El año que empezamos a llevar mascarilla

Los ciudadanos seguiremos teniendo que convivir con test de anticuerpos, PCR, aislamientos selectivos y cuarentenas. La Covid-19 ha cambiado nuestras vidas

Tan solo habían transcurrido 54 días de 2020, pero Canarias ya había pasado por mucho. Apenas habíamos disfrutado de un mes y medio de ese año que prometió acabar con la década de una de las peores crisis económicas que ha sufrido nuestra tierra, y el Archipiélago ya se había enfrentado a una acuciante amenaza de sequía, a la mayor tormenta de polvo en suspensión que recordaremos jamás y a varios pequeños fuegos controlados con el nuevo equipo de Gobierno que había destronado a Coalición Canaria tras 30 años monopolizando la política isleña. El mundo se paró para muchos ese 23 de febrero. Mientras el Carnaval se reactivaba y los canarios trataban de barrer la calima que había teñido el cielo de naranja, los rumores viajaban desde el sur de Tenerife a los medios locales que, de inmediato, trataban de disipar sus dudas acudiendo a las fuentes oficiales. “Seguramente sea una falsa alarma”. Eso es lo que nos dijeron. También lo que todos pensábamos, o más bien, lo que todos hubiésemos deseado. Recuerdo aún esa llamada que lo cambió todo y a todos, para siempre.

Canarias se enfrentó entonces a su segundo caso de coronavirus Covid-19 a través de un médico italiano —residente en Lombardía, lugar que en aquel momento se había convertido en uno de los focos principales de coronavirus del planeta— que acudió a una clínica privada del sur de Tenerife al sentir que su estado de salud empeoraba. La experiencia previa de la Administración canaria en La Gomera, con un ciudadano alemán que fue diagnosticado el 31 de enero en la isla y que se convirtió en el primer caso de coronavirus de España, hacía pensar que la situación estaba lejos de complicarse. ¿Cómo iba a hacerlo cuando se trataba de una simple gripe que apenas había acabado con la vida de un 0,4% de las personas que había infectado fuera de China? Esos 15 días de angustia en La Gomera (el tiempo que debía permanecer el afectado en aislamiento) consolidó la idea de que el Archipiélago estaba mejor preparado que el resto del Estado. De hecho, a día de hoy, creo que eso fue lo que permitió mitigar el impacto de la primera ola que, aunque claramente fue infraestimada por la falta de material de diagnóstico, no causó los estragos que se generarían tan solo unas semanas más tarde en el resto de la Península.

A pesar de subestimar en parte el avance del SARS-Cov-2 (que aún no había sido considerado siquiera como pandemia por la Organización Mundial de la Salud), Canarias se lió la manta a la cabeza y decidió poner en cuarentena un hotel de lujo, el H10 Costa Adeje Palace, con casi mil personas dentro, entre huéspedes y trabajadores, durante los siguientes 15 días. El Gobierno tomó una decisión difícil asumiendo las consecuencias que podría tener para Canarias y su principal motor económico: el turismo. Dos semanas más tarde, contra todo pronóstico, la imagen del hotel había quedado impoluta e, incluso, reforzada. Los turistas salían del confinamiento radiantes, con ganas de volver a su país de origen, pero rebosantes de agradecimientos para los responsables del complejo. La decisión, que había sido objeto de burlas y críticas, se había convertido en una verdadera hazaña para Canarias, que contrastaba brutalmente con lo que ocurría en la Península, donde el virus estaba totalmente fuera de control.

El punto de inflexión

Quizás esto último fue el motivo de que los casos siguieran creciendo en las Islas. Al primer foco de contagio detectado en el grupo de italianos que se habían hospedado en el hotel de paredes color salmón se habían añadido otros tantos repartidos por Tenerife, pero también Gran Canaria, y muchos de ellos llegaban desde la Península. El punto de inflexión llegó con el contagio de un profesor en un colegio de La Orotava que no había estado en lo que se denominaba zona de riesgo, el cierre de las escuelas y universidades en Madrid capital y la declaración de pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), tres eventos que se dieron en tan solo tres días. Justo ese 11 de marzo, la Consejería de Sanidad, en aquel momento bajo el mando de la socialista Teresa Cruz Oval, decidió convocar una rueda de prensa en la que muchos se dieron cuenta de que la situación estaba lejos del control. Ese mismo día se restringieron las visitas a los hospitales y centros de mayores, se acotaron las actividades lectivas en el ámbito sanitario y escolar, se anularon los viajes escolares y se solicitó a la ciudadanía mantener “una actitud vigilante” ante la aparición de síntomas. Tan solo 24 horas más tarde se cerraban todos los colegios y las residencias de mayores.

A pesar de subestimar en parte el avance del SARS-Cov-2, que aún no había sido considerado como pandemia por la OMS, Canarias se lió la manta a la cabeza y decidió poner en cuarentena a un hotel con casi mil personas dentro

“Cuídate y cuida de los tuyos”. Fue una de las frases que más recuerdo de esos días inciertos en el que cada minuto se abrían mil incógnitas y los periodistas nos habíamos convertido en rastreadores de bulos y mentiras. Supe, entonces, que la cosa era más seria de lo que se nos había planteado, pues la persona que me lo espetó, por su experticia en la materia, era mucho más consciente que el resto de los españoles de lo que estaba ocurriendo y lo que se venía. El 13 de marzo, el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, compareció en el Palacio de la Moncloa con la voz quebrada y un nudo en la garganta para anunciar que el país iba a entrar en estado de alarm. Ese mismo día falleció en Canarias la primera paciente de coronavirus, una mujer de 81 años residente en Gran Canaria.

Y nos encerramos en casa. Los siguientes dos meses y medio fuimos testigos de los aciertos que colocaban a Canarias como una de las regiones menos golpeadas por la pandemia, pero también nos percatamos de que, lo que podría haberse planeado con antelación, no lo estaba. Especialmente durante las dos primeras semanas de confinamiento y hasta que se alcanzó el pico máximo de presión asistencial en los hospitales de Canarias —el 30 de abril, con 395 personas hospitalizadas y más de un millar de casos activos conocidos— los profesionales de la sanidad alzaron la voz para exponer su temor ante la falta de material de protección individual para combatir al rival desconocido. La ciudadanía, por su parte, salía al balcón cada día a las siete de la tarde para aplaudir a los sanitarios mientras las cifras de afectados aumentaban de manera exponencial, las muertes no paraban de acumularse —ese día se registraron 15 fallecimientos, la cifra más alta hasta el momento—, la economía iba resintiéndose cada vez más, crecían la ansiedad y el miedo entre la población y los mensajes desde las instituciones públicas no acababan de ser todo lo certeros posible.

El valor de la ciencia

Quizás lo más importante de esta crisis haya sido la ciencia. El que debiera haber sido hace años el eje fundamental de la economía de este país mostró todos sus puntos flacos y eso se tradujo en la propia competitividad del país para hacer frente a la pandemia. Los continuos recortes que ha sufrido la ciencia (y también la sanidad) desde la crisis económica de 2008 se hicieron notar con creces, otorgando a España el dudoso honor de permanecer en los primeros puestos del ranking de los países más afectados por la Covid-19 del mundo. En concreto, Canarias afrontó la crisis sanitaria mundial con el sistema científico más mermado de todo el país y sin haber hecho un verdadero esfuerzo para recuperar los niveles previos a la recesión económica. Según el informe Cotec 2020, la inversión en I+D de Canarias en 2018 fue un 20% menor que la de una década antes y ha perdido en este tiempo el 15% de su plantilla de investigadores en activo, que bien han emigrado a un lugar que ofrezca mejores condiciones de vida, bien han optado por abandonar la cruenta carrera de obstáculos de la investigación.

El sistema sanitario no estaba mucho mejor cuando llegó el SARS-Cov-2. Tras una crisis que ha durado décadas, en 2019 el Archipiélago empezaba a remontar en el principal indicador de calidad sanitaria, las listas de espera. Canarias había encabezado durante años el ranking de tiempo de espera para una operación quirúrgica de toda España, que tardaba en ejecutarse usualmente más de seis meses. No es de extrañar, pues desde hace más de una década el sistema sanitario se ha caracterizado por una falta crónica de personal especializado (que decide emigrar por mejores condiciones laborales), un presupuesto que nunca está ajustado al gasto real y una plantilla de grandes profesionales a los que, en ocasiones, les puede la desmotivación de la inestabilidad laboral, la sobrecarga asistencial y los malos indicadores de salud de la población canaria.

Aún queda mucho camino por recorrer y en esta carrera de obstáculos, Canarias debe apostar decisivamente por estas dos piezas fundamentales para evitar consecuencias aún más nocivas en nuestra tierra. El SARS-Cov-2, al contrario de lo que algún dirigente político afirmó de manera desafortunada tras la primera ola, sigue ahí. La Covid-19 se va a quedar como parte de nuestra realidad al menos hasta que se suministre a la población una vacuna eficaz, algo que previsiblemente no llegará hasta el segundo semestre de 2021, si no más tarde. Los ciudadanos seguiremos teniendo que convivir con test de anticuerpos, PCR, aislamientos selectivos y cuarentenas. La Covid-19 ha cambiado nuestras vidas y con ella la mascarilla, el recordatorio más ilustrativo de que el mundo no va a ser lo que era, al menos, no por el momento.

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