¿Tiene sentido hablar de literatura canaria en un mundo global?

Cada vez más autores se sienten cómodos saltando fronteras y reivindicando su obra como literatura a secas, sin adjetivos

Durante muchos años, hablar de literatura canaria evocaba nombres y temas que parecían esculpidos en piedra: el paisaje volcánico bañado por el mar, la emigración a otras tierras, el desarraigo, la memoria histórica…

La etiqueta nos servía de ancla y de vitrina. De ancla para autores que sentían que se les leía cuando se hablaba de «lo nuestro». Y vitrina para lectores que buscaban entre las páginas una identidad con sello propio, sentirse reconocidos.

Para muchos autores y autoras, la «literatura canaria» fue el camino natural para existir y distinguirse dentro del mapa literario español. Sin embargo, no deja de ser una etiqueta condicionada por el lugar de nacimiento o residencia, como si fuera impensable escribir desde aquí sin que «el aquí» sea también tema o motivo.

En pleno siglo XXI, con internet y la IA como reyes del mambo, convirtiendo el mundo en algo global, ¿sigue teniendo sentido afirmar que existe una literatura canaria? ¿Sigue siendo útil —y justa— para etiquetar lo que las nuevas generaciones están escribiendo?

Porque la nueva generación de autores, sin alterar la esencia de lo que significa ser canario, está desdibujando esos límites. Escritoras como Andrea Abreu, que ha dado la vuelta al mundo con una magnífica novela —Panza de burro—, impregnada del mar de nubes o Lana Corujo, con su Han cantado bingo, tremendamente volcánica, demuestran que lo local puede ser universal. Hay otros, como Arantxa Rufo —Las tres muertes de Sarah Colbert— que abordan la ficción sin que la geografía canaria pese en la historia y que llevan con orgullo el formar parte de esa literatura canaria actual. Y es precisamente una muestra de madurez literaria, no tener que explicar quiénes somos ni de dónde venimos.

Al mismo tiempo, la insularidad sigue siendo un rasgo importante, no solo por el territorio físico sino por las condiciones materiales para publicar y difundir desde las islas. Por eso, hablar de literatura «en» Canarias sería tal vez más apropiado. Porque no es hablar solo de los que escriben sino también de los que sostienen los puentes entre las islas y el resto del mundo.

Detrás de cada libro publicado, presentado, leído… hay libreros que resisten en pueblos pequeños, clubes de lectura que se reúnen para mantener viva la literatura, bibliotecas que actualizan fondos pese a presupuestos cada vez más ajustados y editoriales que apuestan por voces locales.

Las librerías independientes —Barco de Papel, Lemus, Agapea, Canaima, Yaya…— son más que simples comercios. En núcleos urbanos donde las grandes cadenas dominan, han sabido crear comunidad, recomendar con mimo y dar apoyo y presencia a los autores locales.

Las editoriales independientes —tomemos el ejemplo de Diego Pun— cumplen una labor similar: dar visibilidad a quienes tienen algo que contar sin esperar que encaje en la fórmula de las grandes editoriales peninsulares.

Con todo, la mejor manera de hablar de la literatura canaria actual es, precisamente, enumerar algunas de esas voces que hoy la encarnan. Porque lejos de un canon homogéneo, lo que define a la literatura hecha en Canarias es su diversidad. Voces consolidadas se codean con otras nuevas que explotan temas universales desde una sensibilidad marcada por la experiencia insular. Sin pasar por alto el fenómeno de la autopublición que ha permitido a autores sin contactos en el sector tradicional darse a conocer y en algunos casos incluso simultanear publicaciones en ediciones tradicionales con las propias autopublicadas en una democratización del acceso al lector que plantea desafíos en cuanto a calidad y promoción.

La literatura en Canarias, como cualquier manifestación cultural en territorios periféricos, sigue enfrentándose a desafíos estructurales: escasa presencia en grandes ferias y premios nacionales, dificultades de distribución fuera de las islas, costes de producción más altos y la tendencia a encasillar las obras dentro de lo «regional», de ahí mi pregunta de hoy.

Pero al mismo tiempo, esas dificultades han forjado un ecosistema literario propio, donde la comunidad —autores, editores, libreros, bibliotecarios, lectores— juega un papel más activo y solidario que en otras partes. Quizá por eso las presentaciones literarias aquí son más cálidas, los clubes más fieles y las editoriales más arriesgadas. Porque la literatura no se da por sentada: es una pequeña resistencia cotidiana frente a la homogenización cultural.

Volvemos, así, a la pregunta inicial: ¿tiene sentido seguir hablando de «literatura canaria»? Para aquellos que la vivimos y vivimos de ella, seguramente sí. Porque más allá de la etiqueta comercial o académica, es imposible desprenderse del todo de la mirada insular, de los ritmos y de los silencios que marcan nuestra manera de contar historias. Pero también es cierto que cada vez más autores se sienten cómodos saltando esa frontera y reivindicando su obra como literatura a secas, sin adjetivos. Porque, al fin y al cabo, las buenas historias trascienden las coordenadas geográficas.

Mientras tanto, aquí, en las librerías de pueblo (algunas de las cuales son consideradas de las mejores de España), en las mesas redondas de las bibliotecas municipales, en las páginas web de las pequeñas editoriales y en las tertulias de clubes de lectura, la literatura hecha en Canarias sigue latiendo con fuerza. Y es, sobre todo, gracias a todas esas manos —las que escriben y las que sostienen los libros— que las historias siguen circulando entre las islas y más allá del mar.

La literatura canaria (o como he propuesto «hecha en Canarias») sigue siendo una fuerza callada pero persistente. Un territorio común donde lectores, escritores, libreros, editores y bibliotecarios coincidimos. Y aunque tal vez no tengamos una única definición de qué es «literatura canaria», lo importante es que siga habiendo literatura, y que siga siendo nuestra.

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