Canarias y las migraciones, pocos cambios

Una de cada cinco personas residentes en Canarias nació fuera de España y la mayor parte llegó a las islas a través de vías regulares

Canarias es una de las regiones europeas más dinámicas en la actualidad desde la perspectiva sociodemográfica, el más poblado además de sus variados territorios ultraperiféricos. Y el que, por su situación geográfica, condiciones ambientales, relaciones históricas y apertura económica, entre otros factores, mayor exposición muestra ante la influencia de las migraciones internacionales, elemento esencial para explicar su crecimiento poblacional más reciente, intenso pese al debilitamiento progresivo del aporte natural o vegetativo, puesto que el archipiélago continúa envejeciendo de forma significativa. Una confluencia de procesos que deja un censo cercano a los 2,5 millones de habitantes cuando se ha consumido el primer cuarto del siglo XXI, el doble de residentes que hace solo cincuenta años, si bien las personas que se encuentran en las islas cada día ya superan holgadamente esa cifra, sumando las distintas modalidades turísticas y otras que permanecen sólo de manera temporal.

La inmigración se diversifica en las últimas décadas en el archipiélago, resultado de su acentuada apertura y plena incorporación al sistema global de la mano de actividades como el turismo, que ya, en 2024 y una vez superada la pandemia, aporta más de 15 millones de visitantes procedentes de otros países, en su mayor parte europeos, como es el caso de Reino Unido, Alemania, Francia, Italia o las naciones nórdicas. Esto afianza la conexión de las islas con los itinerarios internacionales de la migración, manteniendo la corriente europea, en la que, por ejemplo, se intensifica la llegada de personas de origen italiano y se va consolidando el asentamiento de migrantes del este.

También refuerza las relaciones con distintos países centro y sudamericanos, para ahondar en el protagonismo de comunidades como la venezolana, cubana, colombiana y argentina, entre otras. China sustituye a India y Filipinas como principal referencia asiática, ampliándose la presencia africana con otros perfiles migratorios al sur de Marruecos. Todo ello supone que, en la actualidad, algo más de una de cada cinco personas residentes en Canarias haya nacido en otros países del mundo, y que, la mayor parte ha accedido a las distintas islas a través de vías regulares.

El nuevo siglo trae también la progresiva amplificación de la ruta canaria —o atlántica— en la canalización de una parte significativa del flujo de personas migrantes que se desplazan por vía marítima de forma irregular hasta el archipiélago, para alcanzar el territorio europeo desde las vecinas tierras africanas. De hecho, entre 1994 y 2024, se contabilizan 250.970 llegadas en un periodo de 30 años, según el Ministerio del Interior del Gobierno de España, conscientes además de que un número importante de expediciones ha acabado de manera funesta su navegación hacia las islas desde países como Marruecos y el Sáhara Occidental, Mauritania, Senegal, Mali o Gambia, los de más importante aportación.

Con todo, la mayor parte de estas personas siguen su periplo hacia otras regiones españolas o localidades europeas, convirtiéndose Canarias, en esencia, en un lugar de tránsito migratorio. En ese tiempo, se han producido dos etapas de mayor intensificación, la primera, durante la década inicial del nuevo siglo, alrededor de lo que se conoce como crisis de los cayucos; la segunda, a partir de 2020, todavía activa, que suma ya 160.652 personas en 3.164 embarcaciones desde esa fecha hasta el 30 de septiembre del presente año. Este episodio se conoce en su arranque por la situación de congestión y hacinamiento habida en el muelle de Arguineguín, localizado en el sur de Gran Canaria.

Esas son las personas que han podido acceder al archipiélago y finalizado con éxito esta parte de su andadura migratoria, porque un número indeterminado de las expediciones ha acabado en tragedia, si bien, todas las navegaciones dejan secuelas físicas y/o psicológicas en sus protagonistas. La Organización Internacional de las Migraciones (OIM), a través de su proyecto Missing Migrants Project, cifró en 1.095 las personas muertas el año 2024 sólo en la ruta atlántica. También para esa anualidad, la organización Caminando Fronteras estima en más de 10.457 las víctimas en traslados hacia las costas españolas. Parece evidente que la salida de las embarcaciones más hacia el sur y su mayor exposición a la alta mar, para evitar los controles costeros, hace que las travesías sean cada vez más peligrosas, incluso con el riesgo, nada infrecuente, de que los cayucos se pierdan en el interior del Atlántico. Todo ello, pese al refuerzo de los sistemas de búsqueda, intercepción y salvamento marítimo, que en Canarias han ido mejorando y ampliándose con el paso de los años.

La mayor parte de las personas que llegan por vía marítima de manera indocumentada no permanecen en el archipiélago mucho tiempo, siendo derivadas a la Península de manera organizada. De esta pauta general, sin embargo, se excluyen las personas migrantes menores de edad sin referentes o acompañamiento de familiares, que quedan bajo la tutela de la Comunidad Autónoma, aunque se está impulsando un sistema que permita una distribución más equilibrada entre todas las comunidades autónomas españolas, mediante la introducción de cambios en la vigente Ley de Extranjería. Sistema cuestionado por distintas regiones que se oponen a los traslados y han recurrido legalmente este proceso.

Cabe considerar que en estos momentos se encuentran tutelados en Canarias alrededor de 5 mil menores, acogidos en unos 80 centros, solicitando el Gobierno de Canarias al Gobierno de Estado que declare la situación de contingencia migratoria para iniciar los traslados y poder desahogar dichas instalaciones —que no hogares—, y así, realizar una mejor atención, además de prepararse para posibles contingencias futuras. Todos los indicios conocidos señalan que esta movilidad continuará activa, siendo cada vez más acuciante la problemática específica de las personas migrantes ex tuteladas, esto es, las que alcanzan la mayoría de edad.

De una u otra manera, las migraciones constituyen desde hace tiempo un asunto que se encuentra en el centro del interés social y político en Canarias, recogido puntualmente por los medios de comunicación convencionales, pero que, además, circula por las redes sociales con mucha frecuencia ligado a la propagación de discursos de odio que abonan actitudes y conductas xenófobas y racistas. Supone una cuestión cada vez más preocupante en la región, si bien merece ser resaltada la positiva respuesta que continúa ofreciendo la mayor parte de la sociedad canaria, ante un fenómeno que no siempre se ha sabido gestionar de manera adecuada. En este sentido, la esfera política, salvo la que representa opciones ultraconservadoras o de extrema derecha, está realizando interesantes aportaciones ante una cuestión de vital importancia para el archipiélago. Y así, por ejemplo, se han activado iniciativas como el Pacto Canario por la Migración, continúa funcionando el Foro Canario de la Inmigración o está en proceso de aprobación el Plan Canario de Inmigración y Convivencia Intercultural, en este caso, tras un periodo de veinte años sin disponer de este recurso de planificación estratégica, añadiendo ahora aspectos de relevancia ligados a la lucha contra la discriminación, la convivencia intercultural y la participación social.

A partir de lo expuesto, puede afirmarse que Canarias se ha convertido en uno de los territorios de referencia, en la escala internacional, en lo que se refiere a la manifestación de las migraciones y la búsqueda de adecuadas respuestas ante su más que necesaria comprensión y gestión. Considerando las actuales circunstancias del archipiélago, constituye un reto mayúsculo poder modular el ritmo y la orientación de la movilidad migratoria, puesto que, si se consigue, aportaría todavía mayor valor al proceso de desarrollo regional y a la renovación de sus estructuras sociodemográficas, comprometidas por el devenir del envejecimiento y la pérdida de vitalidad de amplios sectores de la geografía isleña. Y este desafío se enfrenta en un contexto multiescalar crecientemente convulso, que contribuye incluso a la intensificación de las migraciones a lo largo y ancho del planeta, muchas de las cuales, desafortunadamente, generan incertidumbre, frustración, dolor e incluso muerte para un número creciente de personas.

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