuro), llegaron las primeras elecciones municipales, 48 años después de las de la II República Española. Y con ellas unos alcaldes y concejales jóvenes y llenos de contagiosa ilusión que pusieron patas arriba a unas corporaciones municipales llenas de telarañas y agujeros, no sólo económicos, pues eran unos pobres de solemnidad, sin personal, organización ni perspectivas en aquel año de 1979 donde todo estaba por hacer…

Fueron tiempos distantes pero también muy distintos de los actuales. En aquella época, con la cercanía de monstruo de tantas cabezas de la dictadura, del franquismo más rancio, se derrochaba sentido común -a pesar de algunos exabruptos inolvidables-, sensibilidad, poco gasto en mí (aunque comenzaron los primeros sueldos de alcaldes y algunos, pocos, concejales) y mucho en ti, querido pueblo, que se encontraba sin nada, sin calles, ni agua, saneamiento o electricidad, y fue época de muchas infraestructuras imprescindibles pues casi se partía de cero. Y no sólo cambió Santa Cruz con un Manuel Hermoso pletórico al que no le iba a la zaga en La Laguna un Pedro González pintor pintado con el color de la eficacia, sino que muchos pueblos cogieron otro color, otro aíre más respirable. Y eso sin casi un duro: con ordenanzas municipales inexistentes y una Carta Municipal con una evidente justicia distributiva.

Y se sucedían unos plenos municipales llenos de ardor guerrero y donde el periodista no daba avío a tanta sana polémica. Y comenzaban los boletines municipales -después revistas- a informar. Y los políticos (alcaldes y concejales) se iban a cualquier barrio, calle o urbanización y explicaban a los vecinos, en vivo y en directo, los problemas y posibles soluciones. Uno, actuando de moderador, llegó a tener cinco alcaldes del Norte, desde Los Realejos a Garachico, contestando a todo tipo de preguntas a más de 500 personas en una plaza pública de un barrio de Icod. Y no pasaba nada. Y la democracia municipal no quedaba alterada sino ensalzada, hecha carne de participación, de pueblo con gobernantes, de gobernantes con pueblo.

Políticos de carrera

Ahora es un llorar, un crujir de dientes, ir para atrás como el cangrejo. Se hace realidad la frase del escritor Carlos Fuentes que dice “El pasado ha de ser inventado a cada hora para que el presente no se nos muera entre las manos”. Gentes, alcaldes y concejales, fútiles asesores, personajes y personajillos en tantas ocasiones que solo miran para su poltrona, para su sueldo de fin de mes. Políticos de carrera a hacer carrera en la política Niños mimados, en tantos casos, algunos con el biberón del poder desde que nacieron (pasa de padres a hijos: miren tantos ejemplos), con un master de nosequé en nosedónde y que conocen al pueblo desde la más absoluta lejanía, sin pisar las calles, sin conocer ninguna realidad que sólo les llega desde los inefables gabinetes de prensa, esos entes donde se cuece “la verdad”, con comillas, y que después se reparte, en platos iguales (la misma noticia en cuatro periódicos en días distintos o incluso iguales…). Unos medios informativos domesticados, unas radios municipales con olores al incienso del poder, pelotas de tres al cuarto, periodistas aburridos sólo esperando que llegue la noticia por los múltiples rincones del ordenador, sin pisar calle, olvidando el reporterismo, la entrevista, la imagen que vale más que mil palabras.

Sale uno a la calle y surgen cuarenta temas para criticar o para poner el grito en el cielo de la actualidad. Es todo un dolce far niente (“el dulce no hacer nada”) de gentes acomodadas, de coche, hipoteca, viaje, fin de semana, “yo paso de la política”, “a mi no me interesa la política”… sin reflexionar sobre el futuro, viviendo sólo el presente, sin pensar que esta tierra es prestada y hay que hacer algo para los que vengan después. Mientras tanto, los ayuntamientos actuales son, en su gran mayoría, almacenes de personal, algún proyectito de tiempo en tiempo y estaciones de carga de los especuladores del ladrillo que campan por sus fueros y se convierten en agentes de ordeno y mando en las telarañas municipales, mientras la alta y buena política sale de los ciudadanos conscientes cuando se ve que se pagan dietas a concejales por asistir a entierros, se envían ramos de flores a cada recién nacido, se mandan guaguas a lejanos kilómetros para que los jóvenes asistan a macrofiestas o se invita, con dinero público, a cualquier tetuda de Gran Hermano a las fiestas patronales o los carnavales serán este año -cada año- el nunca más, plenos a golpe de despertador para que puedan ir sólo los que cobran. Despilfarro, anarquía, burocracia, alejamiento, buscando el fácil populismo cuando la calidad, y el buen hacer, nos hará libres.

Y por eso, de esos barros nos llegarán estos lodos. El catedrático Luís Balbuena Castellano, como gran matemático que lo es, puso el acento en un reciente estudio sobre la abstención donde dice: “Si consideramos en Canarias a la abstención como un partido político más, que compitió para obtener diputados regionales, consejeros de cabildo y concejales de ayuntamientos, en casi todas las instituciones fue el más votado y en muchas llegó a alcanzar la mayoría absoluta, en algunos casos, contundente”. Santa Cruz, con 50,29% de abstención y 16 concejales virtuales; La Laguna, con 42,28% y 13; Adeje, con 50,39% y 12; Las Palmas de Gran Canaria, con 43,18% y 14; Telde, con 36,96% y 11…Y así un suma y sigue, siendo elocuente el dato, que habla por si solo, de que en Santa Cruz, Arona, Adeje y Garafia la abstención haya sido de más del 50 por ciento. O sea, que el caballo de la indiferencia camina desbocado. Las bridas en unos políticos distintos y no distantes. Dicho queda: en presente.

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