La Memoria Institucional de 2024 de Cáritas Diocesana de Tenerife ha recogido este año un paisaje social que viene marcado por contradicciones importantes que no admiten atajos. En los documentos aparecen indicios de mejora: medidas públicas que se han puesto en marcha como el Ingreso Mínimo Vital o el aumento del Salario Mínimo Interprofesional han aliviado situaciones y modificado algunos indicadores económicos. En la práctica cotidiana que podemos observar, sin embargo, documentamos otra realidad persistente y preocupante: la pobreza y la exclusión social se consolidan, se cronifican como venimos reiterando año tras año y, con ello, se reproducen vulnerabilidades que condicionan hogares enteros y fracturan proyectos de vida.
Durante el año 2024, Cáritas acompañó a 14.929 personas y a 4.350 hogares repartidos por los 17 arciprestazgos de la Diócesis Nivariense. Entre las personas atendidas había 2.838 menores, un dato que, más allá de su valor estadístico, interpela sobre el presente y el futuro: cuando la pobreza atraviesa la infancia, las consecuencias sociales y educativas se propagan con intensidad y prolongación. Aunque el número total de personas atendidas representa un descenso del 12% respecto a 2023, este alivio cuantitativo no debe interpretarse como victoria definitiva: los niveles registrados regresan, en términos generales, a la situación previa a la pandemia, lo que constata que la emergencia inicial ha quedado atrás sin que se haya resuelto el problema de fondo.
Hablo de un problema de fondo que se manifiesta en múltiples frentes, todos interrelacionados. Hoy el acceso a una vivienda digna se ha convertido en una cuestión cada vez más acuciante y sufrida por cada vez más capas de la sociedad; la precariedad laboral, el trabajar sin llegar a fin de mes y la falta de oportunidades de mejora afectan la estabilidad y la autonomía de muchas familias; la soledad y la fragilidad de las personas mayores que demandan respuestas de acompañamiento sostenidas en el tiempo; y la llegada, acogida y la convivencia de personas migrantes que se acercan a nuestra sociedad requieren procesos que vayan más allá de la mera temporalidad y atención a la urgencia. A todo ello se suma la presencia transversal y creciente de dificultades relacionadas con la salud mental y las adicciones, factores que multiplican por mil la complejidad de las intervenciones y que exigen una mirada integral.
Frente a esa complejidad que ponemos de manifiesto, la respuesta de Cáritas en Tenerife en 2024 ha seguido la lógica de la intervención integral. No se trata sólo de mitigar carencias puntuales, sino de articular acciones que aborden causas y consecuencias: acompañamiento social y psicológico, mediación para el acceso a recursos básicos, formación y apoyo para la inserción laboral, iniciativas de vivienda, y programas específicos para la atención a personas mayores y a migrantes. Este enfoque busca no sólo aliviar la emergencia inmediata, sino construir rutas de salida más estables para las personas y las familias.
La presencia de Cáritas no se limitó a llevar a cabo una atención ordinaria sino que la organización mantuvo su compromiso con las respuestas de urgencia y con iniciativas que requieren continuidad y sensibilidad comunitaria: así proyectos en distintos puntos de Tenerife y actuaciones singulares en La Palma antes y después de la emergencia volcánica. En la isla vecina de La Palma la acción que hemos venido realizando refleja la doble tarea que hemos asumido tanto de socorro inmediato como de acompañamiento en el proceso de reconstrucción: cuando la dignidad humana queda vulnerada por la catástrofe, la labor institucional pasa por coordinar recursos, sostener la red comunitaria y acompañar procesos personales y colectivos de recuperación.
El valor de las personas
Detrás de cada dato y de cada programa hay todo un entramado humano que es imprescindible. En 2024, más de 900 personas voluntarias (mayor número que en años anteriores) pusieron su tiempo y su compromiso al servicio de la misión de Caritas y de cada una de las personas que acompañamos. Junto a ellas, el equipo técnico, las comunidades parroquiales y el acompañamiento espiritual, han sido piezas claves para poder sostener procesos complejos y para garantizar que la intervención que realizamos no sea sólo asistencial, sino verdaderamente humana.
El respaldo de personas socias, donantes, empresas y administraciones públicas y privadas ha permitido sostener recursos y proyectos que, de otro modo, serían inviables. La solidaridad organizada y la cooperación institucional forman así un tejido que permite a la entidad estar “donde la dignidad humana es vulnerada”, como se señala en la propia Memoria.
La mirada institucional que presenta este informe no elude la crítica ni la autocrítica. Reconoce logros parciales y aprendizajes, pero también señala límites: la estabilización de la demanda en niveles previos a la pandemia no exime del deber de profundizar en políticas sociales más ambiciosas y transformadoras. Es necesaria una acción pública y comunitaria que combine protección social, regulación efectiva del mercado de vivienda, políticas activas de empleo y redes de apoyo que incorporen la salud mental como dimensión central de la intervención social.
La experiencia de 2024 confirma además que para que la respuesta sea eficaz se exige articular distintos planos de trabajo: atención inmediata y prevención; recursos materiales y acompañamiento relacional; intervenciones individuales y también estrategias comunitarias. En este sentido, la parroquia y los espacios eclesiales continúan siendo nodos esenciales de escucha, de derivación y de apoyo; la capacidad que tienen estos espacios para generar tejido social y cercanía complementa la acción técnica y profesional de cada uno de los proyectos.
Justicia social
Otro eje relevante de la Memoria es la llamada a la justicia social. Desde la institución, la acción no se entiende sólo como asistencia: se afirma una vocación pública que interpela a la sociedad en su conjunto. Frente a la desigualdad, Cáritas apuesta por políticas y prácticas que promuevan la inclusión y la participación, que restituyan derechos perdidos y que reconozcan la dignidad de cada persona. La dimensión espiritual y ética del compromiso no es un añadido retórico: orienta prioridades y sostiene la convicción de que la transformación social pasa por cambios estructurales y por una cultura de responsabilidad compartida.
Si 2024 dejó señales de alarma, también mostró la potencia de la colaboración. Las alianzas con administraciones, entidades del tercer sector y agentes locales han permitido multiplicar recursos y coordinar respuestas. El voluntariado, por su parte, ha demostrado ser una fuerza renovadora: pacientes en la atención, creativos en las soluciones y constantes en la presencia. Asimismo, el trabajo técnico y profesional de los equipos de Cáritas ha reforzado la capacidad de acompañamiento, con metodologías que integran la intervención social, la orientación laboral, la mediación de conflictos y el apoyo emocional.
Queremos mirar al futuro y cuando lo hacemos debemos asumir responsabilidades concretas. Nos debemos plantear la mejora en la formulación y profundización en las líneas estratégicas: políticas de vivienda digna que incluyan instrumentos de acceso asequible; programas de empleo que conecten formación y empresas con garantías laborales; recursos para la salud mental; y procesos de acogida integrales para personas migrantes que combine derechos, acompañamiento y oportunidades reales de inclusión. A la vez, la sostenibilidad de la acción social demanda un compromiso continuado de la sociedad y de las administraciones: recursos, coordinación y voluntad política.
Finalmente, con la Memoria que hemos presentado y los datos aportados no queremos reducirnos a cifras y programas sino ser testimonio de una Iglesia que quiere ser presencia junto a los más vulnerables. El documento recoge historias de acompañamiento profesional y comunitario, relatos de esfuerzo colectivo y reflexiones sobre lo que resulta imprescindible cambiar. En su balance, Cáritas reafirma principios que orientan su acción: justicia frente a la desigualdad, acogida frente a la exclusión y ternura frente al olvido. Son principios que, traducidos en políticas y en prácticas cotidianas, configuran la tarea que la sociedad tiene por delante.
La lectura de los datos de 2024 deja, por tanto, una mirada clara, íntima y exigente: las pequeñas mejoras no bastan mientras la pobreza se cronifique. La respuesta requiere intensidad, creatividad y políticas valientes. Cáritas Diocesana de Tenerife mantiene su compromiso de estar al lado de quienes más sufren, con la convicción de que la dignidad humana es un fundamento irrenunciable y con la esperanza de que, a través de la acción conjunta, sea posible abrir caminos de justicia y de reconciliación social.