El ascenso al infierno de Patricia Hernández

Debe ser otra de las singularidades de la Macaronesia fragmentada y alejada llamada Canarias: para llegar al infierno hay que subir en vez de descender. O, al menos, así debió de sentirse la primera candidata a la Presidencia del Gobierno en la historia de Canarias, Patricia Hernández, elegida tras un proceso de primarias abiertas en el que, como es norma, la simpatizancia se impuso a la militancia.

El proceso de primarias del Partido Socialista Canario-PSOE, que culminó el 19 de octubre de 2014, constató que los socialistas canarios seguían inmersos en una espiral de caos y división interna siete años después del ocaso de la era Alemán y el advenimiento del juanfernandismo. Unas heridas no cerradas ni siquiera cuando José Miguel Pérez accedió, a trancas y barrancas, a la cúpula del partido y que supuran cada cierto tiempo. Esas fuerzas centrípetas y centrífugas fueron dirigidas hacia Patricia Hernández, primero para que no consiguiera ser la flamante primera candidata a la Presidencia del Gobierno; y después, para que tomara la decisión de dejar que José Miguel Pérez cumpliera su mandato como secretario general o forzar un Congreso extraordinario.

La elección de Patricia Hernández en un proceso de primarias, no exento de escándalo, generó considerables expectativas, más fuera que dentro del PSC-PSOE, por lo que implicaba de cambio generacional y de lenguaje más cercano a la gente. Pero fue una victoria contra el aparato, que creía tener todo atado y bien atado hasta que comprobó que las primarias abiertas las suele cargar la simpatizancia, no la militancia, más o menos controlada por el establishment. Y Hernández tuvo que emprender durante muchos meses una campaña no tanto para sacudir las esclerotizadas y anquilosadas estructuras de un partido que, en los últimos años, se ha movido orgánicamente más por venganzas internas que por afán de renovación y regeneración sino, para evitar, precisamente, que ese mismo andamiaje se la llevara por delante incluso antes de las elecciones autonómicas.

Muchos fueron los que pretendieron, sin conseguirlo, convertir a Hernández en el nuevo Josep Borrell y que al final claudicara como hizo aquel en la época de la malhadada bicefalia que llevó al PSOE a ser devorado por el defecto Almunia. Los resultados de Hernández demostraron que tenía y tiene predicamento entre la ciudadanía, sobre todo en el arco de edad más joven, pero no lo tenía tanto dentro de un partido que las primarias evidenciaron que seguía tan dividido, o más, que cuando José Miguel Pérez llegó a la Secretaría General.

Parte del aparato tinerfeño que la sostuvo durante el proceso de primarias, concretamente los alcaldes del sur de la Isla, quisieron forzar antes de enero un Congreso Extraordinario que cerrara la etapa Pérez antes de las elecciones autonómicas y locales y la encumbrara como nueva líder del PSC. Pero también en el círculo de Hernández había quien pensaba que era buen momento para acabar con la dinámica de enfrentamiento y desgarro interno que se inició dentro del PSC en el año 2006, cuando Juan Carlos Alemán no se quería marchar y Juan Fernando López Aguilar no quería venir.

Admisión forzosa

Ambos bandos asumieron la decisión por imposición de la cúpula de Ferraz y a regañadientes. La decisión estaba tomada al más alto nivel, pero los socialistas canarios quisieron dejar claro que, formalmente, eran ellos quienes elegían a su candidato para evitar el clásico discurso de sus adversarios de que eran “una sucursal de Madrid”. Ese hubiera sido el escenario más óptimo para la también máxima dirigente de la Agrupación Local de la capital tinerfeña, sobre todo porque no necesitaba ganar las elecciones, como hiciera López Aguilar, sino simplemente incrementar los paupérrimos resultados que consiguiera Pérez en 2011.

Pero Pérez no estaba por la labor… y Hernández sufrió en carne propia, mucho más allá de 2014, la constatación de que el secretario general quería seguir comandando un partido que, curiosamente, había sido incapaz de unir y pacificar. El fracaso de Pérez por pacificar el partido se constató, sobre todo, cuando resultó reelegido como secretario general del PSC-PSOE en junio de 2012 con apenas un 53,95% de los votos de los delegados que asistieron al XII Congreso Regional celebrado en Tenerife, dejando al descubierto la debilidad de su liderazgo.

Las fricciones internas no le dieron respiro desde ese día, a lo que se añadió su olímpico desprecio por hacer vida orgánica, lo que fortaleció a sus adversarios internos hasta el punto de que los suyos se levantaron en armas en La Palma, El Hierro, La Gomera y parte de Tenerife, acusándole de ser más leal al Pacto con Coalición Canaria que a las siglas del partido que, supuestamente, dirigía. Un alejamiento que se extendió a las bases, las mismas que el 19 de octubre de 2014 encumbraron a Hernández, aunque la victoria de ésta también hizo que quienes querían un cambio –pero para que todo siguiera más o menos igual– se unieran a quien primero quisieron decapitar para hacerle la vida imposible a la candidata.

Lo cierto, en todo caso, es que si militantes y simpatizantes querían dar el triunfo a Patricia Hernández para cerrar cuanto antes una etapa o para que el PSOE canario encontrase su camino… tendrán que esperar a 2016. O más allá.

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