Crónica de la crisis (de ese Norte olvidado)

Nada nuevo bajo el sol de este Norte desgraciado. El año 2009 también pasó con más penas que glorias en una comarca castigada y adormecida que se ha acostumbrado a sobrevivir triste y abandonada, sin rechistar, olvidada por las administraciones públicas responsables de su estancamiento y precaria en inversiones privadas que contrarresten ese desapego oficial. Es la crónica de una crisis. O la crónica de un Norte olvidado. O ambas cosas a la vez.

En 2009 el Norte seguía esperando el hospital público comarcal, el cierre del anillo insular, los puertos deportivos, la ampliación de la autopista y una larga serie de proyectos estratégicos de cuya culminación depende la reactivación económica y social de una zona de la Isla que en otro tiempo fue el motor y que ahora no recibe ni el apoyo ni la solidaridad que necesita y merece. Y la isla entera también necesita un Norte pujante, aunque no lo vean así los poderes político–económicos, que tienen ahora sus grandes negocios en otras partes. Lo cierto y comprobable es que las grandes obras y proyectos de los diferentes municipios del Norte de Tenerife cuestan mucho echar a andar y sufren sistemáticamente retrasos y parálisis, por muy diversas causas.

La práctica totalidad de las grandes infraestructuras que demanda esta comarca llevan décadas de retraso. Este año concluyeron al fin las obras del túnel de El Guincho, con más retraso del deseable y un sobrecosto considerable. Esa es la triste tónica. La consecuencia es que el Norte sigue estancado. Es ya un enfermo de estancamiento crónico, por carencia de actuaciones estratégicas que catalicen su desarrollo. No hay inversión suficiente que impulse la reactivación. Escasean los emprendedores y las grandes inversiones de las diferentes administraciones siguen haciéndose esperar o ralentizándose hasta la exasperación. Falta priorización y planificación en las grandes infraestructuras públicas.

Años atrás, para paliar este problema, el entonces consejero socialista del Cabildo Insular y ex concejal de Hacienda del Ayuntamiento de Puerto de la Cruz, Juan José Acosta, propuso la elaboración de un plan integral para el Norte de Tenerife, que sentara una base sólida para la reactivación económica y social de toda la comarca, mediante políticas estratégicas y coordinadas entre las diferentes administraciones públicas y el sector privado. Pero esa idea, paradójicamente al igual que muchos de los proyectos del Norte, también quedó estancada. Nada se ha hecho al respecto desde entonces, a pesar de que el problema sigue agravándose. Parece que el Norte no es una prioridad; ahora no es rentable invertir en la comarca que en otro tiempo fue el motor de la isla.

Los hechos corroboran que algo raro está pasando. La radiografía del enfermo es reveladora: hay un estancamiento generalizado, crónico, y no se están tomando medidas para que mejore la situación a corto, medio o largo plazo. Falta un plan, falta una estrategia. Y, lo peor, falta voluntad política y falta optimismo. Cierto es que nada ayuda que, además de todo lo citado, la inestabilidad se cebe con el principal ayuntamiento de la comarca, el de Puerto de la Cruz, que en 2009 vivió una nueva moción de censura del nacionalista Marcos Brito, esta vez con la ayuda del PP y contra la alcaldesa socialista Lola Padrón, la primera mujer alcaldesa portuense. En perro viejo todo son pulgas.

Una de las grandes y más prioritarias demandas norteñas, el cierre del anillo insular, la nueva carretera que acercará el Norte con el Sur a través de los altos de Icod y El Tanque, está aún en pañales. Encima, y a pesar de su urgencia, se va a empezar a construir por el tramo del Sur. Los miles de trabajadores norteños que a diario se desplazan a sus centros de trabajo en otras comarcas tendrán que seguir con su éxodo rutinario durante algunos años más. El proyecto de la ampliación de la autopista del Norte –o alguna alternativa posible– pasó a mejor vida tras toparse con inconvenientes ambientales insalvables. El ansiado hospital público comarcal, ubicado en Buen Paso (Icod), tiene la estructura levantada aunque falta aún el acceso y las dotaciones, con lo que a este ritmo se hará realidad con casi dos décadas de retraso.

Y la relación no se acaba en el párrafo anterior. Hay más. Así, el nuevo puerto de Garachico es una obra felizmente en ejecución, aunque el resultado final será el de un refugio pesquero–deportivo sin posibilidad de línea marítima con otras islas. Más difícil lo tiene el proyecto del nuevo puerto del Puerto de la Cruz, con su anexo Parque Marítimo, cuya redacción definitiva todavía no se conoce y para el que habrá que buscar financiación privada porque la Comunidad Autónoma dice que no tiene dinero. El tren del Norte está previsto por el Cabildo Insular –hasta Los Realejos y sin paso por Puerto de la Cruz–, aunque se hará después de que se instale el del Sur, por lo que no funcionará hasta 2018, como muy pronto.

Uno de los ejemplos más paradigmáticos de lo que cuesta hacer –en cantidad de tiempo razonable– cualquier gran infraestructura en el Norte, es la ampliación del Jardín Botánico y de Aclimatación del Puerto de la Cruz. El Gobierno de Canarias ha empezado esta obra dos décadas después de la disponibilidad de los terrenos y del concurso de ideas. La ciudad turística es, sin duda, donde más palpables y sangrantes son los efectos de esa maldición que asola la comarca. Además del antes citado nuevo puerto que nunca llega y que ya se reclamó en 1906 al rey Alfonso XIII, hay otros casos como el de la reforma de la playa de Martiánez, demorada por el Estado a pesar de que cuenta con proyecto y financiación desde hace varios años.

El Cabildo, en cambio, ha conseguido poco a poco completar el reacondicionamiento del Parque Taoro, aunque, en cambio, está dejando morir de abandono el histórico edificio que albergó al Taoro Gran Hotel y al Casino Taoro, un inmueble que los portuenses quieren recuperar como hotel de lujo. Por cierto, maldición o mala suerte se puede considerar también el fiasco del traslado del Casino a la Isla del Lago, tan desacertado como las cafeterías construidas en la playa de Martiánez o la reforma de la playa de San Marcos. Y aunque ejemplos de desgracias similares hay muchos, lo cierto es que en el Norte hay proyectos y hay ideas. Lo que falta es ayuda, inversión –pública y privada– y voluntad política de escuchar y atender las demandas –con planificación y coordinación– de una comarca que agoniza por abandono.

El Norte importa poco fuera del Norte. Falta solidaridad hacia el Norte. Así y todo, la peor maldición, la auténtica, el más grave de los estancamientos, es el pesimismo y la resignación en que parecen haber caído los pueblos norteños, un pesimismo que come la voluntad de progreso y del que hay que rebelarse como sea para que la comarca no muera de tristeza. Tenerife no puede permitírselo.

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