Del fracaso a la esperanza

El Tenerife se estrelló en el primer intento de recuperar su sitio en el fútbol profesional. La escena final de la temporada fue un contraste extremo entre la alegría de los jugadores de la Ponferradina, buen equipo hecho con paciencia, continuidad y poco dinero, y la profunda decepción de un Heliodoro que casi abarrotó su aforo preñado de ilusión y de esperanza, aquél mediodía del triste 24 de junio de 2012.

La escena final de la temporada 11-12 fue la foto de la temporada del fracaso blanquiazul más sonado de los últimos años. El Tenerife había apostado en verano de 2011, con la herida del segundo descenso consecutivo aún doliente, por un proyecto finalista, sin términos medios, que no contempló desde su génesis otro desenlace que no fuera el ascenso a Segunda División A. Lo intentó con un equipo construido sobre bases muy frágiles. La apuesta llegó en pie al escalón final, resistió hasta la última instancia, pero se encontró enfrente un obstáculo insalvable: un adversario más cuajado. En el fútbol no gana el que más gasta ni el que más prisas tiene, sino el que es capaz de construir un buen equipo, con toda la profundidad de elementos que se necesitan, algunos de ellos intangibles.

Sobre la base de la necesidad imperiosa de retornar al fútbol profesional en el mínimo lapso posible, nunca más de una temporada, el Consejo de Concepción alquiló el proyecto. Se encomendó a los consejos de Quique Pina -que había gestionado un éxito semejante la campaña anterior con el Granada-, y empezó a formar el organigrama con la contratación de Pedro Cordero, a cuya disposición puso un presupuesto infalible, 2,2 millones de euros, con el fin de eliminar cualquier margen de error en una Liga con rivales pseudoprofesionales. El Tenerife creyó que el ascenso tenía un precio y ganó todas las pujas veraniegas por los mejores jugadores de la categoría, en un ejercicio que acabó rayando en la insolencia. Pero su gran desembolso no cuajó en equipo, porque no tuvo nunca un soporte de seguridad mínimo, una definición del estilo, una idea colectiva por encima de tanta individualidad, de tanto lujo caro.

Cordero se olvidó de traer un organizador para que el equipo fuera capaz de dominar los partidos, como se impone para un equipo que quiere ganar casi siempre, y tampoco acertó a contratar un goleador… El asunto no funcionó ni con Antonio Calderón, personaje insulso de idea futbolística absolutamente indescifrable, ni con García Tébar, de corte más chusquero, cuya vulgaridad en el manejo de las cuestiones colectivas sonó estridente en el marco de un club tan grande como el Tenerife. Tébar se cayó al vacío que le hicieron los pesos pesados de un vestuario que, de inmediato, sí consensuó la conveniencia de secundar y apoyar sin condiciones la idea futbolística de Quique Medina, último asidero para obrar el milagro en el sprint final del curso. También, el más asequible desde el punto de vista económico, una vez rebasado con creces el presupuesto destinado al entrenador.

La última víctima de la falta de equilibrio de una plantilla mal construida fue Quique. Su intención de acercar al Tenerife a la identidad perdida, a través de un fútbol elaborado, resultó frustrante. Improvisó un organizador, Víctor Bravo, y en líneas generales el equipo mejoró sensiblemente sus prestaciones, fue derribando obstáculos, confirmó su presencia en el play off y pasó dos eliminatorias, algunas de ellas de aquella manera, hasta presentarse a un paso de la meta, el más difícil de dar, ante la Ponferradina. Un rival que tenía precisamente a gala todo lo que le faltaba al Tenerife. La Ponferradina sonaba a Segunda B. El Tenerife no, porque no terminó de poner los dos pies sobre el barro de esta categoría.

El resultado de la eliminatoria fue una doble derrota cargadas de excusas, solo algunas certeras, como el cruel arbitraje del partido de vuelta. La realidad es que ganó y ascendió el equipo que construyó un verdadero de fútbol de Segunda B, la Ponferradina. Un equipo pequeño que se hizo grande sobre el campo por la coherencia que presidió la gestión de sus recursos. La celebración de los bercianos ante el público del Heliodoro representó toda una lección, mostrando el camino a quienes apostaron por hacerlo todo solo con dinero. Si alguien no merecía recibir este escarmiento en el Tenerife era precisamente su hinchada, que fue lo mejor de una temporada para olvidar, apéndice de los dos durísimos descensos anteriores.

El siguiente trazo que describió el club de cara al curso 12-13 fue brusco. Una vez asumido el fracaso, la entidad planteó su nueva apuesta en verano, después de una comparecencia del presidente en la sala de prensa del Heliodoro, con la derrota de la Ponferradina aún en caliente. El presidente presentó un discurso vacío que apuntaba a la continuidad a pesar de los evidentes síntomas de agotamiento. El club ascendió a Quique Medina a los despachos, un gasto menos, y redujo el presupuesto del área deportiva en más de la mitad. De los 2,2 millones de euros que manejó y desperdició a discreción Pedro Cordero, al millón escaso que le dieron a Quique Medina para que multiplicase el rendimiento del equipo y luchase por el ascenso como única vía de escape.

El nuevo director deportivo empezó su obra por los cimientos, buscó al líder del nuevo proyecto y se encomendó a Álvaro Cervera, amigo personal suyo y ex tinerfeñista también. La conexión y el entendimiento de esta pareja facilitó mucho las gestiones de un verano muy austero. Entre ambos han construido un equipo competitivo, con una buena dosis de aportación de jugadores de la casa; un proyecto mucho más coherente que el anterior, con equilibrio, bien orientado a consolidar un estilo y cuya estabilidad está directamente relacionada con la humildad de una plantilla de perfil bajo y absolutamente hambrienta de éxitos. El arranque del nuevo Tenerife, que estrenó la Liga retratando su realidad con un enfrentamiento oficial ante el Marino, contraste realmente insospechado hace dos o tres años, fue espectacular. Ganó los cuatro primeros partidos, se instaló en el liderato y se mantuvo invicto hasta finales de noviembre, en la jornada decimocuarta, cuando ya hasta los más descreídos habían abandonado el escepticismo.

El Tenerife cerró 2012 alumbrando su futuro inmediato con el brillo de su liderato deportivo y estimulando las sensaciones de optimismo desde el alivio del peso de la deuda económica que supone para la entidad la venta de parte de los terrenos de la Ciudad Deportiva de Geneto, operación que presidió los movimientos económicos presentados en diciembre ante la Junta General, en la que fue aprobada una deuda neta de 21,9 millones de euros, casi 30 menos de los que asfixiaban a la entidad cuando el actual Consejo tomó el mando. La pérdida de patrimonio se contrapesa con la evidente mejoría financiera de un club que ahora persigue la multiplicación de sus ingresos a través del necesario, y también más que posible, reingreso en la Liga de Fútbol Profesional.

Este proceso de regeneración blanquiazul deja patente como moraleja que el fútbol empieza y termina en el terreno de juego. Fueron los errores de planificación deportiva los que condenaron al Tenerife al destierro de la Segunda División B y serán los aciertos en la confección del nuevo equipo los que abran de par en par las puertas del futuro deportivo y económico. El paso del fracaso a la esperanza no es un movimiento casual.

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