«En Canarias no hay industria» es una frase que aún hoy seguimos escuchando a menudo, tanto en tertulias radiofónicas como televisivas o, menos habitualmente, en conversaciones de mesa y mantel más sesudas de lo habitual. Es un mantra que algunos repiten mientras defienden al turismo, o lo atacan; mientras defienden al tren, o lo atacan; mientras defienden la jornada laboral de 37,5 horas, o la atacan; o mientras se habla alegremente de impedir la explotación de las tierras raras en nuestras islas.
Es un mensaje al que cuesta dar la vuelta porque obliga al interlocutor a parar la conversación para desmontar algo que para muchos ya forma parte de sus cimientos argumentales. Es pesado y, además, poco vistoso. Lo digo por experiencia, porque a mi también me cuesta hacerlo, y a veces no lo hago: pero es importante hacerlo.
De manera estricta supone en Canarias en torno al 6% de la economía, una cifra que aún es poco si lo comparamos con el turismo, por supuesto, pero ya es mucho mayor que la agricultura, que no llega al 2%. Y nadie niega su existencia. Nadie niega la existencia de la agricultura porque todos comemos plátanos de Canarias, tomates, aguacates y mangos, o simplemente porque vemos camiones que transportan nuestras frutas y verduras o nuestras chuletas de vaca canaria. Sí, es verdad, también hay quien niega la existencia de vacas en Canarias, pero eso lo dejaremos para otra ocasión.
Además, el concepto industria es, sin duda, cada vez un poco más abierto, fruto de los nuevos tiempos y, por tanto, hablar de industria en Canarias es hablar de energía, de producción agroalimentaria, farmacéutica o biotecnología, de industria portuaria o industria relacionada con la construcción.
Es además el sector que mejor paga en las islas, con un coste laboral mensual de 2.835 euros y, sin duda, hay sectores industriales que representan auténticas oportunidades, verdaderos nichos de oportunidad y de desarrollo profesional, como la industria aeroespacial, que en 2024 generó 1.500 empleos directos y hasta 4.000 indirectos.
Pero es que hay un largo listado de oportunidades si hablamos de manera amplia de industria: energías renovables, los semiconductores (para los que Canarias ya tiene un estrategia regional hasta 2027), la digitalización o los trabajos de investigación y desarrollo en biotecnología o astrofísica, por poner algunos ejemplos.
El futuro de todas estas industrias, pero también el de todos los proyectos empresariales, requieren de claridad legislativa, margen fiscal y apertura de miras. Está muy bien que la sociedad canaria sea cuidadosa de su entorno y su medio ambiente, pero no podemos pretender no generar ningún impacto y mejorar. No podemos pretender no explotar nuestros recursos minerales o naturales. Hay que hacerlo, eso sí, lo mejor posible y generando el menor impacto negativo posible o incluso compensándolo. Sería fantástico recuperar planes empresariales de mejora de los espacios naturales como los que en muchas islas plantaron millones de árboles. La colaboración público-privada es el secreto del bienestar para todos, yo no tengo ninguna duda.
Es por ello que hay una serie de objetivos claros, que todos deberíamos hacer propios. Uno, que necesitamos más industria, incluido sector manufacturero; dos, que necesitamos empresas de mayor tamaño, porque la pequeña dimensión de las empresas canarias no permite que muchos negocios sean rentables o, siquiera, posibles; tres, poner el foco en la tecnología, la digitalización y la modernización, que es lo que nos ayudará a compensar algunas de nuestras debilidades, como la lejanía o los mayores costes; cuatro, emplear más, porque tenemos una tasa de desempleo impropia de una sociedad moderna; cinco, colaborar y trabajar en alianzas lo más posible, porque ayudará a generar economía circular y, por tanto, reducir el impacto negativo en nuestro entorno; y seis, mejorar nuestra eficiencia energética, porque no podemos de ninguna manera seguir quemando gasoil para generar nuestra electricidad al ritmo que lo hacemos ahora.
Es sin duda en el campo energético donde más y más rápido podemos avanzar, crecer, crear puestos de trabajo y generar un impacto positivo en la sociedad de Canarias. Habernos quedado atrás en este ámbito nos ha lastrado tanto como el bloqueo administrativo a la vivienda nueva, otro de los asuntos en los que, de dejar de hacer las cosas mal, podríamos mejorar más rápidamente.
La cruda realidad
Y una vez dicho todo esto, es decir, después de haber hecho un alegato a favor de la diversificación, de los trabajos industriales y sus grandes posibilidades presentes y futuras, también toca ser realistas. La industria ocupaba directamente a 48.040 personas a cierre de 2024, un 1,9 por ciento menos que un año antes, hasta emplear al 4,78% del total; y la construcción da trabajo a 72.740 (+19,65%), el 7,23 por ciento de la población ocupada. Mientras, el sector servicios sigue avanzando pese a su gran tamaño y empleó a un 3% más de personas, hasta rozar los 900.000 ocupados.
Es decir, entre industria y construcción un 12% de la población activa total frente al 85,77% del sector servicios. Así que seamos sinceros y digamos en voz alta que la principal industria de Canarias sigue siendo la turística, que dependemos de ella para nuestro bienestar y que no queremos perderla ni hacerle daño. Eso sí, por supuesto queremos mejorarla, potenciarla, hacerla más competitiva, más rentable para todos, de más calidad, más integrada en el paisaje y también más profesional. Sin lo último, con la mejor formación de nuestro personal y un aumento de la sensibilidad de todos, difícilmente se conseguirá lo primero.
Para lograrlo hacen falta que el Estado en su conjunto deje de poner obstáculos y que tanto empresarios como trabajadores tengan con una visión de mejora y crecimiento. Sin duda este es un camino compartido en el que el reto es hacer más participe a los empleados de la senda que las empresas —grandes o pequeñas— así como autónomos, quieren andar. Especialmente en estos tiempos en los que ya sabemos que tanta gente joven reconoce que necesita objetivos mayores, visión a medio y largo plazo, para trabajar ilusionados. Y por si alguien aún no se ha dado cuenta, trabajar ilusionado, contento, es la única manera de trabajar bien. Volvamos a poner el foco en mejorar juntos, avanzar unidos pese a nuestras diferencias y tal vez estemos aún a tiempo de evitar el precipicio: el deterioro que ya ha empezado de nuestra calidad de vida. Nada conseguiremos buscando enemigos internos ni expulsando de su tierra a gente con ideas y dinero para llevarlas a cabo.
Recuperemos una idea que nunca debimos perder de vista: podemos no estar totalmente de acuerdo con las recetas para llevarlas a cabo pero todos queremos lo mismo. Vivir bien, vivir tranquilos, desarrollar un proyecto de vida, ser felices y dejar algo a quienes nos sucederán, sea nuestra familia directa o el conjunto de la sociedad. Sin esa idea de dejar las cosas un poco mejor que como nos las encontramos perdemos la ilusión y las ganas de esforzarnos y trabajar por un futuro mejor. Si perdemos eso, perderemos la fuerza conjunta que como sociedad nos ha traído hasta donde estamos, que es mucho mejor que la mayoría en esta bola redonda en medio del universo.