La voz de África: un pequeño testimonio sin intermediarios

En 2006 conocí la historia de Malang Sano, un joven nacido en la isla de Sanoufily, en mitad de la selva de la Casamance (la preciosa región verde -y pobre- del sur de Senegal), que emigró a Rufisque, la aldea de calles arenosas a pocos kilómetros al norte de Dakar. Aunque ganaba suficiente en un cíber, emigró a Cabo Verde, conoció a un español y pagó una cantidad por llegar a Las Palmas.

Madang Sano se metió en un yate de ocho metros de eslora con otros 49 jóvenes desesperados, soñadores, inconscientes de la trampa en la que habían caído. El mástil del cascarón se partió, los chicos murieron uno a uno mientras el yate cruzaba el Atlántico y sólo 11 de sus cuerpos aparecieron momificados en la isla de Barbados, en el Caribe, cuatro meses después. Ahora, a casi dos años de aquello, el caso, abierto primero desde El País, seguido luego por la policía e investigado por un juez de Barcelona, acaba de llegar, a finales de 2007, a la Audiencia Nacional con la esperanza de dar con el paradero del pirata español que causó esta tragedia para que pague por la muerte de estos chicos.

Leidi Fall es el último sobreviviente de un caso similar. La memoria de los cayucos es tan frágil como la vida de quienes van en ellos. 56 jóvenes embarcaron en Mauritania. Cuando se les acabó el combustible del primer bidón, abrieron el segundo. Estaban apenas a 157 kilómetros de Canarias. Pero el envase de plástico sólo contenía agua. Los habían estafado y ahora encaraban la muerte. Durante las noches, los que no dormían echaban por la borda a los más cansados. Cuando la comida acabó, machacaron madera y papeles con agua de mar. Sólo sobrevivió uno, que recogió el pesquero español Tiburón III.

Afortunadamente, cada vez se habla más de África, aunque sigue siendo muy insuficiente, en especial cuando se trata de hablar bien de África, de sus gentes, sus canciones, su cultura, sus costumbres, de su respeto a la naturaleza, a los viejos, de cómo las mujeres con sus vientres, sus manos y espaldas construyen cada ladrillo de este continente. Por alguna extraña razón tendemos a pensar que la corrupción que tanto se achaca a sus gobernantes es distinta de la que se dice tienen los nuestros y nuestras empresas. Pero pocas veces África habla directamente, sin intermediarios:

- “La inmigración es tanto una tragedia en origen como en destino, la gangrena de nuestras sociedades. En el origen de todo está el éxodo, la trashumancia, desde las zonas rurales a las urbanas. Las ciudades están masificadas y la gente necesita salir; debemos frenarlo. Hay que invertir en infraestructuras, desarrollo sostenible, ganadería, agricultura, trabajos que ilusionen a nuestros jóvenes, que los fijen a sus zonas de residencia sin necesidad de ir a las ciudades, porque si hay pobreza seguirá la inmigración”. Aliou Niang, presidente del consejo regional de San Louis (Senegal)

- “Nuestros jóvenes siguen creyendo que esto es el paraíso y es lícito y normal que sea así, pero esta tragedia atañe a toda la humanidad”. Demba Diagne, presidente del Consejo Regional de Ziguinchor (Senegal).

- “Europa debería ver África desde un enfoque menos egoísta, con empresas conjuntas y proyectos educativos y culturales; esperamos convencer a nuestros jóvenes de que el sueño de Europa sólo es eso, una ilusión”. Cheick Diagne, vicepresidente del Consejo Regional de Dakar.

- “Esto es una tragedia humana, mueren muchas personas, todos los días amanecemos con más muertos, que nos desgarran. Debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para combatirlo”. Mohamed Lemine Ould Moulay Zeine, el wali (gobernador) de Nouakchot (Mauritania).

- “La juventud africana actual no tiene paciencia para estar 10 años estudiando; ven a uno que ha emigrado, y a los cuatro años aparece con dinero, coche y construye una casa. Eso les impulsa a abandonar su país. Pero cuando llegan se dan cuenta de lo mal que se pasa en Europa”. Fatú Gueye, bióloga senegalesa de 30 años.

- “Nuestros padres fueron a la escuela y todo lo que aprendieron lo hicieron en sus lenguas africanas. Estudiaron, pero sólo han podido ser empleados de las empresas occidentales. Ahora, nosotros estamos preparados para dirigir esas empresas”. Ntombenhle Khathawane, química de 29 años.

- “Todo lo que encuentras en Europa es trabajar con tus manos, no con tu mente. Prefiero ser libre y contribuir al progreso de mi país, porque perder la esperanza en África es condenarla a que desaparezca. Los jóvenes debemos tomar conciencia de que no se va a construir desde fuera por los extranjeros”. Tamsir Mbale, geógrafo senegalés. 30 años.

- “Si vuelvo sin nada, mi padre me echará de casa, mis amigos no querrán saber nada de mí y seré un vagabundo”. Mohamed (17 años), Gambia

- “En mi aldea no había electricidad. Cuando pasé aquí las primeras Navidades y vi las calles con miles de bombillas encendidas, sólo lloré y pensé: ¡están locos!”. Siaka Sissoko (18 años)

- “No sé leer ni escribir, no tengo dinero, mi familia tampoco, nunca fui al colegio, nunca antes comí tres veces al día, no tenía ducha, ni champú, ni ropa. No tenía nada de lo que ahora me dan en Canarias”. Fouad (15 años).
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