The war of words

En algún sitio dejé escrito que cuando yo nací la radio ya me estaba esperando. No sólo porque en aquel enero de 1938 ya había dos espléndidos receptores en la casa de mis abuelos, dos radios que a todas las horas del día llevaban el sonido, un tanto lejano, de música y palabras hasta la alcoba en donde la familia daba la enhorabuena a la parturienta por el neonato. Los receptores estaban, uno en la sala, un enorme Iberia modelo capilla; y otro en la cocina, un Philips pequeño, holandés, que, decía el viejo Manuel, mi padre había conseguido en el muelle, de estraperlo.

Todo el día, la familia y los vecinos oían Radio Vigo, Radio Club Portugués y, por onda corta, Radio Club Tenerife. Desde el año anterior también “la emisora de Franco”, como la denominaban ellos, que emitía desde Salamanca. A esta nueva la llamaban Radio Nacional de España y en ella escuchaban los partes de guerra con especial énfasis a favor del bando franquista. Este mismo año, la BBC de Londres informaba por primera vez en español. Mi llegada, como se ve, estuvo llena de noticias relacionadas con ese invento que de manos de Marconi, entre otros investigadores, había revolucionado al mundo. Desde entonces viene mi relación, creo yo. Siempre a su lado, siempre a mi lado.

Aquel 1938 fue además el año del nacimiento del que luego sería rey de España, como Juan Carlos I, o de la primera aparición de Supermán. Otros cantares. Pero, casualidades de la vida, en 1938 se emitió el programa más historiado de la radio. Orson Welles aterrorizó a la población con The War of the Worlds, un docudrama que narraba la invasión de la tierra por marcianos. Millares de americanos creyeron que la llegada de extraterrestres era real. Tal fue el realismo de la narración y efectos especiales que produjo una tremenda histeria colectiva y hasta hubo varios muertos. Era el principio del fin.

Sí, porque la radio, que hasta entonces era un entretenimiento, la vedette de los pacíficos hogares y de felices grupos de vecinos, pasó a ser objeto del deseo de los políticos, las distintas iglesias, los gobiernos. Fue tal el extraordinario encanto que la radiodifusión producía entre las gentes que se convirtió inmediatamente en el objetivo a conseguir y controlar por parte de los poderosos. De alguna manera, ya empezaban a amordazarla. Y aquí en España sabemos mucho de eso.

Y así, sucesivamente, Roosevelt, Queipo de Llano, Franco, Goebbels, Hitler, etc., hicieron uso de ella para el logro de sus fines. Las cosas no han cambiado tanto. Por ejemplo, hoy, George Bush y Hugo Chávez eligen este soporte mediático, como antes, con largas comparecencias de muchas horas ante el micrófono, para comunicarse semanalmente con el pueblo: Hello Citizen y Aló Ciudadano.

La iglesia católica, al comprobar la fuerza que tenía la palabra por la radio y su alcance sin fronteras, logró que el propio Marconi le instalase uno de sus primeros potentes emisores. Así nació Radio Vaticano, que hoy se escucha en todo el mundo en varios idiomas y muchos dialectos.

La guerra de las ondas, pues, se estableció desde los orígenes de este medio de difusión. Y continúa hoy. Aunque de otra manera. ¿O no es verdad la lucha entre la Cope y la Ser, cada mañana, cada día, a distintas horas, en defensa de sus distintas posiciones políticas y económicas?

¿Y no es verdad que hay oposición a que se instalen legalmente nuevas empresas e indicativos que llevan años emitiendo con una ilegalidad consentida y tolerada por el gobierno de las islas? Esta es la guerra de las cadenas históricas que piden su cierre, porque ven mermadas sus audiencias e ingresos. Y desidia, mucha desidia y falta de decisión, por parte de los mandamases ante una realidad presente las veinticuatro horas del día en las ondas isleñas. Por tanto, o son sordos o nadie sabe, ni han sabido los distintos gobiernos de Canarias, buscar remedio a una situación de la que están pendientes muchas jóvenes empresas y familias que desean un empleo estable. Porque muchos son los profesionales, algunos miles, que hoy viven al amparo de las mal llamadas emisoras piratas.

¿Cómo se puede explicar que algunos se hagan ricos vendiendo un bien público, una propiedad del Estado, como lo son las frecuencias de radio? Pues hay ingenuos que compran columnas de humo. Y muy caras, por cierto, que contribuyen a que el caos sea aún mayor en las ondas, porque algunos puntos del dial se ¿facturan? varias veces y las frecuencias se solapan cada vez más. Inaudibles algunos indicativos.

La paz parece lejana. Como se ve (o mejor, se oye), la guerra (en este caso de las palabras) continúa en la radio.

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