Siempre que sufrimos un episodio de meteorología extrema podemos oír intervenciones del tipo “nunca había visto algo así”, “Tengo 89 años y es la primera vez que pasa esto”, etc. También es cierto que, cuando acudimos a la estadística, los datos mostraban otra realidad. Quizás por la necesidad psicológica de olvidar los hechos traumáticos, el ser humano no suele tener buena memoria catastrófica, nos olvidamos fácilmente de eventos traumáticos, como inundaciones, olas de calor o tormentas. Sin embargo, el año 2024 quedará grabado en los registros meteorológicos como un punto de inflexión.
Por primera vez, a escala global se superó el umbral simbólico de +1,5 grados de calentamiento respecto a la era preindustrial, una cifra que la comunidad científica señala desde hace años como frontera crítica para evitar los peores impactos de la crisis climática. En España, este escenario se reflejó con particularidades regionales: en la Península, las lluvias abundantes compensaron en parte el calor; en Baleares, el año fue cálido pero sin extremos significativos; en Canarias, en cambio, la realidad fue más dura. El archipiélago se enfrentó a un 2024 marcado por el calor persistente y la falta de precipitaciones, lo que lo convierte en el segundo año más cálido de su historia reciente y, al mismo tiempo, en el más seco desde que existen registros comparables.
La temperatura media anual en las islas alcanzó los 19,6 grados, una anomalía de +1,2 grados respecto al valor climático de referencia. A primera vista, la cifra puede parecer moderada, pero se trata de un salto notable en un territorio donde las medias se han mantenido estables durante décadas. Ese incremento situó al archipiélago en la categoría de año muy cálido a extremadamente cálido. Los datos del histórico observatorio de Izaña, en Tenerife, ilustran con claridad la magnitud del fenómeno: desde que comenzara a medir en 1920, jamás se había registrado una temperatura media anual tan elevada. También las máximas y las mínimas batieron récords, con 16,2 y 8 grados respectivamente. Como símbolo de esta anomalía, la noche del 12 de julio quedó para la historia como la más cálida jamás registrada en Canarias, con una mínima de 21,4 grados, superando el récord que llevaba en pie desde 1998.
A lo largo del año, meses como enero, febrero, abril, agosto y noviembre fueron especialmente calurosos. Abril resultó particularmente significativo: cinco observatorios del archipiélago marcaron su media mensual más alta de toda la serie. Curiosamente, y a diferencia de lo ocurrido en la Península y Baleares, Canarias no llegó a registrar oficialmente ninguna ola de calor, aunque varios episodios cálidos prolongados dejaron huella en la percepción ciudadana. Mientras en ciudades del interior peninsular los termómetros rebasaban con frecuencia los 40 grados, en las islas el calor se manifestó de forma más constante, menos explosiva pero igualmente anómala.
Si el termómetro batió récords, el pluviómetro no se quedó atrás. Canarias cerró 2024 con un balance demoledor: apenas 138,8 milímetros de lluvia de media, lo que representa tan solo el 52 % de lo que sería un año normal. Esa cifra convierte al pasado año en el más seco de la serie histórica desde 1961. Abril, que en la Península trajo lluvias generosas, fue especialmente árido en el archipiélago, consolidando un déficit que se arrastraría hasta final de año. En el aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife, se midió la precipitación más baja desde 1945. El verano, tradicionalmente seco en Canarias, se tornó esta vez en un periodo de aridez extrema, sin apenas episodios de alivio.
El contraste con la Península fue radical. Mientras que allí 2024 se contabilizó como un año húmedo, con un 105 % de la precipitación media y un mes de octubre histórico como el más lluvioso de la serie desde 1961, en Canarias la sequía alcanzó cotas excepcionales. La sensación de contraste fue aún mayor al sumar otro factor: la insolación. Las islas disfrutaron de un 10 % más de horas de sol de lo habitual, lo que puede sonar positivo desde la perspectiva turística, pero en términos ambientales significó más evaporación, mayor sequedad del suelo y un incremento del estrés hídrico sobre los ecosistemas.
Los vientos fuertes también hicieron acto de presencia, sobre todo en primavera y otoño, coincidiendo con el paso de borrascas atlánticas que golpearon con más intensidad a la Península. En Canarias, aunque dejaron episodios de rachas notables, su impacto fue menor comparado con el de las temperaturas y la falta de lluvias.
El balance del año plantea un escenario inquietante. Lo ocurrido en 2024 no es un episodio aislado, sino parte de una tendencia que encaja con lo que proyectan los modelos climáticos: menos precipitaciones, temperaturas más altas y mayor irregularidad en la distribución de los fenómenos meteorológicos. El archipiélago, con recursos hídricos limitados y una fuerte dependencia del equilibrio de sus ecosistemas, aparece cada vez más vulnerable frente a un clima que se desestabiliza a ritmo acelerado.
Para la sociedad canaria, las implicaciones son profundas. La combinación de calor sostenido y sequía extrema afecta al suministro de agua, a la agricultura y a los ecosistemas naturales, además de intensificar riesgos como la desertificación o los incendios forestales. También impacta en sectores estratégicos como el turismo, que si bien se beneficia de un clima estable y soleado, se enfrenta a la paradoja de atraer visitantes a un territorio cada vez más castigado por la escasez de recursos hídricos y la presión ambiental. Con climas más suaves en la Europa continental ¿Quién querría venir a un territorio achicharrado y sofocante?
De la misma manera que el hígado de un alcohólico no se regenera por estar una semana lejos de la botella, unos días de lluvia o frío no revierten una situación que arrancó hace décadas. Las tendencias nos hablan de un futuro en las islas con menos lluvias y más calor. Es más, si nos fijamos en las predicciones con más resolución, estas nos hablan de sequías en las zonas altas de las islas y de un infierno térmico en lugares de cumbre. ¿Nos tendremos que despedir de las cumbres nevadas y sus estampas invernales?
El año 2024 no solo deja récords meteorológicos, sino una advertencia clara: Canarias se encuentra en primera línea de la crisis climática global. Y la tendencia apunta a que los episodios de calor persistente y sequía extrema, lejos de ser excepciones, podrían convertirse en la norma en las próximas décadas.