En 2024 vivimos un auténtico boom de la inteligencia artificial (IA) en el mundo. Lo que hasta hace poco parecía un recurso exclusivo de laboratorios tecnológicos o de películas de ciencia ficción, se ha convertido en una herramienta cotidiana para millones de personas. Aunque la apertura al gran público comenzó en 2022, con la llegada de los primeros sistemas conversacionales y generadores de imágenes accesibles a cualquiera con un teléfono móvil o un ordenador, ha sido en los últimos dos años cuando la IA se ha normalizado: se usa en colegios, universidades, empresas y hasta en el ocio personal.
Este salto repentino en la popularidad de la IA ha generado entusiasmo, pero también dudas y malentendidos. Por eso, cuando hablamos de su papel en campos tan sensibles como la vigilancia volcánica, es importante explicar qué puede y qué no puede hacer, y sobre todo, cómo los científicos estamos usando ya la IA hace años en beneficio de la sociedad.
¿Qué es exactamente la IA?
La inteligencia artificial es, en esencia, un conjunto de técnicas que permiten a un ordenador aprender a realizar tareas para las que no está específicamente programado, sino que se entrena con ejemplos. Dicho de forma sencilla, en lugar de escribir una lista de instrucciones fijas, se le muestran al sistema miles o millones de casos hasta que aprende a reconocer patrones y a dar respuestas razonables.
Un ejemplo cercano: si le damos a un algoritmo de IA miles de imágenes de perros y gatos, con su etiqueta correspondiente, acabará aprendiendo a distinguirlos incluso en fotos nuevas que nunca ha visto. Lo mismo se puede hacer con sonidos, textos, imágenes médicas… o con señales volcánicas.
Cuando la IA se usa mal
El éxito de la IA en el público general ha traído consigo un problema: se le hacen preguntas para las que no está preparada. Una IA generativa como ChatGPT, Bard o Gemini puede escribir poemas o resúmenes con fluidez, pero no tiene acceso a datos en tiempo real de todos los fenómenos naturales del planeta. Además, debemos recordar que la IA no razona, no piensa, sino que se entrena con lo que los humanos le damos, pero los fenómenos naturales como los volcanes requieren de un conocimiento extenso y un razonamiento en el análisis de datos. Así, de vez en cuando aparecen titulares llamativos: alguien le pregunta a la IA cuándo entrará en erupción el Teide y esta, como está diseñada para responder, aunque no tenga la información, inventa una fecha o un escenario. El resultado: desinformación que circula en redes sociaes y que puede generar alarma.
Predecir erupciones volcánicas con día y hora exactos es, hoy por hoy, imposible. Ni los volcanólogos ni las máquinas pueden hacerlo. Lo que sí podemos hacer es detectar señales precursoras que aumentan la probabilidad de que ocurra una erupción y comunicar esos cambios de forma rigurosa.
¿Por qué la volcanología necesita IA?
Los volcanes son sistemas caóticos y complejos. Imagina un motor en el que cada pieza está sometida a presiones y temperaturas extremas, conectado con otras piezas que ni siquiera vemos. En la superficie solo observamos una fracción de lo que ocurre en el interior de la Tierra.
La vigilancia volcánica se basa en múltiples técnicas:
Sismología, que registra los terremotos asociados al movimiento del magma.
Geodesia, que mide la deformación del terreno producida por el empuje del magma con estaciones GPS y satélites.
Geoquímica, que analiza la composición y cantidad de gases magmáticos emitidos como el dióxido de carbono o el dióxido de azufre.
Observaciones satelitales y drones, que aportan imágenes térmicas o cambios en el relieve.
Cada técnica genera cantidades enormes de datos. Y esos datos no siempre son fáciles de interpretar, porque los cambios pueden ser muy sutiles. La IA se convierte aquí en una aliada: puede procesar esos volúmenes de información, detectar patrones escondidos entre miles de señales y alertarnos de anomalías que un humano tardaría mucho más en encontrar.
La IA en volcanología: un viaje que empezó hace tiempo
Aunque pueda sonar novedoso, en volcanología llevamos usando IA desde hace años, especialmente mediante técnicas de machine learning o deep learning. Son algoritmos entrenados con extensas bases de datos para realizar tareas concretas.
Un ejemplo reciente está en la isla de La Palma, tras la erupción en 2021, el Instituto Geográfico Nacional (IGN) ha implementado sistemas automáticos para detectar y localizar terremotos de forma más rápida y eficiente. Antes, la tarea requería que un sismólogo revisara manualmente los registros. Ahora, un algoritmo entrenado con los datos de la erupción es capaz de reconocer de manera casi instantánea la firma de un sismo y ubicarlo con precisión. Esto no sustituye al experto humano, pero sí le ahorra tiempo y le permite concentrarse en el análisis más profundo de los fenómenos. Sin embargo, no todo está resuelto. La aplicación de IA en volcanología enfrenta varios retos como, por ejemplo:
Multidisciplinariedad de los datos. No es lo mismo procesar señales sísmicas que imágenes de satélite o mediciones de gases. Integrar estas fuentes diversas en un único sistema de análisis inteligente es un desafío científico y tecnológico.
Volcanes poco vigilados. La mayoría de los avances se dan en volcanes con buena instrumentación (Italia, Japón, Canarias, Islandia, Hawai). Pero existen cientos de volcanes activos en zonas con escasos recursos, donde instalar redes densas de vigilancia no es posible. La IA debe adaptarse a trabajar con menos datos y mayor incertidumbre.
Interacción con decisiones humanas. Al final, una IA puede detectar patrones y sugerir alertas, pero la decisión de activar una alarma volcánica corresponde a equipos humanos. La clave está en lograr un equilibrio: confiar en la rapidez y precisión de las máquinas sin perder el criterio experto de los volcanólogos.
Un vistazo a la actividad volcánica en Tenerife en 2024
El interés por aplicar IA en Canarias es evidente, porque aquí convivimos con volcanes activos. La isla de Tenerife, por ejemplo, no muestra signos de erupción inminente, pero sí registra señales de actividad interna que hay que vigilar. A principios de 2025 se comunicó que hay una serie de señales nuevas que pueden estar relacionadas con la actividad volcánica y que durante el año 2024 se intensificaron. Por un lado, se ha detectado una deformación muy lenta de menos de un centimetro al año desde mediados de 2023. Esto se pudo detectar simultáneamente con mediciones de GPS y técnicas InSAR teniendo en cuenta que los valores detectados se encuentran en el límite de detección de estas técnicas. Además, se ha detectado un aumento en la emisión difusa de CO2 en el cráter el Teide que ya era visible en 2016 pero se acentuó en 2023 y 2024. A esto debemos añadir que la sismicidad sufrió un ligero aumento en 2016 y desde entonces hemos registrado seis enjambres sísmicos de pequeños terremotos en la zona de Las Cañadas y concretamente en noviembre de 2024 se registró uno de eso enjambres.
Ninguna de estas señales implica, por sí sola, una erupción próxima. Pero, al analizarlas en conjunto y de manera continuada, podemos comprender mejor el comportamiento del sistema volcánico. Y es aquí donde la IA puede aportar una ventaja clara: integrar los datos y reconocer patrones ocultos que anticipen cambios relevantes.
Conclusiones: un futuro híbrido
La inteligencia artificial no va a sustituir a los vulcanólogos. Lo que sí va a hacer —ya lo está haciendo— es potenciar nuestras capacidades. Permite ver antes, más y mejor los datos. Nos libera de tareas repetitivas para que podamos dedicar más tiempo al análisis y a la interpretación.
El futuro de la vigilancia volcánica es híbrido: humanos y máquinas trabajando juntos. Los algoritmos nunca sustituirán la experiencia de un científico en campo, que conoce el terreno, la historia geológica y el contexto social. Pero tampoco podemos prescindir de la velocidad y la capacidad de cálculo que aporta la IA.
En definitiva, la IA es una herramienta poderosa, pero no infalible. Usada con rigor y sentido crítico, nos ayudará a comprender mejor los volcanes y a prepararnos con mayor anticipación frente a futuros episodios eruptivos.
Y lo más importante: recordemos que detrás de cada decisión sobre un volcán no hay una máquina, sino un equipo humano con un objetivo claro: proteger a la población y reducir el riesgo volcánico.