La realidad en el laberinto del horror

Es hora de meditar sobre hacia dónde debemos dirigirnos de ahora en adelante y cuando hayamos desenmarañado la alocada actualidad que vivimos

En esta época de tanta incertidumbre y tanto miedo, hemos presenciado el abismo del más de los absolutos vacíos frente a nosotros, y que Joseph Conrad lo definía “cuando uno está absorbido por ese tipo de preocupaciones, los incidentes, por así decirlo, superficiales, la realidad, sí, la realidad, se desvanece”. Y en ese instante limitado temporalmente pero infinito en lo más profundo de nuestra psique, la realidad se entremezcla con la ciencia ficción y los procesos esquizoides bailan como si en un laberinto oscuro y de terror hubiesen nacido de la nada, “el horror, el horror…” , confundiéndose la realidad segura de nuestro bienestar material con la nauseabunda realidad de la que hasta hace poco se consideraba ficción, pero ficción de la que nos hace sentir  miedo y horrorizarnos hasta tal punto de vernos en el más absoluto de los vacíos, sin nada, desnudos, acongojados por algo que vitalmente es una situación normalizada pero que para el humano es un vacío laberíntico casi indescifrable. Seguimos con la creencia humana que todo se sabe y que de todo somos capaces de resolver, pero seguimos sin tomar consciencia que la Madre Tierra dicta sentencia más aún cuando su realidad es que se encuentra deteriorada, envejecida, enferma.

Este planteamiento no hace sino reivindicar, replantear y meditar sobre hacia dónde debemos dirigirnos de ahora en adelante y cuando hayamos desenmarañado esta alocada realidad con tintes horripilantes que estamos ahora mismo viviendo. Y sobre todo tenemos que deconstruir, pensar y construir un horizonte integral donde ningún elemento vital quede sin encaje causal ni ningún elemento social sin parámetros de sobrevivencia económica, de lo contrario tendremos que darle la razón nuevamente a nuestro queridísimo Nietzsche y “no poder asumir que todo lo que fue, ha sucedido, porque así lo hemos querido” y abrazar el eterno retorno como algo innato a la sustancialidad de la vida misma, lo mismo que la Tierra gira alrededor del Sol o que hay una noche después del día, y vernos abocados al inefable destino laberíntico de la realidad que hacemos y deshacemos con nuestras acciones sociales, económicas y culturales, tan humanas, tan modernas en su globalidad.

Y sobre esa modernidad es sobre lo que deberíamos entrar en debate, es decir, quizás “el destino de nuestra época se caracteriza por la racionalización e intelectualización y, sobre todo, por el desencantamiento del mundo”, como ya decía Max Weber describiendo al milímetro nuestra realidad científica y racional tan exquisita en sus formas, tan educada en sus hábitos y tan metódica en sus procesos, es decir, máquina humana. Pero, ¿y el hombre como tal, dónde queda en esta ecuación?

Ahora mismo evolucionamos hacia la postmodernidad entendida como lo efímero, lo fluido, sin estructuras, máxima flexibilidad y sobre todo, incorporando y reconociendo la esencia de la vida misma que no es otra que la del medio en el que vivimos y el respeto que debemos de darle, y que sin esta premisa básica el vacío ya no sólo sería laberíntico sino de no ser, el más absoluto de los destierros existenciales, la nada. Ese sería el más absoluto de los horrores o el “desencantamiento del mundo”, que antes cité de Max Weber, vivir sin vivir en el mundo que nos rodea, perder la esencia innata de la naturaleza humana entendida como acción integradora en el medio que nos rodea y que nos ayuda a sobrevivir; la naturaleza tal cual, el palpar la tierra, oler una flor, caminar por intrincados caminos rurales o simplemente recrearnos en una sosegada puesta de sol en cualquiera de los cientos de parajes que la Madre Tierra nos brinda, ya sea en el campo, en una playa o asomados en alguna de nuestras ventanas disfrutando del no tiempo y desacelerando nuestros niveles de estrés y ansiedad, de no pensar en las urgencias económicas que nos llenan de inquietud y congojo, esas urgencias que construyen nuestra realidad diariamente y que minimizan la importancia de vivir como tal.

El deseo de una realidad más integradora, más verde y más inherente al ritmo de la naturaleza que nos envuelve y nos da vida serían conceptos fundamentales en este nuevo reto que nos toca construir globalmente, sustentados en los conceptos como la solidaridad, la empatía y la cultura cívica, todo ello aderezado con la asimilación de una consciencia colectiva que prime lo grupal a lo individual.

Pero, inexorablemente, la realidad se impone nuevamente al deseo e inevitablemente se dibuja un panorama pragmático y moderno, una vida a modo de Gilles Deleuze, “nos plantan árboles en la cabeza: el de la vida, el del saber, etc. Todo el mundo reclama raíces. El poder de sometimiento es siempre arborescente”, donde el control penetra violentamente en todas las facetas de la vida y te sujeta a los encorsetados principios modernos de la estructura y de la norma, tan pesados y tan moralizantes, tan cargados de normas y legalidades disciplinarias kantianas que nos dejan con muy pocos grados de libertad como individuo en una sociedad vacua y anodina, vacía de alma y desierta de sentimientos profundos.

Inevitablemente tendremos que resignarnos en muchos casos al sometimiento de la máquina y sus funcionalidades exquisitamente perfectas y que seguramente ayude a que nuestro mundo no caiga nuevamente en el desconcertante abismo  de una realidad descontrolada y volvamos a la burbuja de felicidad y seguridad que en estos meses atrás y en la actualidad se ha visto trastocada bajo los delirios del miedo y la incertidumbre, cuestiones estas tan reales en la esencia misma de la vida y que el humano con sus sistemas societales ha intentado minimizar a base de sistemas controlados y seguros,  sistemas sanitarios cada vez más eficientes, sistemas educativos cada vez más integradores entre lo tradicional y lo digital, sistemas económicos más inclusivos en cuanto a la faceta social y, sobre todo, un verdadero replanteamiento societario sobre la conciencia de la realidad existencial del individuo en el mundo y los diferentes y múltiples discursos que aflorarán esquizofrénicos  sobre el fin del mundo.

Asistimos a un punto de inflexión social, a una visión más comunal del devenir del humano, más humana pero más digital, más global pero localmente vivenciada, con mayor consciencia del cuidado del entorno pero menos igualitaria en lo económico y lo social. Espero que el desencantamiento del mundo weberiano sea metamorfoseado en la recuperación de la existencia integral del humano en su entorno natural, sustentado por el mundo digital como medio, nunca como fin último, una sociedad racional conformada por individuos cuya consciencia colectiva sea global en cuanto a principios vivenciales  y no solamente en cuanto a normas kantianas universales.

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