No hablan de política, sino de partidos

Resumir un año de actualidad parlamentaria es muy fácil. Basta con acudir a los resúmenes, valga o no la redundancia, que hace la institución. O hablar con políticos de los tres grupos representados en la Cámara. Pero eso es lo que ellos dicen que ha sido lo importante. Porque la memoria, ya se sabe, es muy selectiva. También se puede preguntar a compañeros o indagar entre los ciudadanos. Pero de ahí obtendría la opinión de los demás. Y me han pedido mi opinión. La mía.

Una vez puestos al trabajo de analizar la actividad parlamentaria durante el pasado 2009, lo cierto es que no recuerdo casi nada de interés del año parlamentario, lo cual no significa que no tenga recuerdos. Me viene a la cabeza algo de una proposición de iniciativa popular que al final se cambió tanto que en nada se parecía al texto que entró. También recuerdo algo de un catálogo de especies protegidas que sigue coleando, pero que en verdad no tengo claro si amenaza o protege.

Ah, también me viene a la memoria algo de un portavoz que hizo o quiso hacer unos versos. Tendría algo que ver con la lírica, o posiblemente con la política, pero tampoco es relevante parlamentariamente. Y dos grupos cambiaron de portavoz, uno de ellos en dos ocasiones, pero las cosas siguieron igual, porque lo importante, legislar, pues no sé. Debo ser un desastre en esto de la actividad rememorativa. Pero mientras esto ocurre, desde el Parlamento de Canarias se hacen esfuerzos para atraer al ciudadano hasta sus instalaciones, para que conozca la institución, para que sepa que entre esas paredes se discuten cuestiones que a todos afectan e interesan.

Es cierto, pero quien tiene que conectar es el Parlamento con los ciudadanos, no a la inversa. No se trata de que salgan a la calle, sino de que hablen de verdad de cómo afrontar los problemas, que los hay y muchos, en esta nuestra sociedad canaria. Y que lo hagan desde la perspectiva de solucionar los problemas, o ayudar a solucionarlos, y dejar a un lado la perspectiva partidista. Pues sus señorías miran el interés del partido. No hablan de política, sino de partidos, o eso creo.

Escribir para hacer un resumen del año parlamentario se me hace muy duro. Y es así porque tendré que dejar muchas cosas sin decir. ¿Por qué? Por mi profesión hago preguntas y no tengo respuestas. Ahora me viene a la memoria un pleno, que duró entre diez y quince minutos, y que sirvió para legalizar diversas construcciones. Algo así, tampoco me hagan mucho caso. Porque la memoria, además de ser selectiva, distorsiona.

Lo cierto es que el Parlamento, sea de Canarias o de donde sea, debe estar al servicio de los ciudadanos. De todos, no sólo de quienes militan en los partidos que tienen representación parlamentaria, o de quienes tienen influencia sobre esas formaciones políticas. Tal vez esté equivocado y las cosas son como deben ser, pero no lo parecen. Tal vez la culpa sea mía por ser un descreído. Tal vez.

O es problema de la crisis, que aunque en origen parece económica e internacional, también lo es social y local. Para algo estamos, dicen, en un mundo globalizado, en el que la inteligencia y la estupidez corren a la misma velocidad por los mismos senderos. Sólo que de la primera se desconfía y a la segunda nos abrazamos con facilidad. Sea por comodidad, por miedo o por vayan ustedes a saber.

Hablar por hablar

Porque es curioso que los diputados insisten en hablar durante mucho tiempo. Cuando lo correcto es hablar lo imprescindible para decir lo necesario. Da la impresión de que hablar mucho equivale a aportar otro tanto. Y lo es, pero de nada. Así, ahora los diputados tienen marcado el tiempo de intervención y en cuanto se exceden se apaga el micrófono de forma automática. Raro es que alguna de sus señorías acabe antes.

Aunque las hay. Pero la mayoría sigue y sigue, sin darse cuenta de que nadie escucha. ¿Y del resumen qué hay? De verdad que mi deseo era dejar la hoja en blanco. O en negro como un túnel del que ya veremos cómo y cuando salimos. Porque estamos todos en la misma nave. Falta la persona que guíe o conduzca, que de verdad sepa afrontar los problemas sin temor a las consecuencias. Porque el cambio es inevitable. Llegará con independencia de nuestra actitud, pero no de la aptitud.

Será más lenta de lo deseable y a la larga más traumática. Porque las cosas se hacen exactamente peor que hace un tiempo. Nada de añoranzas, no. El pasado no volverá y el presente se acabó. Sólo queda el futuro.

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