Si hay algo que queda claro en el panorama artístico de Canarias es que la cooperación interinstitucional es decisiva. El préstamo del Prado a Santa Cruz y la capacidad de Caixa Forum para desplegar proyectos de gran formato en la ciudad, demuestran que Tenerife puede ser sede de circuitos destacados. Las Palmas, por su parte, reforzó durante el pasado 24, lazos con el ámbito africano y atlántico a través de Casa África y la proyección internacional del CAAM. En ambos casos hablamos de vasos comunicantes que sitúan a las islas en contextos más amplios, sin perder especificidad. Al tiempo, tenemos que aceptar que hablar de arte en Canarias es reconocer que nos movemos en un ecosistema cultural fragmentado. Tenerife con el TEA, la Fundación Cristino de Vera o el Instituto Cabrera Pinto a los que se suman la galería Artizar o Bronzo como espacios privados, entre otros; Gran Canaria, con el CAAM, la Fundación Martín Chirino, Fundación Mapfre Canarias y galerías privadas como Manuel Ojeda o Saro León como destacadas; a todas estas muestras se suman espacios de La Palma, con el eco de la erupción como telón de fondo y Lanzarote o Fuerteventura, donde la relación con el paisaje volcánico y el viento redefinen la plástica.
El archipiélago, por tanto, a diferencia de otros territorios del Estado, no se deja reducir a escuelas ni a corrientes en cuanto a plástica se refiere: se trata más bien de un mosaico en movimiento, atravesado por diferentes ejes donde la memoria y el territorio son una constante. En 2024 esos ejes se reactivaron con fuerza, tejiendo un mapa donde la pintura dialogó con la instalación, la escultura con la fotografía, y donde la mirada hacia África o Latinoamérica siguió siendo un espejo imprescindible.
En Tenerife, en el espacio TEA, una de las muestras más visitadas del año fue la antológica dedicada a Óscar Domínguez que abarcó diversas etapas de su carrera, un viaje profundo a través de su evolución como creador y de su contribución al surrealismo internacional a través de sus lienzos, dibujos, y objetos surrealistas. Esta exposición planteó entre otras cosas una reflexión sobre la relación de Domínguez con las Islas Canarias y su capacidad para transformar la realidad en su pintura. El paisaje volcánico, el mar y la atmósfera de las islas fueron recurrentes en la muestra, aunque preferentemente representados como símbolos cargados de una complejidad emocional y psicológica.
En paralelo, los últimos coletazos de Fotonoviembre, bienal de fotografía que estiró su presencia hasta marzo de 2024 con ¿Cuánto dura un eco? comisariada por Violeta Janeiro. Esta exposición articuló un recorrido por prácticas fotográficas de los años 60 y 70 que documentaron la irrupción del movimiento feminista en el espacio público. El interés aquí no fue el revisionismo por sí mismo, sino reactivar el archivo como campo de batalla contemporáneo evidenciando además cómo la fotografía construye memoria colectiva y puede reencuadrar genealogías invisibilizadas. En la bienal también, La proclama herética, concebido como un proyecto expositivo y programa de actividades. En este mismo espacio, La eterna adolescencia, de Álvaro Urbano, dejó una instalación inmersiva que funcionó como arqueología emocional y arquitectónica de deseos, con un lenguaje cercano a la escenografía y el cine. Doble ciego, de Adrián Alemán, fue otra de las propuestas. Con curaduría de Néstor Delgado, se incidió en procedimientos de lectura y relectura de la imagen técnica—a contraluz del consumo acelerado de visualidades—y dialogó con el músculo fotográfico histórico de este centro de arte.
Continuando en la misma isla, dos gestos de rango patrimonial y de divulgación que ampliaron el espectro de públicos. Por un lado, la presencia temporal de Cabeza de venado, de Velázquez, en el Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz; una operación de diplomacia cultural que activó el museo local al tiempo que tendió puentes con el circuito nacional y, sobre todo, demostró que la ciudad puede acoger obras maestras con garantías y respuesta ciudadana. Por otro, la muestra itinerante Nikola Tesla. El genio de la electricidad moderna, programada por CaixaForum que aunó, ciencia, tecnología y cultura visual, operando más en clave de experiencia pública que de campo artístico estrictamente hablando.
En la ciudad de La Laguna, la obra de Pino Ojeda, figura fundamental dentro del panorama artístico y literario de la segunda mitad del siglo XX en Canarias y Concha Ibáñez, creadora que reivindicó el papel de la mujer en el mundo del arte, se mostró en la Fundación Cristino de Vera.
También en esta ciudad, dentro de los espacios privados, Artizar se consolidó en 2024 como un núcleo vital del arte contemporáneo en Tenerife. Su programación combinó entre otros títulos, Celebración, de Luís Palmero, la exploración de Laura Mesa, Después de la calma, de Carlos Nicanor y el reencuentro de la pintora Elena Galarza, apuntalando su compromiso con el presente artístico canario.
Las Palmas, por su parte, desplegó un variado abanico de artistas e instituciones teniendo al CAAM como principal núcleo de arte contemporáneo al que se sumaron otros espacios como la Fundación Martín Chirino, Casa África o La Regenta. El Centro Atlántico de Arte Moderno centró su 2024 en reactivar el archivo y la memoria con las exposiciones Legado Juan Hidalgo y Legado Juan Hidalgo 2, con la que la institución rindió homenaje a este artista conceptual, vinculando su obra con las prácticas experimentales actuales. También Tyrannosaurus Rex, Arcoíris y Saturno o Media Persea, de Idaira del Castillo, en San Antonio Abad, una exposición que puso en primer plano una pintura material, reciclada y friccional, lejos del politeísmo de pantallas que domina cierta escena.
En paralelo, la individual de Teresa Arozena, Kanarische Landschaften, donde se trabajó el paisaje turístico de Canarias desde la fotografía contemporánea, problematizando la mirada y la construcción económica de territorio. No olvidar dentro de la agenda de este centro de arte, la obra escultórica de Nicanor, que, con sus dos caminos, el monumental y lo íntimo, presentó piezas de enorme impacto visual.
A vueltas con Chirino
Más allá del CAAM, la Fundación Martín Chirino presentó Homenaje a la música. Sonoridad de la materia, una muestra que reordenó la lectura del escultor desde su diálogo con lo musical. La tesis curatorial —a cargo de David Cortés Santamarta y Jesús M. Castaño— activó la escucha como modo de ver, entender la espiral y el hierro de Chirino como vibración y ritmo, no sólo como forma. El Castillo de La Luz, sede de la Fundación, demostró así su potencial para lecturas monográficas que aportan claves nuevas sobre artistas fundamentales del siglo XX.
Sin salir de la isla, la Casa África se presentó como puente internacional con Akouédo, de Paula Anta; una serie fotográfica del barrio del mismo nombre en Abiyán (Costa de Marfil). La exposición, ampliada hasta septiembre, planteó una crítica a la economía global de residuos y a las geografías del desecho, pero desde una estética de campo, escala, detalle, flujo, más cercana a la escultura de lo cotidiano que al fotoperiodismo clásico. Casa África volvió a funcionar como plataforma paradigmática de cooperación cultural sur-norte, trayendo al centro del debate insular problemáticas que son a la vez locales (gestión de residuos, sostenibilidad) y globales en la que los desechos se convirtieron en metáforas, recordando una vez más, la vigencia del continente africano en los temas de sostenibilidad. En cuanto al Centro de Arte La Regenta —espacio del Gobierno de Canarias con una línea histórica de apoyo a la creación emergente y a las pedagogías— su programación de 2024 combinó muestras individuales y colectivas con un fuerte componente didáctico reforzando su papel de cantera del tejido artístico local.
Todo este labor se reforzó además con las diferentes muestras de ámbitos privados como es el caso de la galería Manuel Ojeda, el espacio de Saro León o el Open studios en Alcaravaneras.
Después de este breve y personal recorrido por el arte en el 2024 en cuanto a plástica se refiere, queda claro que, el arte en Canarias no puede desligarse de su condición insular. Esa condición la hace diferente y, lejos de ser problema o límite, puede ser un motor creativo diferencial que tiene que verse ayudado, fomentado y motivado por las diferentes instituciones públicas. Esta colaboración y apoyo a su vez, tiene que extenderse a todos los ámbitos, especialmente al sostén silencioso de las galerías privadas reforzando su la labor heroica en la actualidad en nuestro Archipiélago.