Aplazado por pandemia

La suspensión de los Juegos Olímpicos fue, probablemente, la noticia más impactante de las que afectaron al deporte por culpa del virus

El movimiento olímpico resistió cuanto pudo frente a los horrores de la pandemia. Se aferró a la creencia de que los Juegos se mantendrían inalterados en señal de esperanza y abrazaron desde el COI el recuerdo de que este acontecimiento universal ya había superado con éxito guerras internacionales, conflictos diplomáticos y todos los contratiempos -de muy diversa índole- a los que se habían enfrentado desde la II Guerra Mundial. Desde entonces, ningunos Juegos habían sido cancelados o pospuestos hasta estos, los de la XXXII Olimpiada. Los de Tokio 2020 mantendrán su nomenclatura original, aunque, finalmente, se celebren en 2021. Si la pandemia lo permite.

Las cabezas pensantes del Comité Olímpico Internacional viajaron de una postura casi inflexible sobre un posible aplazamiento a plegarse a la evolución imparable de la COVID-19. El 24 de marzo se produjo la definitiva conversación entre el presidente del Comité, Thomas Bach, y el primer ministro del país organizador, Shinzo Abe, para determinar un nuevo calendario para la cita nipona, en la que el país anfitrión había invertido una ingente cifra de millones de euros. Aunque habían pronosticado que la suspensión tendría efectos catastróficos, no les quedó otro remedio.

El tiempo confirmó acertada la difícil decisión, por cuanto los casos de coronavirus registrados al otro lado del planeta no hicieron sino crecer. Además, las estrictas normativas impuestas por diversos países respecto a la obligación de hacer cuarentena tras viajar demostraron que habría sido imposible el masivo desplazamiento de deportistas, técnicos, embajadores, autoridades y periodistas que siempre acompañan al movimiento olímpico. La llama sí permanece prendida en el país del Sol Naciente, pero de momento sin la absoluta seguridad de que los Juegos vayan a celebrarse con la normalidad deseada.

La primera de las cinco ediciones de los Juegos de la era moderna que había sufrido una cancelación -por motivos bélicos- fue la de 1916. El COI había adjudicado su organización cuatro años antes a la alemana ciudad de Berlín, en detrimento de Estocolmo, pero el estallido en 1914 de la I Guerra Mundial encendió las alarmas de las autoridades internacionales y dirigentes olímpicos, que vieron arrasados sus planes de una Olimpiada de gran brillo en pleno centro de Europa. El estadio preparado en Berlín para los Juegos de 1916 fue empleado finalmente como hospital de campaña y Alemania tuvo otras prioridades que dejaron en segundo plano sus aspiraciones y anhelos olímpicos. Para Japón, ésta no ha sido la primera vez que se le cancelan unos Juegos. Ya le ocurrió en 1940 con los de verano, también en Tokio; y en invierno con los de Sapporo. El país asiático renunció a ambos en 1938, en medio de su guerra con China. Confirmado el aplazamiento a 2021, la ciudad se debate entre la conveniencia de mantenerlos para que no quede en el limbo la ingente inversión realizada; y la pujante impresión de que aún para el año próximo no habrá la seguridad sanitaria para albergar un acontecimiento planetario de esta naturaleza. Las encuestas ofrecen resultados pendulares, pero se inclinan más bien por lo segundo. El entusiasmo ha decaído hasta límites inimaginados.

El aplazamiento de los Juegos de 2020 fue probablemente la noticia más impactante de las que afectaron al deporte por culpa del virus, pero obviamente no la única. El ciclismo fue de las especialidades más golpeadas, con el retraso en el calendario de las tres grandes vueltas que se celebran en Europa. Así que el estío quedó huérfano de las etapas del Tour de Francia, todo un clásico desde que el verano es verano. Igual de vacías se quedaron las gradas de Roland Garros o Wimbledon, otros dos acontecimientos que copaban la pantalla de la sala de estar en ausencia del fútbol, que reaccionó con celeridad al postergar la Eurocopa multisede para el 21.

“En el tenis es donde más lo vamos a notar”, esgrimió desde el comienzo de la crisis sanitaria Rafael Nadal, uno de los grandes referentes del deporte nacional, cuya cuota de protagonismo en pista se diluyó casi hasta cero en el período posterior a la pandemia. Dejamos de ver a Nadal pero sí que vimos por la tele a Carlos Sáinz, Pol Espargaró o Marc Márquez. Los deportes del motor corrieron mejor suerte que el tenis, donde la obligación de guardar cuarentena entre viaje y viaje hizo imposible que la hoja de ruta de la ATP pudiera seguirse conforme a lo previsto. Hasta el punto de que torneos programados para finales de año (tan prestigiosos como el de Madrid) fueron cancelados y quedaron para el 21.

Sin pruebas populares.- Otro sector duramente golpeado fue el del atletismo. Poco a poco fueron recuperándose las pruebas indoor, no así las carreras populares, en las cuales el grado de contagiosidad del virus es alto porque resulta imposible guardar una mínima distancia interpersonal. No solo en la línea de salida, también por parte de los espectadores que las siguen. Del calendario canario desapareció en 2020 la Transvulcania, la Tenerife Blue Trail o las maratones capitalinas; y los organizadores de la San Silvestre prometían -sin demasiado entusiasmo- la búsqueda de una solución imaginativa para que un evento tan multitudinario y a la vez simbólico no dejase de disputarse. El deporte mundial cerró un año maldito con la esperanza de que 2021 traiga mejores noticias, pero con la certidumbre de que solo con la tan anhelada vacuna se podrá retomar la normalidad, los calendarios de ajetreo y estrés, las grandes competiciones que en los confines de todo el planeta disfrutábamos in situ o por televisión… y los Juegos, que colgaron el cartel de aplazados por pandemia. El 21 espera con nuevos bríos y el colectivo deseo de que pueda recuperarse el terreno perdido. Aunque como dice la canción, ya nada volverá a ser como antes.

Share on facebook
Facebook
Share on google
Google+
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
COrreo-e
Share on print
Imprimir

Patrocinadores