La era López Aguilar (balance del ‘juanfernandismo’)

Juan Fernando López Aguilar revalidó el pasado mes de noviembre la secretaría general del PSOE canario, después de un congreso crispado y triste, marcado por el enfrentamiento de Aguilar con quien fuera su principal mentor, Jerónimo Saavedra. La presencia en el Congreso de Leire Pajín, Pepe Blanco y hasta del propio Rodríguez Zapatero, no logró evitar que una cuarta parte de los delegados, llegado el momento de votar a López Aguilar, prefiriera abstenerse.

La respuesta de ese 25 por ciento de delegados que no apoyó a López Aguilar en el congreso regional era una manera de manifestar su desacuerdo con el único candidato presentado, un hombre que ha caracterizado sus dos años de ejecutoria política en Canarias por un enfrentamiento por tierra mar y aire con Coalición Canaria y el Partido Popular, y por un acusado desprecio de la política que se hace en Canarias, no sólo a la practicada por esos dos partidos, sino también a la que ha desarrollado el PSOE en los últimos años.

Ha sido precisamente ese desprecio absoluto por las políticas llevadas a cabo por el PSOE y por los hombres que las han encarnado, lo que impidió que la primera etapa de mandato de López Aguilar en el PSOE fuera todo lo integradora que se esperaba: tras la victoria socialista en las elecciones regionales, el PSOE le fue entregado a López Aguilar por Juan Carlos Alemán, en un gesto voluntario de renuncia que dio lugar a un congreso de gran integración, en el que Aguilar –a pesar de su insistencia en llevarse mal con los barones del partido– logró más del 90 por ciento de los votos, una mayoría aplastante.

Apenas un año después, tras haber abandonado al grupo parlamentario canario a su suerte en Teobaldo Power y haber regresado a Madrid en busca de un imposible nombramiento como ministro, López Aguilar sumó en el Congreso de los socialistas un resultado completamente ajeno a las prácticas tradicionales del PSOE, en los que –si no hay candidato alternativo– siempre se apoya a la dirección entrante a la búlgara. Los roces con los barones en las reuniones de la Ejecutiva, el posicionamiento a favor de la línea minoritaria en Tenerife, la pérdida de confianza de alguno de sus más directos colaboradores, como Paco Hernández Spínola, y –sobre todo– su decisión de laminar a Jerónimo Saavedra, le hicieron perder hasta un veinte por ciento de los apoyos recibidos el año anterior.

Durante meses, muchas voces –desde el partido en Canarias y desde la dirección federal– pidieron a López Aguilar que hiciera un congreso pacífico, que no pusiera en riesgo su imagen ante la candidatura europea. López Aguilar prefirió hacer lo que le pedía el cuerpo y forzó al congreso a un plebiscito sobre su liderazgo, en el que logró el apoyo de tres de cada cuatro delegados. Hasta ahí, el resultado –una vez decidido ir a un congreso conflictivo– no fue un mal resultado. Pero en vez de asumirlo, López Aguilar se asustó. Quizá creyó que si una cuarta parte de los delegados habían optado por abstenerse en su elección –a pesar de la presión de Madrid y las posibles represalias–, la votación de la ejecutiva podía rozar lo catastrófico.

Optó entonces por una tardía negociación a la desesperada en la que hizo sucesivas promesas de incorporación a la ejecutiva a todos los barones, familias y grupos, incorporando a los secretarios insulares, que no estaban en la anterior ejecutiva. Además, sacrificó a la gente de Santiago Pérez para dar cabida a sus adversarios tinerfeños de la otra cuerda e hizo lo propio con los apoyos de José Miguel Pérez, triturados para incorporar a Chano Franquis, a Arcadio Díaz, a Blas Trujillo y a todos los que hasta ayer se identificaba como saavedristas. Los mismos que derrotarían a su vicesecretario general en Las Palmas antes de acabar el año.

Sólo Saavedra, a quien ofreció una poco honrosa presidencia de honor (Saavedra era hasta entonces presidente efectivo del PSOE canario) quedó fuera de una ejecutiva en la que López Aguilar no tiene la mayoría de los cargos. Sacrificó esa mayoría –que pudo haber logrado sin problemas– a un resultado mejor, que le permitiera dar la impresión de que ganaba por goleada el congreso. Lo ganó, sin duda, pero la pelea de este congreso no tenía nada que ver con sacar o dejar a Saavedra. Para ganar el congreso y hacerse con el control real del PSOE canario, López Aguilar tenía que revalidar sus apoyos anteriores, despertar la ilusión de los afiliados, imponer a su equipo y cumplir los compromisos anunciados.

No logró nada de eso, y el PSOE se enfrenta bajo su liderazgo a un futuro sin ilusión, sin proyecto para Canarias y sin candidato, porque López Aguilar estará en Europa, lejos de una región que siempre le ha quedado pequeña. La primera etapa de López Aguilar –previa a unas europeas difíciles de ganar– concluye con un PSOE muy debilitado –a pesar del brutal deterioro de Coalición y el Partido Popular bajo el paulinato–, y dividido de forma irreconciliable entre sus dos principales sectores: el que representa un pasado que se resiste a irse y el que encarna un futuro sin intención de quedarse.

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