Dolor ajeno sufrido en tiempo real

Cuando ardió el Sáhara Occidental, la mañana del 8 de noviembre de 2010, después del desalojo por la fuerza del campamento de protesta de El Aaiún, Internet echaba chispas. Una cobertura, de libre acceso desde cualquier ordenador del planeta, que puso en evidencia el alcance social de cualquier acontecimiento de envergadura. Meses después y no muy lejos de allí, con las revueltas del Egipto, Túnez o Libia, se confirmó que hay reglas nuevas para los regímenes totalitarios.

Aquel 8 de noviembre, en una búsqueda rápida de referencias a la revuelta saharaui organizada en torno al campamento Gdeim Izik y continuada luego en las calles en llamas de El Aaiún, apenas doce horas después del inicio de los enfrentamientos con efectivos de la policía y del ejército de Marruecos, estaban disponibles 72.400 entradas, con enlaces a cuatrocientas notas informativas, a medio centenar de fotografías y a diez grabaciones de video realizadas in situ por activistas saharauis, periodistas y testigos internacionales de esta rebelión independentista. Lejos de ser un aspecto anecdótico, el seguimiento mediático logrado por la denominada intifada saharaui confirma una vez más que ahora los regímenes más o menos autoritarios, y sus sistemas políticos más o menos transparentes, tienen difícil cerrar con puertas el campo.

La rebelión popular saharaui no es el producto de una sola causa, como por economía de pensamiento y no poca comodidad de primer mundo se tiende a pensar por encima del estrecho de Gibraltar. Anquilosado después de cuarenta años sin solución a la vista, el problema sin resolver del Sáhara Occidental ha derivado ya en el hastío de las generaciones nuevas por el actual estado de las cosas en la antigua provincia española número 53. La mayoría de los saharauis que residen en El Aaiún, y otro tanto se puede decir de los saharauis que viven en el territorio ocupado por Marruecos, no conocen otra situación que ésta que sufren en carne propia.

Se trata de jóvenes que viven secuestrados en una vida de penurias, sin acceso efectivo al progreso para el que cualquier ser humano se prepara en colegios, institutos y universidades. Sin acceso a vivienda propia, sin acceso a trabajo digno, sin posibilidades de ofrecer un futuro a sus hijos, a sus nietos… En resumen: sin el derecho a vivir como dios manda, por distinto que sea el dios de cada uno. Es en este hastío secular donde hay que localizar el origen de las revueltas saharauis del otoño pasado, un grito violento que se convirtió en el altavoz de denuncia contra los efectos nocivos de la alianza de políticos ineptos que marca el devenir del pueblo saharaui. Vamos por partes.

La impericia de un rey

El problema del Sáhara Occidental conforma, y quizá sea la parte protagonista, la herencia envenenada que el anterior rey de Marruecos, Hassán II, concedió al actual monarca de ese reino norteafricano que una vez fue imperio. Utilizado con astucia malevolente por Hassán II para ofrecer imagen de cohesión interna y alimentado luego por la clase dirigente que se agrupa en torno al denominado majzén que rodea al rey, la represión de los saharauis repite el modelo criminal que el abuelo del rey actual utilizó entre 1958 y 1959 para sofocar la rebelión en el Rif. Y no es casualidad que la represión de los rifeños fuera dirigida por el entonces príncipe heredero, Hassán II, sin dejar pasar esa oportunidad para aprender bien la lección de mano dura y clemencia cero como acto triunfal de inauguración de un periodo negro que en los libros de historia se estudia como los años de plomo.

Es la herencia podrida que recibió Mohamed VI después del fallecimiento de su padre, el 23 de julio de 1999. Doce años después, sería injusto decir que el comportamiento del rey actual tenga parangón con el que demostró su padre durante cuatro décadas de reinado, pero quizá el problema resida en que la vara de medir la eficacia del gestor ya no reside en exclusiva en las estadísticas fúnebres. Como bien ha escrito el politólogo franco-argelino Sami Naïr, la rebelión de los jóvenes descamisados en el Magreb no obedece a órdenes políticas sino a una reivindicación de mayor calado social: “Quieren trabajo, alojamientos, oportunidades de movilidad social que se correspondan con sus cualificaciones, a la vez que la libertad de poder expresarse sobre la situación en sus propios países”. Estos millones de jóvenes no asumen que tengan que pagar facturas antiguas, ya sea en Marruecos, Túnez o Egipto, y exigen un futuro posible aunque su lucha conduzca, por ahora, al infierno de lo imposible.

Parálisis independentista

Abordemos ahora el desmontaje de un mito. ¿Por qué los jóvenes saharauis que se jugaron la vida en el campamento Gdeim Izik no han puesto sus brazos al servicio del Frente Polisario? La respuesta más ecuánime, aunque escucharla no sea plato de buen gusto, es que los nuevos saharauis, esos que no conocen otra cosa que la vida bajo ocupación marroquí, ya no confían en el movimiento independentista. Y tienen sobradas razones para actuar en consecuencia. Del mismo modo que el progresismo imperante critica, y con razón, la parálisis del nuevo rey de Marruecos, habría que convenir que el grado de anquilosamiento de la dirigencia polisaria no es menor.

Fundado en la primavera de 1973 para combatir la administración colonial en la antigua provincia española del Sáhara Occidental, el Frente Polisario ha derivado con los años en un organismo anacrónico repleto de personajes acomodados al actual estado de las cosas. Mohamed Abdelaziz, su secretario general, ocupa el cargo desde agosto de 1976 sin permitir que un relevo generacional intente abrir puertas políticas nuevas a una oportunidad viable para resolver el conflicto saharaui. Sería injusto decir que el líder de este movimiento político marginal dispone de los mismos recursos para atajar el problema que un monarca absoluto de un país reconocido en la esfera internacional, con una presencia efectiva en Naciones Unidas y con capacidad de interlocución (y de presión) ante la Unión Europea. Pero también será fatal seguir con victimismos que no llevan a ninguna parte, justo lo que ahora reprocha la juventud magrebí que ya ha tomado el relevo en las calles ante el trabajo inútil de los despachos.

Termino con un viaje en el tiempo, una anécdota que refleja el anacronismo y la ausencia de realismo político que gobiernan el conflicto del Sáhara. El 31 de diciembre de 1999, en una tienda de los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf (Argelia), escuché por Radio Exterior de España la noticia del año: la dimisión de Boris Yeltsin como primer presidente de Rusia y el nombramiento interino de su sucesor, Vladimir Putin. Junto al altavoz, y una mesa bien nutrida de provisiones, fruta fresca, té y bebidas refrigeradas, un antiguo ministro de Defensa de la República Árabe Saharaui Democrática extrajo una conclusión del relevo político en Moscú: “¡Ahora se solucionará el problema saharaui!”. Casi doce años después, Yeltsin ya no está entre los vivos (falleció en 2007), Putin ya no es el presidente ruso y el bloque soviético al que se arrimó la cúpula del Frente Polisario ya sólo es un recuerdo triste en las enciclopedias.

Mientras, 270.000 personas residentes en los territorios ocupados y otras cien mil que sobreviven en los campamentos de refugiados de la hamada argelina siguen esperando una solución. Tozuda que es la realidad, mientras el pueblo sufre.

Y Cuba sigue esperando…

Al otro lado del mar, en el Caribe, los tiempos se miden con escala distinta. En Cuba, la isla de todas las islas, un único régimen político gobierna desde 1959. Confirmado el retiro de Fidel Castro, su hermano y heredero, Raúl Castro Ruz (Birán, 1931), convocó el VI Congreso del Partido Comunista para amagar con un cambio que no termina de llegar. Advirtió el menor de los Castro que Cuba se enfrenta ahora a un reto de supervivencia: “O rectificamos o nos hundimos”. Y la actualización del modelo socialista cubano pasa más por poner en marcha cambios estructurales y un relevo generacional que por el puñado de reformas más o menos cosméticas (flexibilidad para iniciativa laboral por cuenta propia, reducción de la oferta de trabajos a cuenta del Estado, liberalización de tierras ociosas) que aprobó por unanimidad el plenario reunido en el teatro Karl Marx de La Habana. El objetivo del régimen ya liderado por Raúl ha marcado como objetivo para 2015 disponer de 2,6 millones de puestos de trabajo en el sector privado para el conjunto de cinco millones de personas que forman la población activa en la isla. Pero el dilema, más allá de coyunturas económicas, es mayor. “Si se quiere salvar la Revolución”, exclamó el menor de los Castro, primero se debe desmontar el tupido velo de secretismo en el que se ha amparado medio siglo el equipo dirigente del Partido Comunista Cubano (PCC). Y si la iniciativa privada es el objetivo, la incógnita por despejar es hasta dónde permitirá llegar el PCC un posible modelo híbrido entre economía de mercado y férreo control político. La meta nueva es lo que ya se logró en Vietnam: mayor desarrollo económico con mínimos avances democráticos. Porque, como marca el reloj del bolero, el tiempo ya se acaba: “Este congreso debe ser, por ley de la vida, el último de la mayoría de los que formamos la generación histórica”, asumió Raúl. “El tiempo que nos queda es corto y estamos en la obligación de aprovechar el peso de la autoridad moral que poseemos ante el pueblo para dejar el rumbo trazado”.

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