Mi cuarta edad: reflexiones de un docente pre-jubilado

Estoy en mi primer curso de pre-jubilado tras casi 37 años de gozosa docencia. Estoy, pues, en esa etapa a la que mucha gente llama la ‘tercera edad’ pero que en mi caso es la cuarta si considero la infancia feliz en mi Fontanales de nacimiento, correteando por fincas y valles; la de estudiante distendida desde la preparación al examen de ingreso para Bachillerato y, más tarde, las carreras de maestro y de licenciado en Matemáticas entre La Laguna y Santiago de Compostela; la edad profesional intensa y comprometida que discurrió por La Laguna, Huelva y Tejina; y la que me toca empezar ahora.

El pasado año me acogí a la posibilidad que ofrece el Gobierno a los docentes para poder realizar una jubilación adelantada. Estuve mareando la perdiz mucho tiempo antes de decidirme a formalizar la solicitud porque realmente siempre me sentí a gusto con mis alumnos, con mis clases, con mis proyectos educativos, con mis compañeros de departamento y de claustro. Por eso me costó tomar la decisión y sentí dejar de lado lo que había centrado mi vida durante tantos años para entrar en una nueva etapa que, aunque no se me presentaba con muchas incertidumbres porque siempre hay cosas que hacer, sin embargo me causaba cierta nostalgia dejar la vida del centro, el contacto tan directo con la gente joven y el encuentro diario con los compañeros. Estos primeros meses me han permitido también hacer algunas reflexiones en torno a la enseñanza y a la labor del docente.

En los años en que ejercí la profesión pude observar la transformación tan grande que ha experimentado la sociedad y la repercusión que ha tenido en el aula porque, se quiera o no, la Escuela es también un reflejo de la sociedad. Y es posible que los que empiezan ahora a ejercer la profesión no tengan las mismas sensaciones que quienes llevamos muchos años, porque no han tenido tiempo de vivir modificaciones. La problemática es amplia y diversa, lo que dificulta la posible terapia para corregir los males. Algunos colegas, por ejemplo, denuncian continuamente la actitud de los alumnos frente al esfuerzo que supone estudiar y, lo que es peor, la rebeldía y rechazo de la Escuela que exteriorizan cada vez más alumnos. Ciertamente es así, aunque me gustaría matizar que debemos ser cuidadosos con las generalizaciones porque no son todos los alumnos los que toman esas actitudes.

Desde hace bastantes años, la cultura y la preparación no se consideran necesarias para triunfar en la vida. La sociedad ha creado y alimentado unos perfiles de personajes, a los que encima llama populares, que se enriquecen en poco tiempo y no es precisamente gracias ni a su formación ni a su preparación y no digamos nada de la cultura de la mayoría de ellos. ¿Para qué estudiar entonces? Es lo que plantean algunos que, además de decirlo, lo practican. No hay dudas sobre la repercusión que esta actitud tiene en el desarrollo de la labor docente. Los profesores tenemos que valernos de todas las estrategias para poder llegar a todos y no siempre se consigue. Se produce entonces una diversidad en las aulas para la que no se nos ha formado ni se nos suelen dar pautas para afrontarla con éxito. Y estas situaciones más o menos complicadas y otras parecidas llevan a algunos al desánimo.

Como casi todos los que nos dedicamos a este digno oficio, sólo gracias a la formación que fui adquiriendo con el paso de los años de práctica es como aprendí a afrontar esas y otras situaciones. Por eso pienso que todo docente debe tratar de dotarse de muchas estrategias, materiales o mecanismos didácticos que le permitan aplicar lo que considere más eficaz para encarrilar esas situaciones singulares que a veces se presentan en la vida cotidiana del aula. Creo que es una buena terapia para vencer el desánimo. Pero hay otras que en mi caso han dado resultado y es que, en todos estos años, a la hora de ir a dar una clase, al entrar en ella, he procurado mantener en todo momento la ilusión del primer día; y no sólo eso, sino que además me he propuesto que mis alumnos lo notasen; debían percibir en mí ganas de hacer cosas por insignificantes que parecieran.

A lo largo de mi carrera docente he tratado de cubrir una deficiencia que tuve en la formación como profesor de secundaria. Realmente es un eufemismo hablar de formación inicial como docente, simplemente porque no existió. La universidad me formó como matemático, pero no como profesor. Por eso he intentado poner los medios para conocer estrategias y métodos que otros utilizan y que permitan hacer las clases y el acercamiento de las matemáticas a los alumnos cada vez mejor. Me ha sido muy útil asistir a congresos y jornadas sobre enseñanza y aprendizaje de las matemáticas y más útil aun compartirlo con los integrantes del departamento, que, en mi opinión, es una pieza con una incidencia notable en el objetivo de conseguir una enseñanza de calidad.

Eso sí, los profesores tenemos una gran ventaja frente a otros profesionales: trabajamos con jóvenes. Personas a las que se asocia con la fortaleza física, con el altruismo y con la generosidad. Y digo que es una ventaja para el docente porque ese diario contacto con ellos es lo que nos permite mantener el espíritu joven. Pienso que cuantas más dosis de altruismo y generosidad seamos capaces de retener, más joven se mantendrá nuestra mente que es, en definitiva, la que marca la diferencia entre ser o no joven. En muchas ocasiones dije a mis alumnos que yo era más joven que ellos porque lo era desde antes… De todos modos, debemos ser cautos en nuestro trato con la juventud porque los adultos somos muy propensos a comparar nuestra etapa homónima con la de ellos y, en general, no tienen nada que ver.

Esa actitud un tanto paternalista que adoptamos a veces con frases como “porque en mi tiempo…” les suele sonar a pesadeces de abuelo Cebolleta. Hay que tratar de comprender su mundo, interpretar sus claves y sus modos de ver la vida. Y es que el entorno en el que se desarrollan los jóvenes de hoy es esencialmente distinto al de épocas pasadas incluso no muy alejadas. También en esto está influyendo la globalización. Se suele hablar en términos negativos de los jóvenes de hoy y creo que se es injusto con esas apreciaciones generalizadas de superficialidad, falta de espíritu de sacrificio y de esfuerzo, de no estar preparados para la frustración, de querer el éxito rápido y fácil. Cuidado con esas apreciaciones, digo, porque en algunos aspectos somos los adultos de hoy los responsables de determinadas actitudes de ellos.

Veremos qué me depara esta nueva etapa además de ver las cosas con la perspectiva que da el paso del tiempo.

La implicación familiar

Ser docente se ha convertido en algo que requiere algo más que vocación. Es admirable la entrega de tantos profesores y profesoras. Porque no estamos en la situación de Finlandia. El último informe PISA colocaba a este país en la cabeza de un ranking que en España ha dado mucho que hablar por la lamentable situación que ocupamos. Y es que en los análisis que se han hecho hemos descubierto que allí, el que se quiera dedicar a la labor docente tiene que pasar un conjunto de filtros que garanticen que se está escogiendo a los mejores y a los que tienen una clara vocación. A eso súmese el aprecio de la sociedad a su trabajo, los apoyos que recibe la Escuela de las instituciones y la colaboración de las familias. Es decir un cóctel que espero que poco a poco vayamos conformando en nuestro país. Y precisamente éstas últimas, las familias, tienen que involucrarse más. Desde hace bastantes años, las asociaciones de madres y padres hacen denodados esfuerzos para tratar de conseguirlo y, salvo excepciones que confirman que merece la pena seguir intentándolo, los resultados no son de la eficacia que la Escuela requiere. Si se está convencido del beneficio que produce la colaboración de las familias en el proceso educativo, las instituciones deberían apostar decididamente por ello y poner los medios que se necesiten. Pienso, por tanto, que hay que dar un paso más en las estrategias seguidas hasta ahora y que la sociedad debería llegar a que se considerase un delito social que las familias no se preocupen de los estudios ni de la educación de los hijos. Hace unos años leí en un periódico que en un centro del sur de Tenerife se había presentado ante la Guardia Civil una curiosa y esperanzadora denuncia contra unos padres que hacían oídos sordos a sus requerimientos para que acudiesen a escuchar y preocuparse por cómo iban los estudios de sus hijos. A mí me pareció que esa era una medida correcta que habría que generalizar. Nunca supe en qué quedó aquel titular periodístico, ni he escuchado que se haya aplicado en otros lugares.

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