Son dos años los transcurridos desde el GIF de Arafo, muchas veces nombrado así por ser la zona donde se inició el fuego pero que, lejos de afectar solo a este municipio, se propagó, insaciable, abarcando una superficie de 12.367,2 hectáreas, con un perímetro de 261,1 kilómetros, aproximadamente lo que dista Lanzarote de Tenerife.
Una vez controlado el incendio, incluso antes de darlo por extinguido, en las zonas donde se podía acceder con seguridad, comenzaron las labores de restauración ecológica. Las primeras semanas posteriores siempre son clave. Tras el paso de las llamas, el daño del fuego en el suelo es evidente. Se altera su estructura, quedando más vulnerable a poder sufrir procesos erosivos, principalmente por la escorrentía superficial del agua de lluvia. Se trata de un recurso natural no renovable, al menos a corto y medio plazo. Además, los estudios científicos evidencian que se produce una pérdida de materia orgánica y se modifica la disponibilidad de nutrientes. Hay regeneración natural de la vegetación en la zona afectada y somos capaces de producir planta en vivero que nos permitirá realizar repoblaciones si dentro de los trabajos de restauración se considera oportuno, pero no somos capaces de producir suelo. Si perdemos suelo, perdemos capacidad para recuperar el ecosistema. Por esta razón, en esta etapa inicial, los esfuerzos se centraron en obra forestal, de pequeña entidad, pero muy efectiva. Fajinadas, palizadas, albarradas, lo que conocemos como hidrotecnias blandas, construidas a partir del recepe o corta del material calcinado y disponiéndolas a modo de trampeos de manera trasversal a la pendiente, permitiéndonos retener ese suelo.
Paralelamente a estos trabajos de emergencia, en gabinete, se abordó la ardua tarea de analizar con detalle el área afectada y establecer, de manera ordenada, las necesidades en campo, plasmadas en documentos técnicos, memorias técnicas que contemplan dónde y cómo se van a realizar las siguientes actuaciones, porque la restauración va mucho más allá de lo que puede suponer cortar lo quemado y plantar. Hay que zonificar, estudiar la severidad con la que el incendio dañó a la vegetación, analizar la capacidad de la regeneración natural y que esta sea la vegetación potencial del lugar y, en caso que la regeneración natural no sea la adecuada, actuar para adelantar los procesos, esto es dar a la naturaleza un empujón.
Durante, las labores relacionadas con la restauración del GIF de 2023, en lo que respecta a la recuperación de las masas forestales, se pueden resumir, groso modo, en varias líneas de trabajo. Por un lado, se actúa de manera continua en las masas de pino insigne o pino de Monterrey (pinus radiata) que, a diferencia de nuestro pino canario, no es capaz de rebrotar y tras el fuego, perece. Se trata de un pino introducido a mediados del siglo pasado para producción maderera y para la obtención de leñas. Una realidad que por aquel entonces cobraba sentido, pero que, con el paso de los años, con la aparición del gas butano y, principalmente, por el cambio de modelo económico en las Islas, dejó de tenerlo.
Muchas fueron las voces críticas que, sin ninguna base fundamentada, circulaban por las a veces temidas redes sociales, asegurando que se realizaba un atentado ecológico con la tala masiva de árboles tras el incendio. Con la tala de esta especie exótica, el propósito es recuperar las masas potenciales de estas zonas, con los ecosistemas autóctonos, los que reinaban en el pasado, antes de tanta alteración antrópica. De hecho, el incendio solo ha establecido la necesidad de acelerar los tratamientos. Antes del incendio, estos pinares vivos ya se talaban para recuperar otros ecosistemas, principalmente monteverde o laurisilva y, en menor medida, pinar canario. En aquellas áreas en las que la regeneración natural de las especies propias del monteverde no es completa, se refuerza la recuperación de la masa mediante repoblaciones de plantas endémicas producidas en vivero forestal. Acompañando estas repoblaciones, se hace fundamental el trabajo de seguimiento, protectores contra la herbivoría, desbroces periódicos contra la matorralización por la fuerte entrada de luz al suelo y, con los periodos de sequía prolongada que estamos padeciendo derivados del cambio climático, se hace incluso necesarios riegos de asiento y de apoyo para asegurar el éxito en la repoblación. Se ha tratado una superficie de unas 150 hectáreas de pino radiata durante 2024.
El valor de la laurisilva
Por otro lado, en las zonas de monteverde dañadas por el incendio, también se trabaja para tratar de revertir esta regresión ecológica. El monteverde es el nombre vernáculo aceptado para referirnos a las distintas formaciones que, según su complejidad, pueden ir desde fayal-brezal a laurisilva. Afortunadamente, muchas especies que componen el monteverde tienen capacidad de rebrotar tras un incendio. Se trata de una zona de transición hacia el pinar canario en la vertiente norte de la isla y que se ubica lindando con los núcleos de población asentados a mayor cota, insertados en el monte. Es lo que conocemos como interfaz urbano forestal. La restauración de esta zona se hace fundamental ya que, además de una mejora ecológica, repercute, sin lugar a la duda, en una mejora para la prevención de incendios forestales. Un monte alto de laurisilva puede llegar a ralentizar todo un frente de llamas, permitiendo al operativo tener una ventana de oportunidad para realizar maniobras de extinción. Funciona, por tanto, como un área cortafuegos verde. Esos son los pasos que se están dando en esta carrera de fondo. Se estudia el rebrote natural, se establecen plantaciones en zonas donde esa regeneración se estanca y se realizan los cuidados culturales posteriores, reposición de marras, desbroces del matorral que compite con la repoblación, riegos de asiento y apoyo.
Otro foco muy importante en la restauración está puesto en el seguimiento de las masas de pino canario afectado. Si bien, a diferencia del radiata exótico, el pino canario es capaz de rebrotar, el ecosistema propio relacionado con el pinar canario sigue poco a poco recuperándose. Hay que tener en cuenta que la mayor parte del pinar afectado es procedente de repoblación, es decir, no es un pinar natural. En las masivas y extensas repoblaciones de mediados del siglo pasado, también se repoblaron con pinar canario miles de hectáreas, utilizando elevadas densidades acordes con las directrices de repoblación que se utilizaban en esa época y que se justificaban en su momento por la alta mortalidad que se esperaba y que en muchos casos no sucedió. Los objetivos de estas repoblaciones eran la producción maderera, la protección del suelo desnudo y la captación de agua por escurrimiento cortical procedente de la lluvia horizontal generada por el mar de nubes asociada con los vientos alisios. Por esta razón, se hace fundamental en la gestión la realización de claras en estas superficies con el objeto de disminuir densidades y, por ende, competencia, para que el remanente en pie se desarrolle mejor y se consiga naturalizar lo más posible el pinar. Esta mejora ecológica también repercute en una mejora en la prevención de incendios forestales. Durante la anualidad de 2024, se han tratado 306,6 hectáreas de masa de monteverde, así como 63,2 hectáreas de este ecosistema bajo pinar canario (pinar mixto).
No debemos olvidar los trabajos de restauración en el matorral de alta montaña afectado por el incendio, único ecosistema que no rebrota después del paso de las llamas y cuya recuperación es mucho más lenta, más parecida a las dinámicas de las áreas montuosas del ámbito peninsular, lo que justifica la necesidad de realizar actuaciones encaminadas a acelerar su recuperación. En este ecosistema se hace muy necesario eliminar la presión de los herbívoros introducidos, muflones y conejos. Por esta razón, antes de repoblar, se instalan vallados con la colocación de jaulas trampas contra los conejos, con revisión periódica en el interior de los cerramientos realizados para asegurar la repoblación y la regeneración natural por semilla. 13.800 metros lineales de cerramiento perimetral, con una superficie de 95,2 hectáreas y 15.741 hoyos realizados dentro de los vallados para la introducción posterior de planta endémica, son algunos datos en la anualidad de 2024 de los trabajos necesarios para la recuperación del matorral de alta montaña afectado.
La restauración tras un incendio de esta magnitud no es sencilla ni inmediata y exigirá años de seguimiento, de técnicas específicas para acelerar la recuperación natural y de una implicación constante de la sociedad. Lo que se está haciendo hoy es solo el comienzo de un largo camino. Entender que la prevención y la gestión activa del territorio son tan importantes como la restauración en sí misma será clave para reducir el impacto de futuros incendios en Tenerife.