Hablar de ciencia para hacer ciencia

La covid o el volcán de La Palma son dos ejemplos recientes y paradigmáticos de que los temas científicos ganan terreno en la agenda política, en los debates de bar y en los medios de comunicación

Asisto, con cierta satisfacción, a ver cómo cada año el ecosistema de ciencia canario progresa. Los temas científicos ganan terreno en la agenda política, en los debates de bar y en los medios de comunicación. Ya sabíamos que la ciencia es importante. Lo ha sido. La covid o el volcán de La Palma son dos ejemplos recientes y paradigmáticos. Y lo será. Pues un mundo con problemas cada vez más complejos requiere de soluciones a la altura que tan solo la ciencia puede procurar. 

Pero de lo que no se habla no se conoce. Y para darle la importancia que merece era necesario ponerla en primera fila del debate público.

2024 ha sido una muestra de ese avance. La I+D de las Islas ha hecho un intento de consolidar ese privilegiado status, tan solo al alcance de los temas sociales de mayor calado —como la sanidad o la educación— o de la economía. 2024 se podría resumir como un fin de ciclo. El fin de la etapa germinal de la ciencia en Canarias. Un cambio de tendencia justo en el momento preciso.

El Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) despidió el año pasado al que llevaba siendo su director por más de una década: Rafael Rebolo. El físico, al que avalan años de dedicación a la observación astronómica, no sé jubiló para dejar de mirar las estrellas, pero sí decidió que ya era hora de dejar a otros renovar la gestión. Después de una trayectoria intachable, su dedicación por el Instituto ha hecho que el IAC crezca a un nivel que ni siquiera su fundador, Paco Sánchez, podría haber soñado.

El testigo lo ha tomado Valentín Martínez-Pillet, un cuasi yankie repatriado con una larga trayectoria de gestión vinculada a una de las grandes fortalezas de la observación astronómica de Canarias: el sol. Una elección estratégica para acercar los recursos materiales y naturales que hacen de Canarias uno de los enclaves más privilegiados de la observación astronómica —bien conocidos en Europa—, a los mundos indómitos de la astronomía y la exploración espacial norteamericana.

Tras haber conseguido que el IAC se convierta en un referente, la sucesión obliga a conseguir un objetivo aún más ambicioso: mantener al Instituto a ese nivel y seguir creciendo.

Estos fines de ciclo se quedaron muy cerca del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología (IPNA-CSIC), que despidió (aunque de forma más discreta) al que ha sido director del organismo durante dos años: Ignacio Padrón. Al contrario que en el IAC, al instituto adscrito al CSIC le caracteriza la alta rotación del puesto directivo. El aire fresco siempre es necesario, y su sucesor, el químico orgánico Tomás Martín, ha sido el elegido para tomar las riendas.

Un año de hallazgos

La ciencia sigue en su empeño por demostrar su importancia como servicio público. Y como muestra, los dos grandes hitos de este año: el descubrimiento del cuerpo sin vida del lagarto gigante de Tenerife mejor conservado hasta el momento (nuestro apreciado Guanchito) y el hallazgo de un asteroide potencialmente peligroso desde los observatorios de Canarias.

Lo primero quizás podría resultar anecdótico, pero el cuerpo apaciblemente dormido de Guanchito, es una muestra del potencial científico que existen en las Islas. Y también, de todo aquello que aún queda por descubrir. De nuevo, un fin de ciclo (el hallazgo del animal), que precede al inicio de una época mucho más prolífica.

A finales de año nos sorprendió conocer que un asteroide potencialmente peligroso llegó a tener hasta un 3% de posibilidades de impactar contra la Tierra. Finalmente, y tras muchas observaciones, se pudo determinar que aquel pedazo de roca espacial tenía menos posibilidades de chocar contra la Tierra que que un satélite abandonado retorne como una gran bola de fuego a nuestro planeta.

No obstante, lo interesante de este descubrimiento para Canarias es conocer la capacidad que tienen los observatorios instalados en las cumbres de Tenerife y La Palma, para hacer seguimiento de un evento tan importante a nivel planetario. Y es que la mayor parte de las observaciones se realizaron desde el GTC en el Roque de los Muchachos, y la investigadora canaria Julia de León fue la responsable de conseguir aquello.

No debemos desestimar, por tanto, el valor de la ciencia para ayudarnos en caso de emergencia. Pero eso ya nos lo recuerda periódicamente nuestro sistema volcánico. El año pasado las entrañas del Teide se estuvieron removiendo —como ya es costumbre—, dándonos titulares, debate público y algún pequeño susto. Gracias a la ciencia que realiza el Instituto Geográfico Nacional (IGN) o el Instituto Volcanológico de Canarias (Involcan) sabemos que existen esos pequeños pulsos, y también que, de momento, son inofensivos.

El año tampoco estuvo exento de polémicas en el ámbito científico. Un catedrático en ecología de la ULL que se declara negacionista climático en uno de los podcast más escuchados de España, un evento internacional al que no le llegan los fondos prometidos por la Administración canaria o los líos con las convocatorias de ayudas públicas para la ciencia del Gobierno de Canarias.

Del laboratorio al Parlamento

Pero si algo logra poner a la ciencia en el lugar que se merece esa es la política. En los últimos dos años, con la creación de la Comisión de Universidades, Ciencia y Cultura los diputados canarios se han visto obligados a empezar a hablar de ello. Buscan información sobre el sistema científico —a veces sin mucha fortuna— y llevan a la Sala temas que preocupan en el ámbito científico. En definitiva: hablan de la ciencia.

Si bien es cierto que sus señorías aún carecen del contexto y las nociones básicas para entender el sistema científico en su totalidad, los debates que versan sobre contratos predoctorales, la financiación a las universidades o programas de financiación a proyectos científicos, empiezan a resonar y confieren normalidad a un tema que, tradicionalmente, no ha tenido cabida.

Ayuda en este menester, asimismo, la implicación del Gobierno autónomico, que no es baladí. El presidente del Gobierno, Fernando Clavijo, ha hecho una apuesta acérrima por la ciencia desde que entró en el poder. Dejaremos a elucubraciones trasnochadas el saber si su propósito se sustenta más en un convencimiento personal o en una arrolladora tendencia popular que se vio obligado a seguir, porque lo cierto es que la apuesta por la ciencia está ahí en mayor o menor proporción.

No hay que denostar la palabra. Porque hoy la palabra de la Ciencia, el asesoramiento científico y la I+D están en boca de todos.

Pero la palabra no es suficiente

La Ciencia en Canarias hay que gestionarla. El sistema no se puede apoltronar en la satisfacción de los buenos resultados de los últimos años. Queda mucho por avanzar, y los pasos que se den justo en este momento son fundamentales para que el ecosistema florezca. La nueva Ley de Ciencia es una apuesta por cambiar el paradigma. Pero no vale con hacer una normativa nueva que reemplace a otra absolutamente obsoleta, las cosas hay que hacerlas bien.

Durante 2024 se elaboró una ley que, sin embargo, a principios de este 2025 sabemos que no llevó a cabo todos los pasos necesarios en cuanto a participación y transparencia. El ecosistema la ve como un absoluto desastre que solo el Parlamento es ahora capaz de enmendar. De no ser así, el sistema científico perderá la mayor oportunidad que ha tenido en los últimos 20 años para florecer, consolidarse y convertirse en un pilar básico y fundamental de la sociedad isleña.

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