El salto del salmón

Un grupo variopinto de adultos permanece reunido en un cuarto lleno de sillas. Es martes, ha pasado hace rato la hora de cenar. Hay algunos diccionarios en el estante. El más delgado carraspea y repasa sus notas en la libreta, el del bigote se masajea las sienes. El mayor murmura, mordisquea la patilla de las gafas. Discuten, cuaderno en mano, sobre la conveniencia de cambiar en un texto la frase “llegó muy cansado” por alguna otra, quizá más expresiva.

Los componentes de este grupo manejan las palabras con tiento, elijen los términos con pudor, con dudas, avanzan poco a poco por el bosque intangible del español actual. Pretenden ser usuarios avezados del idioma castellano, atisban las posibilidades de una de las herramientas de comunicación más vigorosas, ricas y sorprendentes que el hombre ha ideado: el español. Son aficionados a la escritura que cotejan sus textos, los sopesan, intentan mejorarlos con mucha intuición y también mediante escurridizas reglas de estilo. El de las gafas diluye el espeso momento de tensión recordando una cita de Agustina Bessa-Luís. Cuando a la novelista portuguesa preguntaron por qué escribía, respondió que para incomodar al mayor número posible de personas con la máxima inteligencia.

El salmón en la mente del más joven: va por esos mares helados e ignotos y al final de la vida remonta con esfuerzo inenarrable el río originario hasta llegar al naciente, agotado, completamente transformado en cuerpo y alma (alma salmónica, piensa), para desovar. De los miles de huevos que pone, sólo sobrevivirá un mísero puñado de alevines. Nadar a contracorriente con textos que molestan porque hacen pensar. Eso es lo que hacen en esa habitación tinerfeña llena de sillas, piensa el más joven: nadar a contracorriente. Aunque, para no desanimar a sus amigos, sólo expresa en voz alta la anécdota del pez. El delgado interviene a la vez que tacha un párrafo de su cuaderno: un poeta amigo del grupo, el colombiano Luis Aguilera, mantuvo durante los años que vivió en Puerto de la Cruz una columna literaria en un periódico canario que se titulaba así: El salto del salmón. Una mañana esperaba en la cola del banco cuando advirtió que la mujer que le antecedía mataba el rato hojeando el periódico. Se detuvo en

El salto del salmón y lo leyó de cabo a rabo, mientras Luis aguantaba la respiración. Ella cerró el periódico. Lo dobló bajo el brazo. Se rascó la nariz, frunció los labios en un tic casi imperceptible. Miró al poeta de reojo. Luego, nada. Un alevín de salmón había nacido. Quizá.

Tocan a la puerta. Es la pelirroja, todos saludan. Llega tarde porque viene de la oficina de su editor, que la hizo esperar. Trae unos ejemplares del libro, de su primer libro: por fin ha salido de imprenta. Se oyen felicitaciones, hay abrazos, sonrisas, algún cuaderno cae al suelo. El del bigote coge uno de los libros, lo hojea. La mira, ella está radiante, él le desea buena suerte, que venda mucho. El amigo del bigote hace recuento mental de las ventas de su novela, publicada dos años antes por la misma editorial con sede en Tenerife: cuarenta y tres ejemplares en total, sin contar los que regaló a parientes y amigos. El circuito, se dice, el maldito circuito es más reducido que la salita de espera de su dentista. Sonríe y se pregunta si pasará lo mismo con la pelirroja, se pregunta si pasará lo mismo en el resto de España.

Además de nosotros, ¿quién lee libros en Canarias?, pregunta el joven con una mueca de chiste, agitando el libro recién impreso en la mano alzada. El delgado recuerda, ilusionado, el comentario que le llegó esa mañana: un editor canario, dueño además de varias empresas de comunicación, está empeñado en publicar a nuevos talentos isleños. El original de un conocido suyo obtuvo respuesta positiva en menos de una semana. ¿Se lo leyeron realmente o sólo les gustó el título y aprovecharon la oportunidad para no dejar escapar una subvención?, tantea el mayor, sin acritud. Todos ríen. Dos de ellos van a la ventana, abren de par en par, encienden sendos cigarros. El de las gafas pregunta a la pelirroja, con una reverencia de opereta: ahora que has triunfado en el mundo de las letras, dinos qué giro literario darías a la frase “llegó muy cansado”. El joven no escucha la respuesta de la mujer: se acuerda de lo que le espetó la madre de António Lobo Antunes cuando él dijo que quería dedicarse a escribir libros: Eso no es un trabajo, hijo. El joven sabe que la verdadera pregunta es cómo ser salmón en Canarias, salmón profesional. Nadando en aguas transparentes, difícil lo veía. Se pasaba mucho frío, seguro. Surcando las aguas tibias que van a favor de la corriente, de una corriente determinada, quizá haya más posibilidades de alimentarse, recapacita.

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