Un sector en el que cada vez menos se salvan

El archipiélago ha perdido el 62% de sus tierras aptas para la actividad agrícola, lo que significa que se han convertido en tierras baldías 6,2 hectáreas de cada 10 existentes para el desarrollo de la producción de alimentos con origen vegetal

El sector primario canario está formado por un conjunto de actividades productivas en el que muchas de ellas, más de lo razonable, están en franco desarme o retroceso hacia la nada: la pura extinción. Este proceso, acusado, deja huecos varios y abre nichos de mercado que terminan siendo devorados por la importación de alimentos. Más dependencia del exterior.

Esto último es, sin duda, lo peor, pues deja desnuda la cacareada apuesta política, por ahora ineficiente, por la mejora del autoabastecimiento, hoy en niveles de risa (menos del 10% de lo que se consume en las islas se produce en esta misma tierra). Sí, y no hay por qué extrañarse… Los grandes problemas no se han resuelto a tiempo y la opción que se deja a campesinos, ganaderos y pescadores es el abandono. No hay más. Es lo que han sembrado y ahora recogen los gestores públicos, los agentes económicos locales e incluso los consumidores isleños en los últimos decenios.

Las razones del desastre, variadas, y seguro que también complejas. Pero lo cierto es que ya a nadie se le escapa las implicaciones de esta triste realidad: las islas han perdido o han dejado de cultivar más del 60% de la superficie apta disponible para la producción agrícola. Creo que basta con el drama intenso que refleja ese dato oficial, que es, claro que sí, el que mejor justifica la utilización anterior de la palabra desarme. La medición de las tierras desaparecidas se realizó para el periodo 2020-24.

Un sector económico cualquiera suele tener sus luces y sus sombras, sus pros y sus contras, sus dos caras, su anverso y su reverso, el sí y el no, cuestiones que avanzan y otras que retroceden, es más próspero que gandul o a la inversa… Pero para seguir o estar, contribuir al progreso y consolidarse, debe sortear los baches, recuperarse y prosperar, que es como ronda o abraza el equilibrio que lo mantiene en pie y lo hace útil, servible para la sociedad. La pregunta es: ¿estrictamente pasa eso con el sector agropesquero local?

Insisto: lo anterior suele ser lo normal o habitual cuando se habla de grupos de actividades productivas vivas, pero en el campo canario, y también en la pesca isleña, en general en las actividades agropesqueras de esta región ultraperiférica (RUP) de la Unión Europea (UE), hace ya tiempo que no es así: el sector primario vive en la oscuridad y la decadencia, dicho en términos generales y quizá solo salvando escasas labores productivas, un pequeño manojo de ellas. Meto en la balsa al plátano, con todos sus vaivenes, que no son pocos; a los cultivos tropicales (aguacate, papaya…) y algunas producciones agrícolas y ganaderas destinadas al mercado interior. El viñedo para hacer vino de calidad, bueno…, pero es que ahora tiene que resolver el durísimo problema de la filoxera. “A perro flaco, todo son pulgas”, dice el refranero popular. Y de la papa… De la papa, mejor no hablar mucho: no sale del hoyo, sino que se entierra cada vez más.

Pero ¿por qué? ¿Qué está pasando? Los destrozos, mucho más cuando son estructurales, no se producen por causas u orígenes únicos, unidireccionales, con punto de partida en una solo esquina y muy bien identificada… No suele ser así; nunca lo es. En la debacle actual del sector primario isleño (y vuelvo a repetir, siguiendo un análisis global, grueso), también ocurre eso: el origen responde a variedad de factores.

La gran culpa de todo se fragmenta o comparte como trozos de una tarta, pero esta vez no son para celebrar la alegría de la vida y un futuro que puede ser boyante. No, nada de eso. En este caso, solo es para coger el poco dulce que ya queda, el último que se reparte antes de la defunción anunciada, porción a porción, como los episodios de una serie que termina con un fundido sólido a negro. Son trozos que llegan a la boca y se expulsan con toques ácidos.

El mayor trozo de esa tarta insalubre, que perjudica seriamente a la salud, corresponde a las administraciones públicas, sí, a los políticos que mandan y a los que no mandan (estos, viven), a los que legislan, regulan, ordenan y deben conducir la nave con normas, transparencia, participación, evaluación, instrucciones, proyectos, controles y financiación.

Estos, solo hay que salir al campo (o a las tiendas) para comprobarlo, han suspendido; siguen suspendiendo, e incluso hay algunos, con lo que todas las modalidades quedan reflejadas (gran logro), que en el antes lograron aprobar (“segundas partes nunca fueron buenas”, dice la calle) y ahora solo se les ve embarrados, descolocados, incapaces y agarrados a las clásicas toletadas de la ruda política. Demasiados casos lo hacen todo muy insufrible. Tienen el suspenso la Consejería de Agricultura del Gobierno de Canarias y los cabildos, y de camino la Administración General del Estado, sin duda. Pero no será por la falta de recursos públicos. No, ni por asomo: no hay ideas ni proyectos; a veces, ni ganas.

Ese es el análisis que, como pasa con todas las lecturas sobre la realidad que parten del individuo, acarrea cierta subjetividad. Ahora bien, lo que se trae a continuación ya solo son los hechos descritos por las estadísticas oficiales, la frialdad helada de los datos, el dibujo nítido del retroceso, todo traído a modo de alfombra verde que se va recogiendo para formar una bobina cada vez más grande, con mayor diámetro recogido, justo el que simboliza la destrucción del campo para dar paso al amarillo, el marrón, la tierra baldía, las malas hierbas… Y luego quizás los bloques, las carreteras, las casas, las urbanizaciones y la masificación por doquier. ¿Exagero? Creo que no: este es el antimodelo de los últimos decenios.

Pero abracemos, por duras que sean, las estadísticas, la oficialidad de los números sobre superficies cultivadas, regadas o no, y sobre las que quizás ya nunca más estén con esa función en este archipiélago. ¿Consejería de Agricultura, por cierto, dónde se ha quedado todo aquello sobre la mejora progresiva del autoabastecimiento en Canarias? Ristra de desatinos.

Aquí llegan los datos… Visitas previstas de turistas este 2025: más de 18,5 millones de personas, con tercer récord histórico anual consecutivo prácticamente garantizado (2023, 2024 y el que viene: 2025). Población residente: 2,2 millones de personas. Atención a la alimentación de toda esa gente con productos agropesqueros locales: menos del 10%, por ser caritativo.

Lo mismo, pero servido con efecto espejo: el 90% de lo que engullen todas esas personas se trae de fuera, se importa… ¡Ay, la huella de carbono, de la que tanto hablamos! Importación es la palabra maldita que resuena y resuena en la agricultura y la ganadería de mercado interior, las grandes olvidadas, las más destartaladas y las que más sufren día tras día: ahí está casi todo el abandono de tierras.

Las estadísticas… Según el estudio sobre mapas de cultivos en Canarias, elaborado por el Gobierno autonómico para el periodo 2020-2024, el archipiélago ha perdido y por lo tanto ha abandonado nada menos que el 62% de sus tierras aptas para la actividad agrícola (76.000 hectáreas menos), lo que significa que se han convertido en tierras baldías (o con otros usos especulativos) 6,2 hectáreas de cada 10 existentes en Canarias para el desarrollo de la producción de alimentos con origen vegetal. ¡Tremendo!

Pero es que más de 8.000 hectáreas de las antes señaladas (8.101) son de abandono reciente, con la isla de Tenerife con el registro más sangrante: 3.256 hectáreas abandonadas o perdidas en los últimos años. En Gran Canaria, donde las cosas se hacen de modo algo diferente (hay más autoabastecimiento), el retroceso es menor, con 1.776 hectáreas que ya no están en la agricultura.

La cifra asusta, habla de insostenibilidad muy expandida (entendida en términos integrales) y refleja que no hay una apuesta seria y rigurosa a favor del desarrollo del medio rural en Canarias: lo que ya sabíamos. Urge así la implantación de medidas urgentes para paliar los efectos de ese abandono tan acusado de tierras de cultivo, de patrimonio agrario; con sus implicaciones en la cada vez mayor dependencia alimentaria del exterior; con efectos en la mayor presencia de plagas, como ha ocurrido con la filoxera en la vid, por ahora con focos localizados en el norte de Tenerife; con más biomasa que es combustible para las llamas, sobre todo en áreas intraurbanas o en la llamada interfaz, donde los incendios cada vez son más habituales y violentos. Bien lo sabe la isla de La Palma, por ejemplo con lo ocurrido en El Paso y Los Llanos.

Y aquí, con el permiso de todos ustedes, presento (y está cogido de un apunte en redes sociales del profesor de Economía Aplicada en la ULL David Padrón) el que puede ser el resumen de todo.

Como saben, el Gobierno autonómico aprobó en la legislatura anterior, 2019-23, la Agenda Canaria de Desarrollo Sostenible (Agenda Canaria 2030). Este documento, guía de un cambio integral del modelo productivo, sociosanitario y cultural en las islas con el horizonte de 2030, indica en la página 128, Meta Canaria 2.4.2, lo siguiente: “De aquí a 2030, [la Consejería de Agricultura] se propone como objetivo poner en producción el 60% de la superficie agrícola sin cultivo en la actualidad con prácticas de agricultura ecológica”.

Nada más que añadir… Ya me callo.

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