La industria canaria quiere dejar de ser ‘invisible’ y ser parte de la revolución

Diversificar consume territorio y recursos y no será siempre algo ‘bonito’

La industria canaria es para muchos una suerte de San Borondón: la mayoría te diría que no existe, que somos una economía terciarizada y dependiente únicamente del turismo, pero lo cierto es que la industria en Canarias, la que se puede dar en Canarias, lleva décadas intentando consolidarse y hasta 2007 y la llegada de la crisis económica llevaba una trayectoria consistente. Por supuesto todos sabemos que nada fue igual después de esa última crisis, financiera primero y luego económica, pero lo cierto es que la industria es un ecosistema especialmente delicado que sufrió un fuerte varapalo que lo llevó a cifras de mediados de los 90. Desde el suelo alcanzado en 2014, la industria canaria mostraba signos de recuperación lentos pero sólidos, como suele producirse en este sector, pero, como no, la pandemia del coronavirus ha impactado también en ella. Eso sí, la esperanza que nos dan las cifras es que su comportamiento no recuerda en absoluto a la crisis de 2007-2008 y que la producción industrial ya da visos de recuperarse durante 2021.

Si muchos dirían que no hay industria en Canarias es porque lo que primero se viene a la cabeza de todos son los bienes de equipo, la fabricación de maquinaria o las acereras. Se piensa en fábricas de coches y altos hornos, pero la realidad de Canarias es que el archipiélago ha ido profundizando en un mix de industria propia que va desde el agua embotellada a la fabricación de productos de aluminio, elaboración y empaquetado de productos de alimentación, industria agrícola y pesquera o nuestros tan queridos vinos, ejemplo de productos de alto valor añadido en los que un territorio como Canarias tiene una capacidad inmensa para crecer. Por supuesto, la energía o el saneamiento y los componentes de todo tipo en la construcción, incluida la cementera, que a algunos molesta en la isla de Gran Canaria, pero también elaboración de cosméticos, industria química o tabaco. Desechables para hostelería, cartones, plásticos, incluso muebles, vidrios, velas o señales.

El escenario de este bienio 2019-2020 ha sido de alta inestabilidad, con picos marcados por parones de colocación de estocaje, junto al desplome en abril de 2020 fruto del confinamiento por el Covid. Pero desde entonces la producción industrial de Canarias muestra signos de recuperación constante y es previsible que compense esas bajadas –ya ha empezado– durante 2021 con varios picos de rebote al alza. Si la industria canaria ha mostrado más fortaleza que en ocasiones anteriores pese a la pandemia es por varios motivos, entre ellos la diferente naturaleza del golpe, pero también su esfuerzo en la internacionalización a través de la exportación. Los mercados africanos en expansión son clave, pero también puede serlo Europa en algunos de estos productos, sobre todo en aquellos donde la calidad y no el coste sea lo determinante.

El reto de la logística

La industria se enfrenta sin duda en Canarias a fuertes retos logísticos, pero también a la crítica política, puede que de los mismos que tanto hablan de la necesidad de diversificar la economía canaria. Diversificar es un mantra que muchos repiten sin tener demasiado claro qué consecuencias tiene. Por supuesto que consume territorio, por supuesto que consume recursos de todo tipo, también energéticos, y sin duda que puede no ser siempre ‘bonito’. En un destino como Canarias donde nos gusta decir que nuestra principal industria es el turismo, muchos hablan de conceptos como capacidad de carga –el tamaño máximo de población que un ambiente puede soportar- y consideran que no podemos permitirnos seguir creciendo. La industria de momento se mantiene a un lado en este debate –salvo quizás en el ámbito de la generación de energía– pero es evidente que en algún momento se verá salpicado. Lo cierto es que tanto para el turismo como para la industria el crecimiento no tiene por qué ser solo a lo ancho (cantidad) sino que puede ser a lo alto, aportando calidad o innovación, y que debe incluir sinergias entre los diferentes sectores económicos.

El sector agrario, por su parte, tiene una gran dependencia de los fondos de protección de Europa, que lo considera y seguirá considerándolo estratégico –sobre todo después de esta crisis del coronavirus y algunas vergüenzas logísticas que ha evidenciado-, pero la realidad es que eso no será suficiente para permanecer inmovil en las próximas décadas. El salto de tecnificación ha sido espectacular y para certificarlo no hay más que visitar, por ejemplo, un centro de tratamiento y empaquetado de plátanos de Canarias, pero lo cierto es que los excesos de producción, actualmente desperdiciados, tienen que encontrar una salida que si fuera algo populista calificaría de ‘digna’, lejos de los fondos de barranco o de los grandes fosos. La industria complementaria ligada al sector primario es clave para la creación de nueva economía, diversificada, y para la creación de empleos, pero también para mantener sostenible lo que ya tenemos. El sector agrario tiene que adentrarse voluntariamente en esa senda, no haciéndose a un lado, sino participando e invirtiendo en ella para, entre otras cosas, que su futuro no dependa solo de negociaciones en Bruselas. De la tecnificación, digitalización, la puesta en valor con diferenciación y la orientación al exterior depende mucho este proceso, pero también del convencimiento y la determinación.

La industria de productos de alto valor añadido es y será clave para un lugar como Canarias –alejado y pequeño–, pero también lo es huir de las locuras nacionalistas-económicas de estilo trumpista tipo Canarias primero o Gran Canaria primero. No porque no le sirviera a Estados Unidos, que sí, sino porque eso solo funciona en sitios con un largo y firme mercado interior, algo que Canarias no tiene. Por supuesto, el reto político de Canarias con respecto a la industria está en lograr que una producción se pueda instalar y distribuir sus productos con rentabilidades (que no costes) parecidas a las de hacerlo desde Frankfurt. Se trata de compensar la lejanía de Canarias mediante incentivos, ayudas o subvenciones, algo que quizás se podría hacer de manera más eficiente solo con estímulos fiscales permanentes y un marco regulatorio muy estable. De momento ese objetivo final sigue pareciendo un sueño, una utopía si se quiere, pero puede llegar a ser una realidad en algunos ámbitos si Canarias logra hacerse cabeza de ratón y no cola de león de un mundo cada vez más descentralizado.

Es esa descentralización, que nada tiene que ver aquí con las contratas o subcontratas, otra forma de hablar de globalización, pero no de cualquier globalización. Su principal obstáculo es el mismo que el de la industria o el de cualquier actividad económica, la concentración de la fuerza de trabajo. Todo va de un sitio a otro para su producción y distribución y todos vamos de un sitio a otro para participar en el proceso. Y esa concentración de movimientos genera constantes problemas de todo tipo. La descentralización de la producción con fábricas o cadenas de producción más pequeñas, pero igualmente rentables, son el futuro, eventualmente posible gracias a la tecnología, lo que ayudaría a aliviar muchos de los problemas del modelo económico heredado de siglo XX, como una alta presión sobre zonas concretas y su medio ambiente, los costes logísticos o los riesgos de los largos transportes.

Cambios con lógica

El coronavirus, precisamente, ha hecho ver a muchas empresas que sus trabajadores no tienen por qué entrar a la oficina todos a las 9 y salir todos a las 18 horas, que no les hace eso ser más rentables ni más eficientes, sino que se pueden combinar fórmulas más flexibles para empresa y trabajadores. Mucho más ha hecho por este cambio la pandemia que aquellos que se intentan forzar desde algunas administraciones con la mal llamada pacificación de las ciudades, que más bien ha generado una guerra de medios de transporte y mucho mal humor.

Cuando a finales de 2019 aterrizó en Canarias el ahora vilipendiado (por sus opiniones sobre el Covid) Robert F. Kennedy Jr., hijo de Robert F. Kennedy, sobrino del presidente de Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy, abogado y Héroe del planeta para la revista Time, habló precisamente de sostenibilidad, pero también de economía, industria y su rentabilidad. Los cambios económicos no se pueden forzar, defendió. Puedes hacerlo durante un tiempo, pero cuando retiras la fuerza o el estímulo fracasan. Los cambios económicos, para consolidarse, deben ser rentables y eficientes. Deben tener, en resumen, lógica. La tecnología no es más que una herramienta, que está en constante cambio y evolución, pero es y será el ingrediente principal, también en Canarias, de cualquier revolución.

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