Sistema educativo: ¿sigue faltando dinero?

Romper las cadenas de la burocracia, promover el mérito y el esfuerzo y estimular el reconocimiento de la labor docente son algunas de las recetas para superar esta situación

Podríamos decir que una comunidad autónoma es una institución que se dedica, principalmente, a financiar la sanidad y la educación públicas. Suena a simplificación, pero si quitamos los servicios de la deuda y las transferencias a otras administraciones, más de las dos terceras partes del presupuesto de cada año van a esas dos áreas. La educación se lleva la segunda partida más importante, con algo menos de 2.000 millones de euros, pese al gran aumento de los últimos años, que ha elevado el gasto unos 400 millones con respecto a 2011. El aumento ha sido considerable. Sin embargo, reina una sensación de fracaso general que han confirmado estudios como el informe PISA, que ponía a Canarias a la cola de toda España.

La escena repetida, en cualquier entrevista a un político, cuando se le fuerza a que piense en los asuntos futuros con algo de profundidad, es que trate de escapar del brete señalando a la educación como la llave que abre las puertas del paraíso por venir. Resultará casi imposible encontrar, por otra parte, a alguien que plantee sin miedo la duda razonable acerca de si no será demasiado el volumen de dinero del contribuyente dedicado a la educación en las cuentas públicas. Todo aumento en este rubro será siempre aplaudido casi por unanimidad y nunca veremos a nadie atreverse a sugerir si acaso no se estará gastando mal y más de lo necesario. Por otra parte, son muy pocos los responsables públicos que no consideren necesaria una reforma educativa. Es más, España puede decirse que es un país donde esos deseos se hacen realidad con bastante frecuencia. De hecho, en estos momentos el gobierno de PSOE y Podemos acaba de lanzar una, la octava en 40 años. Un reformismo verdaderamente frenético. Sin embargo, pese a estos dos factores, lo de verdad persistente es esa sensación de fracaso que se tiene ante un sistema por el que se paga bastante más valor del que se recibe a cambio.

Las evaluaciones, como la citada del informe PISA, someten a un test de estrés periódico que casi siempre trae malas noticias. Ante estas bajas calificaciones, la respuesta de las autoridades suele caer en el simplismo de la necesidad de dotar más generosamente en el presupuesto al área de educación. Pero no parece estar allí el problema. De hecho, hubo un claro tirón de orejas a España por parte de la responsable de análisis de datos de PISA, Miyako Ikeda, para quien resulta “preocupante” que los países de la OCDE hayan incrementado un 15 por ciento su inversión por estudiante en los últimos diez años y que, sin embargo, “no se haya traducido en mejoras”.

Si miramos al ámbito canario, desde 2013 el dinero dedicado a educación no ha hecho más que aumentar, tanto en términos absolutos (pasa de 1.462 millones aquel año a 1.826 en 2020 y 1.944 en 2021), como en relativos, sumando en los presupuestos de 2020 unos 850 euros per cápita frente a los 690 de 2013. Aun así y pese a este fuerte y sostenido incremento, el presidente regional, Ángel Víctor Torres, se comprometía a finales de 2019 a cumplir con uno de los propósitos de la Ley canaria de Educación, para alcanzar en materia de inversión educativa cifras que equivalgan al 5% del PIB isleño para 2022. Esto significaría un nuevo aumento, de nada menos que del 25 por ciento, hasta llegar a los 2.286 millones de euros dentro de apenas dos años, a valores actuales del PIB. Bien es cierto que en ese momento no se imaginaba nadie que más tarde estaríamos bajo el imperio del coronavirus y que esa promesa, como otras, podría toparse con una realidad presupuestaria muy diferente.

La pregunta sigue siendo la misma, ¿se está gastando bien ese dinero? Según el peculiar análisis de Bryan Caplan, la formación universitaria es un enorme desperdicio de fondos públicos. En su libro Por qué el sistema educativo es una pérdida de tiempo y dinero (2018) argumenta que un diploma es sobre todo valioso porque “señala” a los posibles empleadores que los graduados tienen “ciertos niveles de inteligencia, ambición, voluntad de seguir instrucciones y capacidad de tolerar el aburrimiento”, que es un elemento muy presente en muchos trabajos. Después de veinte años como profesor universitario, estima que más del 80 por ciento del tiempo de un estudiante se dedica a hacer un trabajo que solo equivale a “señalizar” en lugar de adquirir habilidades laborales útiles. Vale destacar que Caplan es un egresado de Berkeley, con un doctorado en Princeton, y que es profesor de economía desde hace muchos años en la Universidad George Mason. “Personalmente, no tengo ninguna razón para arremeter contra el sistema educativo. Todo lo contrario. Sin embargo, toda una vida de experiencia, más un cuarto de siglo de lectura y reflexión, me convencen de que es una gran pérdida de tiempo y dinero. Casi todos los políticos prometen gastar más en educación. ¿Por qué? ¿Quieren que desperdiciemos aún más?”, afirma.

La importancia del docente

Menos polémico, pero con gran carga de profundidad, un trabajo de la consultora internacional McKinsey & Company se dedicó a estudiar de forma comparativa 25 sistemas educativos de todo el mundo, incluyendo 10 de los mejores desempeños, con la finalidad de encontrar qué hace que los mejores sean mejores. Entre otros asuntos, explica cómo algunas muy ambiciosas reformas en Estados Unidos y en el Reino Unido no sirvieron para nada, salvo para elevar la factura a pagar. Pero aporta algunas evidencias sobre los países que tienen un alto rendimiento en sus alumnos. Lo primero es el peso que le dan al nivel de los profesores, que sintetizan en una frase de un maestro coreano: “La calidad de un sistema educativo tiene como techo la calidad de sus docentes”. Explican así que los sistemas educativos con más alto desempeño atraen en forma constante gente más capacitada a la carrera docente, lo que lleva a su vez a mejores resultados académicos. Esto se logra por medio de un ingreso a la capacitación docente altamente selectivo, procesos efectivos de selección de los aspirantes más apropiados y buenos salarios iniciales (aunque no necesariamente extraordinarios). Con estas premisas se eleva el estatus de la profesión, lo que facilita la atracción de candidatos aun mejores. El otro eje que consideran de crucial importancia es tener en cuenta algo que parece obra de don Pedro Grullo: “La única manera de mejorar los resultados es mejorando la instrucción”, pero que se explica en que cuando un profesor ingrese a un aula cuente con los materiales, los conocimientos, la capacidad y, sobre todo, la ambición de llevar a los alumnos a superar lo hecho el día anterior. Y hacerlo nuevamente el día siguiente.

El estudio apunta como ejemplos a seguir los de Corea del Sur y Singapur, prueba de que un sistema educativo puede pasar de un bajo desempeño a un alto desempeño en unas pocas décadas. Este logro es aún más destacable dado que, por lo general, “lleva mucho tiempo notar los efectos de una reforma”. Según el estudio, todos los sistemas educativos que han experimentado importantes mejoras lo han logrado fundamentalmente porque han creado un sistema que es más eficiente en tres aspectos: conseguir gente más talentosa que se interese por la docencia, desarrollar a sus docentes para que sean mejores instructores y garantizar que estos instructores se brinden en forma consistente a todos los alumnos del sistema.

Normas, normas, normas

En vez de eso, el sistema educativo canario (el español) está enfermo de regulaciones. Y estas crean una montaña de obligaciones a los profesores, que los distrae de su tarea esencial. Distinto sería si se tuviera como base unas muy pocas y claras reglas, con unos contenidos generales que den paso a una amplia libertad curricular en todos los niveles, sumado a la posibilidad de libre elección de los centros. Cada colegio, cada instituto y cada universidad buscarían diferenciarse a través de la calidad y particularidad de su enseñanza, que rendirá cuentas ante los padres y los propios estudiantes, en una permanente reforma que atienda las necesidades de cada centro y no a las modas pedagógicas ni los vaivenes políticos que afectan a ministerios y consejerías. Al mismo tiempo, deberían simplificarse hasta el mínimo necesario los trámites y requisitos para fundar nuevos colegios y universidades.

Y quizá el cambio cultural más difícil de lograr en los tiempos que corren: despenalizar el mérito. Uno de los mayores incentivos que a lo largo de la historia ha tenido el hombre es el de que querer pasar de una situación dada a otra mejor. Si no se va a reconocer esa ansia de superación, ¿de qué valdrá el esfuerzo? Si una vez alcanzada la meta van a poner al último junto al que la cruzó primero, ¿qué sentido tiene haber corrido la carrera? El criterio de excelencia académica lleva tiempo cuestionado y el esfuerzo por alcanzar las mejores notas es cada vez menos premiado en los colegios e institutos.

Romper las cadenas de la burocracia que ata las manos de los profesores, promover el mérito y el esfuerzo personal, estimular el reconocimiento de la labor docente son algunas de las recetas posibles para superar esta situación. Una mayor inversión en educación no siempre significa mejora, sino que, probablemente, se traduzca solo en más dinero para pagar sueldos (algunos le llaman votos). Mirar con verdadera ansia de cambio positivo quizá no haga necesaria una reforma del sistema educativo, una más de las tantas que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo, sino más bien una sustitución por otro distinto.

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