En los últimos cinco años la ciencia canaria ha empezado a ostentar el papel del que nunca se le debió privar: motor de avance social y económico del Archipiélago. Han tenido que ocurrir crisis sanitaria y otra volcánica para demostrar en tiempo real el potencial de una apuesta por la investigación para reducir la incertidumbre y arrojar luz sobre el incierto futuro del Archipiélago. Una erupción y una pandemia después, en Canarias se empieza a hablar, tímidamente, de la posibilidad de subirse al carro de las economías basadas en el conocimiento.
Casi un lustro después de aquellos dos eventos traumáticos para la economía isleña, empiezan a emerger los primeros brotes de una apuesta promocionada –casi en su totalidad– por los fondos europeos de recuperación. Hoy son más de 70 las empresas en las Islas que han decidido emprender en actividades de I+D y esto se ha traducido en unos datos económicos bastante alentadores. Entre 2019 y 2023 el gasto de las empresas canarias en estas actividades ha crecido un 58% –logrando elevar el gasto en ciencia hasta el pico más alto de la historia de Canarias–, se han creado casi 650 empleos nuevos en el sector y se han triplicado las empresas de más de medio millón de euros cuya actividad principal es la investigación.
Pero esta mejora no solo es visible en las empresas. También las universidades y los centros de investigación están dando enormes saltos de calidad. El ejemplo más paradigmático es quizás el del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología (IPNA), que hasta hace unos años era la única sede del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Canarias –ahora también está el Instituto Español de Oceanografía (IEO) y el Instituto Geológico y Minero de España (IGME)–.
Aunque muchas figuras reconocidas de la ciencia canaria han pasado o colaborado activamente con el IPNA, como el químico Antonio González o el vulcanólogo Juan Carlos Carracedo, su investigación siempre había pasado algo desapercibida. Por eso quizás sus datos de actividad de estos últimos cuatro años sean de celebrar. Y es que en apenas un lustro el IPNA ha triplicado su actividad científica y su captación de fondos, contando por primera vez en su historia con un presupuesto que supera los 13,2 millones de euros.
Las universidades también se están beneficiando de este nuevo amanecer de la ciencia pese al delicado estado en el que se encuentran debido a las jubilaciones masivas de la generación del baby boom. La muestra es el rendimiento que está teniendo tanto la Universidad de La Laguna como la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria a la hora de captar fondos estatales o europeos que solo están al alcance de los mejores investigadores. La mejora ha sido notable. Este año pasado la ULL captó 3,5 millones de euros del Estado para sus proyectos punteros de investigación y la ULPGC consiguió 2,9 millones. En ambos casos supone una cifra muy superior a la lograda en años anteriores, lo que demuestra que cuando se invierte en ciencia de calidad, los frutos no tardan en madurar.
Pero las bondades y la calidad de nuestra ciencia no se sustentan si no hay conocimiento de por medio. Gracias a nuestros investigadores hemos podido atravesar una pandemia siendo una de las comunidades con menos muertes por covid, supimos cómo actuar ante un violento volcán y pudimos frenar la asolación que generó en 2023 uno de los incendios más voraces que ha vivido Canarias.
Pero la ciencia no solo nos ayuda a atravesar emergencias, también nos están dando las claves para saber cómo afrontar las consecuencias del implacable cambio climático, han puesto la patita en el espacio tras poner en órbita un satélite con ADN 100% canario y estudian las profundidades de nuestro océano para ver qué ocurre con el volcán de Enmedio. Otros intentan ‘diseccionar’ la calima para ver qué compuestos están entrando directamente en nuestros pulmones o descubrir a pasos agigantados cuántas especies (especialmente de insectos) hay en el Archipiélago para que podamos saber cómo puede afectar su desaparición a nuestro medio.
Crecimiento exponencial
Con todo ello, podemos decir que el crecimiento de la actividad científica en Canarias es exponencial y en los últimos años ha demostrado no solo ser una palanca de conocimiento, sino también de atracción de inversiones y una posible vía de escape económico.
Sin embargo, y pese a los pasos adelante, esta apuesta por la ciencia adolece una mayor decisión por parte de los Gobiernos para poder sacar a Canarias de otro de los vagones de cola en los que se encuentra junto a la Sanidad, el Bienestar Social o la Educación (los cuatro pilares en los que se basa el estado de bienestar). Y, además, corre el riesgo de pasar de moda antes siquiera de poder asentarse para poder crecer sin necesidad de apoyo.
Con la legislatura que se abrió el año pasado –conformada por Coalición Canaria y Partido Popular–, el Gobierno de Canarias decidió dar un paso al frente y renovar su organigrama para darle una mayor relevancia a la ciencia. La creación de la Consejería de Ciencia ha sido uno de los hitos más importantes de este nuevo curso político y también una “declaración de intenciones” que no ha sido pasada por alto. De hecho, muchos miembros de la comunidad científica se han congratulado por esta decisión.
Con esta nueva cartera, que coloca por primera vez la Agencia Canaria de Investigación en un lugar más adecuado –antes se encontraba perdida dentro áreas más económicas– se ha obligado a que los asuntos científicos tengan un hueco en el debate parlamentario y su financiación no pase desapercibida.
Sin embargo, más de un año después el esfuerzo se torna insuficiente. En parte por el desconocimiento de sus señorías para abordar estos temas de los que nunca han tenido que debatir, pero también por la falta de formación de quien dirige el área para marcar una hoja de ruta clara sobre cómo queremos que crezca y arraigue la ciencia en Canarias.
Esta falta de una guía clara causa que el sistema científico isleño se siga sustentando en un batiburrillo de proyectos ambiciosos que muchas veces no se comunican entre sí, aunque su propósito sea el mismo. Y aunque es cierto que la ciencia avanza cuando varios investigadores llegan de diferentes formas a la misma conclusión; no estaría de más que, estando en el mismo archipiélago o incluso en la misma isla, pudiéramos hablar de un apoyo constante entre las partes. Las universidades lo han entendido y, en casi todos sus proyectos, trabajan en conjunto.
Pero entre ellas y los centros de investigación existe una competencia feroz por los escasos fondos y recursos que no pocas veces acaba provocando roces. Y eso sin hablar de la duplicidad de funciones que provoca el hecho de que en Canarias se hayan establecido tanto centros estatales como autonómicos para un mismo fin, provocando rencillas que en algunos casos trascienden el ámbito laboral y que suponen un obstáculo para el avance científico.
Por tanto, una vez hemos entendido cuál es el lugar de la ciencia nos toca pararnos a reflexionar. Los poderes políticos, pero también la sociedad en su conjunto, debe hacer un ejercicio para pensar cuál es el modelo científico por el que queremos apostar y qué actuaciones son necesarias para poder llevarlo a cabo. El dinero no es ilimitado –y con el fin de los fondos Next Generation es probable que sea bastante finito– así que urge establecer las prioridades de nuestro sistema. La ciencia canaria debe ser exquisita y con un poco más de mimo estoy segura de que se puede conseguir.