Empecé a impartir formación sobre presentaciones en público a comienzos de 2008. Llevaba unos años ayudando a amigos y conocidos que, puntualmente, me comentaban su preocupación porque tenían que hablar en público y enfrentarse a situaciones que no controlaban. Al parecer, yo era la única persona que había recibido alguna formación al respecto. Aquello había sucedido en Alemania, donde trabajé en una multinacional en los años 90.
Cuando nunca has tenido que exponer nada ante un grupo de personas, no sabes ni lo que se siente. Ese había sido mi caso. Ni en el colegio, ni en el instituto, ni en la universidad. Nunca. Años de carrera de ingeniería sin haber hablado formalmente ante público, ya fuera a una clase de compañeros o ante un tribunal. Nada. Y cuando esto pasa, lo eliminas de tus competencias posibles porque, sencillamente, no existe.
Hasta que puse el pie en la empresa alemana y, sin comerlo ni beberlo, nos aislaron en un hotel a los nueve ingenieros de toda Europa, recién incorporados, para someternos a un intensivo de comunicación grupal durante nada menos que cinco días. De la mañana a la noche nos curtieron en las distintas técnicas y posibilidades para hablar eficazmente en público y hacer presentaciones técnicas de alto impacto. Incluso incorporando la muy reciente programación neurolingüística. Y luego, al ruedo del trabajo real, donde realmente se aprende a adaptar la teoría a las situaciones, favorables o críticas, que te encuentras en el camino.
Años más tarde, ya de vuelta en España, descubrí que la carencia seguía ahí. No es que los profesionales lo hicieran mal o bien. Es que el resultado de sus exposiciones dependía únicamente de su intuición, de su personalidad y de su experiencia. En muy pocas ocasiones la capacidad de oratoria se manifiesta como un don natural. Y, entonces, llegar a dominar la situación requiere años de prueba y error. Un proceso que una formación adecuada puede acortar drástica y eficazmente.
No ha formado parte de nuestra cultura ni la más remota posibilidad de recibir formación sobre oratoria. Sencillamente, se ha despreciado, igual que sucede con otras habilidades personales, llamadas habilidades blandas o soft skills. Sin embargo, se echa mucho de menos cuando nos vemos inmersos en el mundo laboral y nos cae el primer compromiso para presentar algo en público. Y esa necesidad detectada por la mayoría de los profesionales no ha encontrado el camino, aguas arriba, para influir en la formación previa que recibimos.
Curiosamente, las empresas actuales, sobre todo medianas y grandes, valoran muchísimo la capacidad de expresarse eficazmente. Este hecho no es paradójico, sino lógico: como quiera que la comunicación es aún un bien escaso entre los profesionales, se da un gran reconocimiento a quien posee esta competencia, normalmente adquirida y rara vez innata.
Según recientes estudios de organizaciones como World Metrics y Ambition ABA, algo más del 75% de la población experimenta algún grado de miedo o ansiedad al hablar en público. Incluso ajustando a la baja este valor si observamos solo el mundo de la empresa, seguirá siendo una cifra extremadamente alta para una característica profesional que debería ser demandada –cuando no exigible– a según qué puestos laborales.
Habilidad estancada
Esta foto de la situación, aunque no extensamente detallada, parecería indicar que la formación demandada por las organizaciones y la ofrecida por formadores deberían estar tendiendo a un punto de encuentro. Pero no es así. Este desequilibrio puede deberse, bien a la poca sensibilidad por parte de las empresas –es decir, por parte de las personas que conforman las empresas–, bien a la escasa y difícil labor promocional de los formadores expertos o de las empresas de formación. Como quiera que sea, esta habilidad está estancada y parece no evolucionar.
Este estancamiento puede parecer contradictorio en un mundo donde la comunicación es esencial, pero hay razones claras que lo explican. En primer lugar, la transición hacia el entorno digital ha cambiado las reglas del juego, y la formación en comunicación no siempre ha sabido adaptarse a la velocidad que demandan las nuevas plataformas y tecnologías. La necesidad de aprender a hablar en público se ha expandido al ámbito virtual, y es aquí donde surge un nuevo desafío: el fenómeno de la fatiga Zoom, documentado en estudios recientes.
Un informe de la Universidad de Columbia identifica cuatro causas principales de este agotamiento. La primera es el contacto visual excesivo en las video llamadas, que puede resultar invasivo y generar estrés. La segunda es la constante visualización de uno mismo, lo que fomenta la autoevaluación y reduce la naturalidad en la comunicación. La tercera se refiere a la limitación del movimiento corporal, que dificulta la expresión no verbal, y finalmente, el esfuerzo cognitivo adicional necesario para interpretar las señales no verbales a través de una pantalla, lo que aumenta la carga mental y emocional durante las reuniones virtuales.
Estos nuevos entornos de comunicación exigen no solo una adaptación tecnológica, sino también una formación que ayude a los profesionales a mitigar estos efectos y a mejorar su capacidad de interacción en plataformas digitales. Aquí es donde entran en juego nuevas metodologías, como el data storytelling. En un mundo cada vez más impulsado por datos, la habilidad de contar historias basadas en cifras se está convirtiendo en un activo crucial. El data storytelling transforma datos complejos en narrativas accesibles, permitiendo que los profesionales no solo comuniquen información, sino que lo hagan de manera que conecte emocionalmente con su audiencia. Esta técnica ha demostrado ser especialmente efectiva en sectores como el marketing, la investigación y la consultoría, donde los números deben presentarse de forma atractiva y comprensible para influir en la toma de decisiones.
Además, la neurociencia ha aportado conocimientos valiosos que se están comenzando a integrar en estas formaciones. Hoy se sabe mucho más sobre cómo funciona el cerebro durante una presentación y qué elementos ayudan a captar y mantener la atención de la audiencia. Las técnicas basadas en la neurociencia de la comunicación, que incluyen el manejo del storytelling, el uso de metáforas visuales y la modulación de la voz para generar emociones, son parte de los nuevos cursos de comunicación avanzada. Este enfoque también se ha visto potenciado por la creciente popularidad de la programación neurolingüística (PNL) que ya había comenzado a usarse en el pasado pero ahora ha ganado un nuevo protagonismo en la formación corporativa.
La PNL, en particular, se centra en cómo los patrones de comunicación impactan la mente, y esto es especialmente relevante en el mundo empresarial, donde se busca influir en el comportamiento de las audiencias. La integración de la PNL en la formación en comunicación no solo ayuda a que los mensajes lleguen de manera más efectiva, sino que también potencia la capacidad de los comunicadores para ajustar su mensaje a diferentes públicos y situaciones. Esto resulta esencial en un entorno donde la adaptabilidad y la flexibilidad son cada vez más demandadas.
Mirando hacia adelante
La formación en comunicación está en un punto de inflexión. Aunque ha avanzado en ciertos aspectos, todavía existe una desconexión significativa entre la demanda de habilidades comunicativas en el entorno laboral y la oferta formativa actual. La integración de nuevas tecnologías y metodologías como el data storytelling, junto con una mejor preparación para los entornos digitales, será clave para cerrar esta brecha. Las empresas que inviertan en formar a sus empleados en estas competencias estarán mejor posicionadas para enfrentar los retos del futuro.
El camino a seguir no solo implica adaptar las formaciones actuales, sino reinventarlas por completo, incorporando las lecciones aprendidas durante la pandemia y aprovechando los avances en neurociencia y tecnología. En un futuro cada vez más interconectado, la capacidad de comunicar eficazmente, ya sea en un escenario o en una pantalla, será uno de los diferenciadores más valiosos en el mercado laboral. Y es precisamente esta habilidad la que determinará quiénes podrán destacar en un entorno donde la comunicación clara y efectiva no es solo deseada, sino exigida.