En el año 2024 Canarias volvió a situarse en el centro de la atención meteorológica por la intensidad y la peculiaridad de los fenómenos registrados. Lejos de ser un año anodino, la sucesión de episodios cálidos, la persistencia de la sequía y los contrastes puntuales de precipitaciones dejaron un balance que merece ser contado. Según los datos de la Agencia Estatal de Meteorología, el archipiélago vivió el segundo año más cálido de las últimas décadas, con una anomalía de 1,2º C, y, al mismo tiempo, el más seco desde 1961, una combinación que resume de manera clara la huella del cambio climático sobre estas islas atlánticas.
El relato de 2024 comienza marcado por un contexto global: las temperaturas medias del planeta alcanzaron máximos históricos y, en ese marco, Canarias no fue una excepción. La influencia del anticiclón de las Azores, los vientos cálidos de componente sur y este y la reiterada presencia de calima fueron determinantes para explicar por qué en numerosos momentos del año los termómetros superaron registros habituales. Lo más llamativo se produjo tanto en enero como en noviembre, cuando ambos se convirtieron en los meses más cálidos (comparado con todos los enero y noviembre de la serie), en Canarias desde que existen datos comparables. Durante varios días, las temperaturas máximas se dispararon por encima de los 30º C en zonas costeras e incluso en áreas de medianías, mientras las noches se mantuvieron inusualmente templadas, generando la sensación de un verano tardío que parecía resistirse a abandonarnos. Solo septiembre tuvo un carácter muy frio dentro de un año en el que predominaron los meses (8 de los 12 meses) con carácter cálido, muy cálido y extremadamente cálido.
Los meses finales del año prolongaron esa situación. Diciembre, pese a la llegada de borrascas y descuelgues de masas de aire frías en la Península, mantuvo en Canarias un tono anómalo, con temperaturas de media casi un grado por encima de lo normal. Apenas hubo noches frías, salvo en cotas altas, y lo que predominó fueron madrugadas templadas, con numerosas noches tropicales (se denominan noches tropicales a aquellas en las que se registran temperaturas mínimas superiores a los 20º C), incluso bochornosas en algunos episodios acompañados de calima. Estos episodios de polvo en suspensión no solo redujeron la visibilidad y tiñeron el cielo de tonos ocres, sino que empeoraron la calidad del aire y obligaron a extremar precauciones en sectores vulnerables de la población.
La otra cara de la moneda fue la lluvia. Si en otros años la llegada del otoño servía para equilibrar el balance hídrico, en 2024 la espera resultó en vano. El año acabó con apenas 139,8 litros por metro cuadrado de precipitación acumulada de media en el conjunto de las islas, una cifra que representa poco más de la mitad del valor esperado y que lo convierte en el año más seco de la serie histórica. Lo más preocupante no es solo el valor absoluto, sino la repetición de situaciones deficitarias en los últimos años, que apuntan a una tendencia más estructural que coyuntural. La sequía se dejó notar en la agricultura, en los embalses y en los ecosistemas naturales, sometidos a un estrés creciente.
Es cierto que hubo episodios puntuales de lluvias intensas, capaces de dejar registros muy elevados en pocas horas, como ocurrió en diciembre en el norte de La Palma o en el sur de Gran Canaria. Sin embargo, fueron fenómenos muy localizados, que no bastaron para compensar la falta generalizada de precipitaciones. Más bien al contrario, esas lluvias concentradas en cortos intervalos provocaron problemas de escorrentías, inundaciones locales y dificultades para una adecuada infiltración en el suelo. Es el rostro paradójico de la sequía: meses de escasa precipitación que, de repente, se ven interrumpidos por episodios de precipitaciones cuantiosas y que localmente adquieren un carácter torrencial lo que provoca más riesgos que beneficios.
Perspectiva temporal
El balance meteorológico de 2024 no puede desligarse de una mirada histórica. Canarias siempre ha sido una tierra de contrastes climáticos, con islas y vertientes donde llueve de manera generosa y otras donde apenas se acumulan unos pocos litros al año. Pero lo vivido este año va más allá de esa variabilidad natural. El hecho de que 2024 haya sido el más seco de toda la serie que arranca en 1961 y, al mismo tiempo, el segundo más cálido, muestra la intensidad con que el cambio climático empieza a hacerse presente en el día a día. Se trata de cifras récord que, lejos de ser anécdotas estadísticas, impactan en la gestión del agua, en la salud de la población y en sectores económicos tan sensibles como la agricultura y el turismo.
La combinación de calor y sequía se tradujo en múltiples impactos. Según los datos del Instituto de Salud Carlos III, en Canarias fallecieron 52 personas atribuible al exceso de calor. Además, los cultivos de secano sufrieron notoriamente la falta de lluvias, mientras que los sistemas de riego se vieron sometidos a mayor presión. Los embalses se mantuvieron en niveles bajos durante buena parte del año, lo que obligó a incrementar la dependencia de la desalación y la reutilización de aguas, sectores estratégicos en las islas. Al mismo tiempo, la vegetación natural experimentó un estrés hídrico prolongado, reduciendo la floración de especies emblemáticas y aumentando la vulnerabilidad ante incendios forestales. Aunque 2024 no fue un año de grandes incendios en Canarias, las condiciones predisponentes estuvieron presentes durante buena parte del verano y el otoño.
Desde el punto de vista de Fenómenos Meteorológicos Adversos (FMA), en el año 2024 el Grupo de Predicción y Vigilancia de Canarias emitió para el corto plazo (día actual y día siguiente) 129 boletines de aviso de nivel amarillo y 48 boletines de nivel naranja y/o rojo. Para el medio plazo (pasado mañana) 107 de nivel amarillo y 25 de nivel naranja y/o rojo. Son números nada desdeñables, ya que hay que tener en cuenta que un mismo boletín puede incluir distintas variables meteorológicas que dan lugar a varios FMAs. En cuanto a los episodios significativos acaecidos en 2024 en Canarias, destacan las siguientes borrascas de alto impacto:
— Borrasca Garoe: Su paso por Canarias a final de enero de 2024 produjo tormentas, precipitaciones intensas, viento intenso y mala mar.
— Borrasca Nuria: Tuvo lugar a principios de abril. Dejó rachas de viento huracanadas (>120 km/h), precipitaciones intensas y fenómenos costeros adversos.
— Borrasca Oliver: También en abril produjo un episodio de precipitaciones muy fuertes y torrenciales, fenómenos costeros y vientos intensos.
— Borrasca Dorothea: Vientos huracanados, fenómenos costeros y polvo en suspensión.
En definitiva, el año 2024 en Canarias quedará registrado como un año de extremos: calor casi constante, lluvias insuficientes y episodios puntuales de gran intensidad. Un año que refleja de forma nítida la nueva normalidad climática a la que se enfrentan las islas y que invita a redoblar los esfuerzos para adaptarse a un futuro en el que estos fenómenos, lejos de ser excepcionales, se volverán cada vez más frecuentes. Lo que en el pasado se consideraba insólito hoy empieza a ser recurrente. Y esa es, sin duda, la gran enseñanza de un 2024 que obliga a repensar la relación de Canarias con su clima.